Sin duda que son exageradas las medidas de seguridad personal del presidente Daniel Ortega, tanto en su residencia familiar que es al mismo tiempo la sede de su gobierno y el cuartel central de su partido, el FSLN, como en sus movilizaciones públicas.
Según algunas opiniones, esa desmesura en la seguridad personal de Ortega se debe al miedo que él tiene a la población, a sus adversarios políticos externos y a los enemigos que al parecer cree tener inclusive dentro de su partido. O sea que es la misma paranoia que suele afectar a aquellos individuos que acumulan en sus manos un excesivo poder político, económico, policial y militar, y lo ejercen despóticamente.
Otras opiniones dicen que es por narcicismo político, para sentirse como un ser superior a las demás personas, que Ortega se hace proteger de esa forma tan ostentosa, y a la vez tan intimidante para la ciudadanía, la cual no solo tiene que pagar el elevado costo de las medidas de seguridad presidencial sino también soportar la presencia hostil en los espacios públicos, de los cuerpos de seguridad personal y guardia presidencial.
En el reportaje titulado “Seguridad de Ortega exagerada y costosa”, elaborado por las periodistas de LA PRENSA Elizabeth Romero y Arlen Cerda y publicado en este Diario el lunes de la presente semana, se informó con amplitud de detalles que en el reciente “repliegue” sandinista — o sea la marcha de Managua a Masaya que el FSLN pone en escena todos los años—, tres anillos de seguridad protegían a Ortega: el primero, integrado por los “camisas azules”, que son individuos que pertenecieron o pertenecen a la Seguridad del Estado sandinista; el segundo, compuesto por miembros de la Brigada Especial de la Policía; y un tercer anillo formado por efectivos del departamento de “Seguridad Personal” de la misma institución policial.
Se estima que un diez por ciento del total de miembros de la Policía formaron parte de ese dispositivo de seguridad personal de Daniel Ortega, considerando que participaron al menos 1,500 policías, del total de 11,500 miembros que oficialmente tiene ese cuerpo de seguridad pública. Así como también se informó que semejante mecanismo de seguridad personal de Ortega le costó al país unos 112,500 dólares, según cálculos independientes recabados por LA PRENSA. A lo cual hay que sumar las pérdidas no cuantificadas sufridas por la población, el comercio y otras actividades productivas, como consecuencia de los cierres de calles y avenidas, embotellamientos de tráfico y desvío de la circulación vehicular, que a su vez causan un enorme gasto inútil de combustible.
Se ha recordado en el mencionado reportaje de LA PRENSA, que en contraste con el desmesurado y costoso aparato de seguridad personal de Daniel Ortega, ninguno de los tres gobernantes anteriores, o sea los del período democrático que comenzó en abril de 1990 y terminó en enero de 2007, se hizo proteger de esa manera tan extravagante y exagerada. No lo hizo ni siquiera Arnoldo Alemán, quien era aficionado a movilizarse en las calles y carreteras del país en ruidosas y vistosas caravanas vehiculares. Doña Violeta y don Enrique Bolaños, en cambio, ni siquiera permitían que se detuviera el tráfico cuando ellos circulaban por las calles, pues sus vehículos se detenían ante los semáforos en rojo y detestaban que los policías de seguridad personal intimidaran a la gente para pedir vía libre. Esa es la notable diferencia que hay entre gobernantes demócratas y un mandamás autoritario, que hace un aparatoso despliegue de seguridad para su protección personal, ya sea por miedo o por un vanidoso exhibicionismo de poder.
A juzgar por las ejecutorias poco escrupulosas del gobierno de Daniel Ortega, algunos analistas políticos creen que él y sus asesores acostumbran leer y aplican las indicaciones de Nicolás Maquiavelo, quien entre otras cosas recomendaba al príncipe gobernante que procurara hacerse amar y temer al mismo tiempo. Sin embargo, como generalmente es imposible lograr ambas cosas juntas, Maquiavelo aconsejaba al gobernante que se hiciera temer siempre, pues de esta manera será mucho más difícil que lo derroten y lo saquen del poder.
Por cierto que Maquiavelo también aconsejaba al príncipe que no se hiciera odiar por el pueblo, una sabia recomendación que a todas luces el gobernante autoritario de Nicaragua no conoce o no le interesa seguir
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