Por Amalia del Cid
Y a la medianoche empieza a asomar las orejas. Minutos más, minutos menos, son las 11:00 p.m. de un sábado y algo curioso sucede en la Carretera a Masaya. Cinco muchachos retan al tiempo, desafían a la Policía Nacional y le hacen muecas a la muerte. Luz verde en el semáforo y las motos se lanzan a 140 kilómetros por hora, rumbo a la rotonda Jean Paul Genie, con ese escándalo que lleva a la locura a quienes viven cerca de la primera entrada a Las Colinas.
Se dicen rápidos y furiosos, se dicen rebeldes e irreverentes, se dicen amantes de la adrenalina. La gente los llama irresponsables. Y no están solos. En las gasolineras, Esso y Texaco de la zona, hay un enjambre de al menos 100 motociclistas y unos 50 automovilistas. No todos son corredores, muchos son mirones, es cierto; pero una buena parte está dispuesta a arrojarse a la carretera si con eso logra llamar la atención y ganar el respeto de los demás.
Una línea de espectadores toma lugar junto a la vía, del lado de las gasolineras. Ahí otros motociclistas esperan turno para lucirse en ese duelo de carros “chapiollos” y de lujo, de motitos y “monstruos”, de testosterona y adrenalina. Mientras tanto, observan y critican con la propiedad de un catador de vinos que prueba una nueva marca.
—¡Uhhh, ese maje está loco si cree que va a ganar!— opina un chavalo moreno, vestido con jeans y chinelas de hule.
Más allá, un flaco con aire de matón da sorbos a un cigarro cuando no está apurado sosteniéndose el pantalón para que no se le escurra piernas abajo.
—¡Loco, oí como suena esa máquina! ¡Está envenenada!— dice.
—¡Esa moto anda poderosa!— exclama un tercero, que en un desborde de imprudencia se mete a la carretera para apreciar mejor las motos que se pierden de vista, bajo las luces amarillas de los faroles.
La meta está a poco menos de un kilómetro y hacía allá se dirigen los “pilotos”, que en busca de un equilibrio aerodinámico alzan las piernas con un estilo digno del mismísimo Supermán. La estrategia no sorprende al público. Ya es un truco viejo.
LAS VÍCTIMAS
Hace poco vino la Policía. En realidad solo eran dos oficiales a bordo de una moto, para “levantar” datos, pues un joven motociclista acababa de chocar contra un carro que giraba en el semáforo, conducido por alguien que solo quería llegar a su casa. Hombre, es que no porque a motorizados y automovilistas se les ocurra armar competencias de velocidad, las personas van a dejar de circular por la carretera. Y ya se han dado casos donde justos pagan por pecadores, como el de Luis Armando Sobalvarro, quien murió a los 25 años en noviembre del 2008. Andaba repartiendo invitaciones para el quinceaños de su hijastra cuando fue atropellado por Benjamín Montenegro, que competía en una carrera improvisada de motos en el barrio capitalino Villa Libertad.
Vino pues la Policía. El motorizado huyó y los otros corredores hicieron como que huían, pero a los 20 minutos todo había vuelto a la normalidad. Siguieron agitándose los parlantes al ritmo de bachatas, reggae y hip hop. Ni por un momento se detuvo el consumo de cerveza y ron entre los espectadores, que son los que más toman. En los extremos de las gasolineras, como quien prefiere observar a los toros desde el palco, varios grupos siguieron fumando y embriagándose.
También señala que la Policía no puede sola, necesita del apoyo de los padres de los muchachos que andan de corredores clandestinos, para que no les permitan andar de “irresponsables” arriesgando su vida y la de los demás. “Pero cuando pasan las tragedias los padres echan la culpa a la Policía”, lamenta.
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Hasta ahora han sido cinco entregas, la última en este año, y se espera una sexta. Su personaje principal es el exconvicto Dominic “Dom” Toretto, protagonizado por el actor Vin Diesel.
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Aun así, el subcomisionado Edgard Sánchez Ruiz, jefe de Prevención y Seguridad Vial de la Dirección de Tránsito de la Policía Nacional, considera que “todo está bajo control”; porque se conoce dónde (Carretera a Masaya, avenida Bolívar, pista del Autolote El Chele, reparto Schick, carretera a Tipitapa, también en los departamentos…) y cuándo (los viernes y sábados a partir de las 10 de la noche) se realizan las carreras ilegales; y, según él, a punta de rondas y operativos no se está permitiendo que crezcan.
Además, ha asegurado que de todas formas los accidentes derivados de carreras ilegales no pasan de 4 o 6 anuales. Sin embargo, ¿quién quiere convertirse en uno de esos expedientes? Las carreras ilegales son una especie de ruleta rusa tanto para el corredor como para el conductor inocente, quien nada tiene que ver con esa búsqueda de adrenalina.
