Si Daniel Ortega está seguro, como dice públicamente, de que ganará las elecciones del 6 de noviembre, ¿por qué hace tantas trampas y comete tantas ilegalidades? Si no tiene interés ni intención en un fraude electoral, ¿por qué actúa entonces como si estuviera montando otra farsa fraudulenta igual o peor que la de 2008?
Esas preguntas se las hacen muchos ciudadanos, porque a la par del discurso triunfalista el régimen orteguista ha desvirtuado el proceso electoral por medio de múltiples arbitrariedades y actos fraudulentos; comenzando por el peor de todos que ha sido la violación de la Constitución para imponer la candidatura ilegal e ilegítima de Daniel Ortega a otra reelección presidencial. Además, han manipulado el padrón electoral y la cedulación; agredido a miembros de organizaciones cívicas que protestan de manera pacífica; atacado a participantes en las concentraciones de la oposición; e incluso han negado la acreditación de los representantes de la alianza PLI en las Juntas Receptoras de Votos.
Como si todo eso fuera poco, el magistrado y presidente de facto del CSE anunció la semana pasada que solo habrá una boleta de votación para las cuatro elecciones que se realizarán el 6 de noviembre, a pesar de que la Ley Electoral establece taxativamente que cada elección es distinta y se debe votar en su propia boleta. Además, el CSE no ha acreditado a los observadores nacionales independientes y amenaza con no entregar copias exactas de las actas de votación en cada Junta Receptora de Votos, a los fiscales de la oposición.
Todo eso indica que Daniel Ortega no está completamente seguro de que puede ganar limpiamente las elecciones, que en el fondo teme que el 6 de noviembre ocurra otro “violetazo”, o sea el fenómeno de las elecciones del 25 de febrero de 1990 cuando él y el FSLN estaban seguros que ganarían ampliamente, pero fueron derrotados en forma contundente por doña Violeta de Chamorro y la Unión Nacional Opositora (UNO).
El recuerdo de aquella traumática derrota electoral de 1990 es como una pesadilla para Daniel Ortega y lo hace padecer una especie de síndrome del violetazo. Pero tampoco hay que olvidar que Ortega no es un demócrata. Él mismo ha dicho en declaraciones públicas que no cree en la democracia electoral, y solo ha aprovechado el mecanismo democrático de las elecciones para volver al gobierno y lo utiliza ahora para tratar de perpetuarse en el poder.
Daniel Ortega es una persona de índole autoritaria, siente un extraño placer violando la Constitución y las leyes, no resiste la tentación de imponer su capricho aún cuando pueda hacer las cosas de manera legal y correcta. Ortega es un totalitario compulsivo, como lo advirtiera al pueblo nicaragüense el cardenal Obando con su famoso sermón de la víbora que pronunció en la víspera de las elecciones del 20 de octubre de 1996.
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