El 21 de enero recién pasado, la revista israelí en idioma español, Aurora, publicó un artículo titulado “El odio a EE. UU. coloca a la izquierda al lado de regímenes fascistas”, el cual fue ilustrado con una amplia fotografía en la que se ve a Daniel Ortega junto al presidente de Irán, Mahmoud Ahmadineyad.
La fotografía fue tomada durante la reciente visita que realizó el presidente iraní a Nicaragua y en el artículo se comenta el extraño hermanamiento político de Ortega con Ahmadineyad, que solo se explica, dice, porque “El odio a los Estados Unidos une a regímenes que invocan diferentes fuentes ideológicas de legitimidad… La ceguera de la izquierda en estos temas es proverbial. Considerar a los Estados Unidos enemigo de la humanidad y establecer alianzas políticas sobre la base de ese alineamiento ha colocado a la izquierda al lado de regímenes fascistas y autoritarios. Por ese camino la izquierda cava su propia tumba y marcha hacia su bancarrota política e ideológica”.
Pero esa alianza entre el déspota persa y los gobernantes supuestamente socialistas de Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia, cuyo eje es el odio irracional y anacrónico a Estados Unidos —y probablemente también hacia Israel, cuya destrucción como Estado y aniquilación como pueblo el régimen iraní lo ha proclamado como su objetivo fundamental—, es precisamente lo que preocupa a influyentes sectores estadounidenses. Y es lo que explica que el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, realizara esta semana una audiencia especial para analizar el peligro o la amenaza que representa o puede representar la alianza del dictador iraní con gobernantes como Daniel Ortega y Hugo Chávez, que son hostiles a Estados Unidos.
Sin embargo, estos gobernantes populistas y sus partidarios izquierdistas alegan que la amistad y asociación de Irán con los países del Alba no representa en realidad ninguna amenaza contra Estados Unidos. Y aseguran que esa acusación es un pretexto del “imperio”, como llaman a Estados Unidos, para justificar sus preparativos de agresión militar contra Irán.
En la misma audiencia del comité de asuntos exteriores del Congreso de EE. UU. que se realizó el jueves de esta semana, uno de los convocados dijo que no se debe exagerar el peligro de la alianza de Irán con gobiernos como el de Daniel Ortega. Específicamente, el presidente del centro de análisis político denominado Diálogo Interamericano, Michael Shifter, alertó que “sería un error basar una política en especulación y conjeturas”; y argumentó que “los gobiernos (en América Latina, inclusive el de Nicaragua) que Ahmadineyad visitó no son influyentes en la región hoy día, son cada vez más marginales”.
Pero, ¿quién sabe? De todas maneras, lo que está absolutamente claro es que por el odio a Estados Unidos y su empecinamiento en imponer una nueva dictadura, Daniel Ortega está colocando de nuevo a Nicaragua entre las patas del caballo de uno de los más complicados y peligrosos conflictos internacionales.
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