LOS INICIOS
“Cuando se viaja a grandes velocidades es fácil perder el control de un vehículo, se necesita pericia”, cuenta Eric Arias, “El Chiri”, de 44 años, quien es reconocido por los pilotos novatos como uno de los primeros corredores clandestinos. A inicios del 2001 ya competía con su carro en la Carretera a Masaya. Eran él y unos diez pilotos más, dice. Poquitos. Pero en el verano de ese año se estrenó la primera película de la saga Rápido y Furioso y esa fue la chispa que encendió el infierno.

Un infierno de decibeles, alcohol y drogas. Un bajo mundo con claves y reglas propias, donde muchachitos de rostro púber y mirada etílica hacen maromas en sus motocicletas. Las novias se sientan atrás, forradas con cuero y mezclilla; y los abrazan por la espalda con una técnica que hace pensar en un pulpo.
—Esa se le vino a la mama— señala Johny Montoya, un corredor ilegal de 23 años, refiriéndose a una jovencita de anteojos, quien con bolso al hombro acompaña a su novio en cada carrera.
Johny anda con su esposa, Reyna Fernández, de 20 años, que ya ha competido en la modalidad moto. Las otras muchachas también corren, pero en calidad de pulpo. Ni sus parejas ni ellas usan casco, aunque saben que solo necesitan un resbalón o una piedra en el camino para ser un número más en las listas de la Policía. También saben que arriesgan la vida de inocentes. Aun así, corren. Y para justificarse solo pueden decir: “Es que esto es genial”.
Se compite por respeto, por amor al deporte, por orgullo y por apuestas, que van de 500 a 10 mil córdobas. Hasta los carros han servido como prenda; pero no siempre el perdedor ha estado dispuesto a pagar la deuda. “Claro que si no cumplís tu palabra, te atenés a las consecuencias”, apunta Johny, quien dos veces ha sido detenido por andar en carreras ilegales.
Los corredores y mirones vienen de todos los barrios de la capital. Los que usan moto pertenecen a las clases baja y media; en cambio, muchos de los que andan en carro provienen de familias pudientes. Tienen dinero para hacer modificaciones a sus “máquinas” y algunos son hijos de diputados, según cuentan varios pilotos ilegales. Por eso hay una que otra marca carísima entre los autos competidores, como la Mercedes Benz, que ronda los 60 mil dólares.
Igual de ruidosos que las motos, compiten los automóviles, entre ellos 10 taxis. Estas son las carreras más esperadas; por ser menos frecuentes suelen emocionar mucho al público, que se inclina para tener una mejor vista.
—¡Ah, se lo llevó! ¡Se lo llevó!— vuelve a hablar el flaco del cigarro y la mirada de matón, cuando un carrito blanco toma la delantera y deja atrás a uno gris. En carreras de autos, él funciona como árbitro de salida, para que nadie tenga que darle tiempo al semáforo.
A esa hora, casi medianoche, las gasolineras son tierra de nadie, dominadas por remolinos de motos y carros que giran y se retuercen en torno a las bombas. La venta de combustible está congelada; a cambio, vuelan las cervezas, el ron, las frituras y los hot dogs .
LA OTRA CARA
Difícil de creer que todo esto alguna vez haya tenido una razón de ser. Sin embargo, Eric Arias afirma que cuando las carreras de autos comenzaban no había más alternativa que la clandestinidad, pues no existían las competencias legales. “Fue necesario comenzar por ahí”, reflexiona quien hoy día es un corredor con todas las de la ley y ha ganado más de 80 trofeos en conjunto con su hermano Axel Barías, también piloto.
Ambos están en las filas de la Asociación Nicaragua Joven Nica Speed, que fue creada por Ajax Delgado en el 2003, con el propósito de absorber a pilotos ilegales e integrarlos en carreras de cuarto de milla, con todos los requisitos de seguridad.
Delgado considera que Nica Speed ha tenido éxito, tanto que ahora ya tiene siete categorías, 70 pilotos y organiza una carrera mensual. Y confía en que la solución de fondo al problema de las carreras clandestinas sería la construcción del autódromo que ya fue aprobado en una reunión del presidente Daniel Ortega con Jean Todt, presidente de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA).
Se supone que el proyecto va. Y que la gigantesca pista podría ser construida en terreno de Los Brasiles. Tendrán que pasar unos años. Pero estos chavalos, que esta madrugada juegan a ser inmortales, no van a esperar sentados. Además, algunos temen que el autódromo del que tanto se habla termine convirtiendo las carreras en un deporte de élite.
Por hoy se retiran. Es la 1:00 de la mañana y en las gasolineras ya dejaron de vender alcohol. Muchos se marchan a buscarlo en licoreras y bares cercanos, por el camino van haciendo carreras, retándose entre ellos mismos, a veces incluso provocando a los demás conductores. El próximo viernes volverán a congregarse para seguir tentando a la suerte, en un nuevo capítulo de esta ruleta rusa, con nada para ganar y todo para perder.

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