Cuenta el mitólogo francés Jean Francois Michel Noël en su Diccionario de Mitología Universal, que los antiguos romanos celebraban un curioso rito muy importante para ellos. En el día equivalente al 18 de febrero del calendario actual, una anciana rodeada de numerosas muchachas vírgenes cogía siete habas (especie de frijol) y se las colocaba dentro de la boca. Luego, con tres dedos de una mano tomaba tres gramos de incienso y los metía en un pequeño agujero en el suelo.
Agarraba la cabeza de una estatua, la embadurnaba con pez (sustancia resinosa obtenida de la trementina) y la atravesaba con una aguja de metal. Después arrojaba la cabeza de la estatua a un fuego y la cubría con yerba, sobre la cual derramaba vino. Mientras tanto todas las mujeres tomaban vino, pero la anciana bebía en mayor cantidad, hasta emborracharse. Y cuando ya estaba borracha, la vieja despedía a las doncellas diciéndoles y anunciando al público que las lenguas de los maldicientes habían sido encadenadas.
De esa manera se celebraba el culto a Dea Muta (la diosa muda), como llamaban los romanos a Lara, una divinidad secundaria ç de Grecia que al parecer fue llevada por los colonos griegos a Italia. A Dea Muta los romanos no solo le pedían que encadenara las lenguas de los maldicientes, sino también que les ayudara a guardar el prudente silencio que se requiere para honrar a los dioses y a menudo en la vida cotidiana para cultivar buenas relaciones conyugales, familiares, vecinales y sociales en general.
Lara era una náyade, o sea una de las divinidades acuáticas femeninas que vivían en los ríos y las fuentes. Se creía que Lara era hija de Almón, un dios río en cuyas aguas tenían que lavarse, para purificarse, las personas que hacían sacrificios a Cibeles, la diosa madre de la mitología romana que era equivalente a la Rea de Grecia.
Júpiter quiso poseer sexualmente a Yuturna, una preciosa náyade que vivía junto con Lara y otras ninfas acuáticas en el mismo río. Pero Yuturna no tenía ningún interés en liarse con Júpiter y mucho menos tener problemas con Juno, la esposa ultra celosa del supremo dios olímpico. De manera que la ninfa acuática decidió ocultarse de su poderoso pretendiente y le pidió a sus compañeras que la ayudaran.
Júpiter buscó a Yuturna por todas partes del río, sin poder encontrarla. Entonces ordenó a las náyades que la buscaran y le informaran dónde se encontraba. Así lo hicieron todas, obedientes al dios supremo, menos Lara, quien más bien corrió a donde Juno para ponerla al tanto de las andanzas de su marido Júpiter se enojó mucho con Lara a la que acusó de ser una charlatana, y en realidad lo era, pues hablar mucho y de todo era su principal y muy conocido defecto.
Sin embargo Júpiter no podía matar a Lara porque ella era una divinidad, secundaria pero inmortal como todos los seres divinos. De manera que el castigo que Júpiter le impuso a Lara fue arrancarle la lengua, para que no volviera a molestar a nadie con su charlatanería, y ordenó a Mercurio, el dios mensajero, que la llevara al inframundo y la dejara allí encerrada para siempre.
Según la leyenda Mercurio se enamoró de Lara en el camino, o ella lo sedujo. El caso es que tuvieron una relación amorosa de la cual nacieron los lares (hijos de Lara), unos genios que los romanos convirtieron en sus dioses familiares y los veneraban en forma de unas pequeñas estatuas que colocaban en los lararios (especie de altar) que no podían faltar en ningún hogar.