Moisés Martínez
Regular
Es una lástima cuando uno se encuentra, de manera sorpresiva, una película con un concepto tan interesante que finalmente termina malogrado por los intereses comerciales.
Y es que en estos tiempos, es difícil ser sorprendido por conceptos de ciencia ficción, dado la falta de creatividad que gobierna en las mentes de la mayoría de los guionistas del cine comercial de hoy.A ver si nos entendemos: en un futuro bastante real al presente, y por razones que de forma acertada no se toman la molestia de explicar, el tiempo es dinero en la manera más literal posible. Pero más allá, es un mundo en donde todos son jóvenes, guapos como modelos de pasarelas. Una utopía para muchas personas. Pero como en la vida misma, existe diferencia de clases, donde los ricos tienen todo el tiempo, y los pobres, jóvenes y guapos, mueren cuando los minutos se les acaban.
Esta premisa, más su evidente conexión con las desigualdades sociales y las protestas en contra del sistema (vean el movimiento de los indignados) que vivimos en el hoy, son los elementos de calidad que mejor sostienen a esta cinta futurista, cuya trama flaquea debido a sus pretensiones comerciales.
Errores de trama e incoherencias que son burdas que parecieran que solo fueran colocadas en la película con tal de potenciar a su estrella —Justin Timberlake, quien, sin razón aparente, termina resultando todo un James Bond veinteañero, frío y decidido—, acaban golpeando la calidad del filme. Lo que podría haber sido un manifiesto que invitara a reflexionar sobre como las injusticias sociales llevan a la anarquía, terminó siendo una mala caricatura de Bonnie and Clyde del futuro. Lástima, porque era una buena idea.
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