Editorial: El destino de la rata
En la entrada de una casa ubicada en la Zona 2 de Sirte, la ciudad de Libia donde nació Muamar Gadafi, último bastión de la sangrienta resistencia gadafista, cuelga un rótulo en idioma árabe que dice: “Este es el lugar de Gadafi, la rata. Alá es poderoso”. El dato fue publicado por el diario ABC de Madrid, España, el cual informó también que Gadafi había intentado escapar en un convoy militar que fue atacado por aviones de la OTAN, y en un acto desesperado quiso esconderse en el sótano de la casa mencionada. Allí se produjo un intenso tiroteo entre los guardias personales de Gadafi y combatientes del Consejo Nacional de Transición, resultando gravemente herido el exdictador fugitivo que se limitó a gritar, suplicante: “No disparen, no disparen”.
Esta información sobre los dramáticos últimos momentos del archicriminal exdictador Gadafi, quien fuera gran camarada y benefactor de Daniel Ortega, motiva a recordar el incidente ocurrido en Managua un día de febrero de 1976, cuando un reconocido militante del Frente Sandinista fue capturado por la Guardia Nacional somocista en los alrededores de la colonia Centroamérica y el centro comercial Camino de Oriente. “No disparen, no disparen, que yo valgo más vivo que muerto”, declararon los testigos que gritó a sus captores aquel sombrío personaje, quien tres años y medio después sería el arrogante y todopoderoso dirigente del cruel aparato represivo de la dictadura sandinista de los años ochenta.
Muamar Gadafi fue el típico líder revolucionario que después de derrocar a una dictadura proclamando grandes ideales y promesas de redención popular, al alcanzar el poder deja de ser revolucionario y se convierte en otro dictador, por lo general peor que el derrocado.
Gadafi subió al poder en Libia el 1 de septiembre de 1969, cuando tenía 27 años de edad, después de derrocar mediante un alzamiento militar a la dictadura del rey Idris I. Pero inmediatamente después de haber tomado el poder supuestamente para liberar al pueblo libio de la dictadura, Gadafi concentró en sus manos todos los poderes del Estado. En 1977 hizo aprobar una nueva Constitución según la cual el poder político sería ejercido por un Congreso General del Pueblo, del que se nombró presidente. Dos años después simuló renunciar y se adjudicó el rimbombante título oficial de “líder y maestro del pueblo”, manteniendo de hecho el poder absoluto de la nueva dictadura que resultó peor que la anterior. Y por supuesto que Gadafi acumuló también una incalculable fortuna económica personal y familiar, amasada a expensas del presupuesto público y de los beneficios producidos por la cuantiosa riqueza petrolera del país.
En realidad, es imposible o sumamente difícil encontrar en la historia a algún líder revolucionario que después de tomar el poder no se convirtiera en un nuevo dictador, peor que el anterior. Pero aunque algunos pocos de esos dictadores han finalizado sus días en su lecho de muerte natural, por lo general terminan huyendo y atrapados en agujeros, como las ratas, tratando inútilmente de salvarse de la justicia popular.
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