Estaba leyendo en la Capilla la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18,9-14) y me tocó fuerte mi vida.
Resonaba en mi interior la palabra “fariseo” y “publicano”, que es una crítica y denuncia ante una religiosidad falsa, y ante una manera de proceder en la vida. Es una invitación a asumir delante del Señor la denuncia de mi vida personal, con los demás y en mi vida de creyente.
Por eso quise verme reflejado en un primer momento en el nivel histórico: el fariseo es el hombre bueno, riguroso y observante, ejemplo de persona, amado por Dios y el publicano un pecador público, ladrón y vendido, ah y por supuesto rechazado por Dios. Y en este sentido, me cuestionaba ¿cómo me comporto (sin compararme con nadie)? ¿Cuál es mi propia verdad?
Luego quise verme en un nivel psicológico, “el fariseo y el publicano” son dos aspectos que están presentes en cada persona, por una parte la imagen, lo que uno sabe que es, lo positivo, lo bueno y que ha venido formando en la vida y la sombra, aquellos aspectos negativos que por mi forma de ser, de actuar y de vivir me han hecho caer y no ser lo que debería o quisiera.
El fariseo no ve sus sombras, las rechaza y las ve reflejadas en el publicano. ¿Cuáles son mis sombras que llevo y no quiero reconocer? El publicano ve sus sombras, pero quiere ser diferente y volver a ser lo que era, quiere comenzar de nuevo, ¿quiero comenzar de nuevo en mi vida personal, laboral, familiar, eclesial…?
Y aquí viene el reto de Jesús, solo cuando salga de la mentira personal y supere los errores de mi vida, solo en la medida en que reconozca, acepte e integre mis imágenes y sombras, podré reconciliarme con Dios, conmigo mismo y con los demás.
Por eso, dentro de cada uno de nosotros conviven, un fariseo orgulloso e hipócrita, que busca autoafirmarse ocultando parte de su verdad y un publicano con frecuencia despreciado y no aceptado, que quiere comenzar de nuevo.
Solo cuando vea esta doble realidad y la acepte, podré cambiar, es pues mi actitud delante de Dios y de mi propia persona la que hará que siga roto, dividido, proyectando una imagen perfecta, que no lo es en realidad y como consecuencia ver en los demás lo que no soporto en mí mismo, a quienes veo peores que yo y los condeno y critico sin piedad
Por el contrario, cuando quiero ser fariseo, persona buena y correcta, y publicano, pecador arrepentido, estaré completo, capaz de reconocer y aceptar mi verdad. Cuando, delante de Dios, reconozco mi sombra y me bajo del pedestal; cuando veo mi caída, pido misericordia y salgo del fango, es cuando necesito, mirar mi vida con bondad y acogerla con amor, es cuando necesito abrazar pacientemente mi debilidad, fragilidad… pues cuando soy débil, soy fuerte… así al abrazar mi humanidad, es cuando el Señor me perdona, me levanta y me unifica
Finalmente, caí en la cuenta que no hay camino espiritual, ni crecimiento sino está cimentado en la aceptación de mi propia verdad y en la entrega humilde de mi vida al Señor.
El autor es párroco de Villa Sandino, Chontales
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