Nadie tiene derecho a la agresión, a la burla hiriente, a ofender, a calumniar, a ningún tipo de violencia contra los que piensan diferente, todo lo cual fueron recursos de los fanáticos anticatólicos en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud y la visita de Benedicto XVI a España. Se vieron cosas vergonzosas como, por ejemplo, personas disfrazadas de obispos llevando copones haciendo chacota de la distribución de la Santa Comunión fingiendo darla en medio de carcajadas vulgares. Con todo el amor y la admiración que tengo por la madre patria, como hijo de Nicaragua y nieto de España, lamento ese triste espectáculo que el mundo vio.
Algunos españoles que decidieron ser ateos defienden posiciones contrarias a las oficiales de la Iglesia Católica y están en su derecho. La Iglesia defiende el derecho a la libertad religiosa y de expresión, derecho que se reclama también para los católicos. Así que los fanáticos anticatólicos pueden expresar sus opiniones, la defensa de sus causas, sus convicciones sin recurrir a hechos violentos ni ofensas, seguros de que la Iglesia los escuchará con respeto aunque va a contradecir sus argumentos con argumentos.
Sacaron del baúl los recuerdos de errores pasados como la inquisición, ignorando que la Iglesia ha tenido el valor y la humildad de reconocer y rectificar los errores de su historia y pedir perdón por ellos. Una actitud digna de que sus detractores la imiten. De nuevo salieron a relucir los casos de pederastia, como si el pecado de unos pocos fuese norma para juzgar a los más de 400 mil curas buenos, sacrificados, generosos y ejemplares; y como si tales abusos fueran exclusivos de la colectividad católica y no se diera en otras.
Se encolerizaron por las facilidades que el gobierno español dio a la jornada mundial de los jóvenes católicos, olvidando que es un acontecimiento que captó la atención del mundo más allá de los mil millones de católicos que somos; que este acontecimiento dio enorme publicidad al país anfitrión y fomentó el turismo, además del dinero que gastaron los centenares de miles que llegaron a él. Se encolerizaron por el trato honroso con que fue recibido Benedicto XVI, olvidando que además de ser el principal pastor de mil millones de católicos en el mundo y 30 millones en España, es un Jefe de Estado.
Los que demandan tolerancia demostraron ser intolerantes. Los que claman por respeto demostraron ser irrespetuosos. Los que acusan de fanatismo demostraron ser fanáticos. Pero afortunadamente son una minoría en España y el mundo. El autor es abogado y periodista.
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