El Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, aprobó el jueves de la semana pasada una propuesta del representante republicano por el estado de la Florida, Connie Mack, para que el próximo año se suprima la ayuda estadounidense a los gobiernos de Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, porque “interfieren los procesos democráticos y no apoyan los ideales de la libertad, la seguridad y la prosperidad”.
El Comité de la Cámara de Representantes, en la que el Partido Republicano es mayoritario, aprobó también otra propuesta del congresista Mack, para que se suprima o reduzca la contribución de Estados Unidos a la Organización de Estados Americanos (OEA), la cual depende en gran medida del financiamiento estadounidense pero en los últimos años ha sido favorable a los regímenes de izquierda autoritaria de la región, que violan impunemente las normas de la democracia, desprecian los valores de la libertad y son hostiles a Estados Unidos de Norteamérica.
En lo que respecta a Nicaragua, la enmienda para cortar la ayuda estadounidense es una señal de lo que podría ocurrir en sus relaciones con Estados Unidos, si Daniel Ortega consuma su propósito de reelegirse de manera ilegítima, inconstitucional y fraudulenta. Sin embargo, aunque esa iniciativa fuese aprobada por el pleno de la Cámara, es muy difícil que sea aceptada por el Senado, en el cual predomina el Partido Demócrata que es más condescendiente con los gobiernos de la izquierda autoritaria.
Es más probable que sea aceptada, aunque con modificaciones, la enmienda para reducir el aporte financiero de Estados Unidos a la OEA, cuya acción en los últimos años no ha sido del agrado de los líderes políticos norteamericanos en general, inclusive de los Demócratas. De manera que el Senado podría mantener con algunas restricciones la ayuda a los gobiernos izquierdistas de la región a los que los republicanos proponen cortarla, y aceptar la reducción de la asignación a la OEA, cuyo funcionamiento es cada vez más costoso y menos útil para los intereses de Estados Unidos.
La enmienda Mack sobre la OEA propone omitir en el presupuesto de EE. UU. del próximo año la asignación de 47 millones de dólares, que es casi exactamente la mitad de los 85 millones de dólares que el organismo hemisférico presupuestó para el presente año. O sea que si Estados Unidos suspendiera la contribución a la OEA, o — siendo más realistas— la redujera al promedio de los aportes de los demás gobiernos miembros de la organización, esta caería en una crisis insalvable e incluso se abocaría a su desaparición.
Pero esto es precisamente lo que quieren los gobiernos izquierdistas enemigos de Estados Unidos, que pertenecen al grupo Alba de Hugo Chávez o simpatizan con este. Algo en lo cual los gobernantes de izquierda radical coinciden (aunque por razones diferentes e inclusive opuestas) con los sectores más a la derecha del Congreso de Estados Unidos.
Al argumentar su propuesta para cortar la asignación estadounidense a la OEA, el representante Connie Mack la acusó de ser un fracaso en la defensa de la democracia, cual es su principal objetivo, y de que “sirve para amparar a gobiernos que deterioran el espíritu democrático todos los días”. Y agregó Mack que “en vez de ponerse duros con el señor (presidente de Venezuela) Hugo Chávez y exigirle que respete las normas democráticas, organismos como la OEA no hacen más que mimarlo”.
Sin duda que tiene razón el representante republicano en su severo juicio sobre la OEA. También en el caso de Nicaragua, la OEA se ha hecho de la vista gorda ante el virtual golpe de Estado que Daniel Ortega ha perpetrado contra la Constitución y la institucionalidad democrática, en su afán de reelegirse, perpetuarse en el poder y consolidar una nueva dictadura, lo cual también constituye una flagrante violación a la Carta Democrática Interamericana de la OEA.
Pero quizás la desaparición de la OEA no sea lo más conveniente para la defensa de la democracia. Tal vez sería mejor procurar su renovación y fortalecimiento, para lo cual deberían unirse los gobiernos auténticamente democráticos sin temor a los caudillos vociferantes , pero decadentes, como Hugo Chávez en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua.
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