Las elecciones autonómicas y municipales que se realizaron el domingo pasado en España, han tenido enormes consecuencias políticas para los españoles, sin dudas de ninguna clase. Pero también pueden servir como un magnífico ejemplo internacional, especialmente para países como Nicaragua.
En lo que concierne a España, la ventaja que obtuvo el opositor Partido Popular, de centro derecha, de 20 puntos porcentuales y más de dos millones de votos por encima del gobernante Partido Socialista, es sin duda una catástrofe para la izquierda democrática española. La vapuleada electoral que la derecha española le ha dado a la izquierda gubernamental es tan contundente —demostrando un abrumador rechazo de los ciudadanos al gobierno del presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero—, que éste tendría la obligación moral aunque no lo obligue a eso la Constitución, de convocar a elecciones parlamentarias anticipadas para elegir un nuevo Gobierno adecuado a la nueva situación política del país.
Pero esa es una cuestión interna de los españoles. En lo que atañe a Nicaragua, lo significativo de las elecciones españolas del domingo recién pasado es que constituyen un ejemplo de auténtica democracia electoral y del talante democrático de los políticos españoles, tanto de los que resultaron victoriosos como de los que fueron derrotados.
“Asumimos y entendemos la derrota”, expresó el Presidente de España y líder del gubernamental Partido Socialista, Rodríguez Zapatero, la misma noche del domingo e inmediatamente después de que se conocieron los resultados de esas históricas votaciones del pueblo español. Y añadió: “El respeto de los tiempos y de los mandatos políticos me parece bueno para nuestro sistema democrático”. Por otro lado, el derrotado presidente de una Comunidad Autónoma española donde en el actual período histórico de la democracia siempre habían ganado los socialistas, expresó por medio de la televisión que algo han hecho mal y el pueblo se los ha hecho pagar.
Eso es talante democrático. En España, ni el presidente Rodríguez Zapatero ni nadie del Gobierno y del gobernante Partido Socialista pretende hacerse el gato bravo con el poder. La todavía gubernamental izquierda de España no está tratando de quedarse en el poder al precio que sea, sino que respeta y atiende la voluntad popular manifestada en los votos de los ciudadanos. El mismo presidente socialista Rodríguez Zapatero —quien está ejerciendo el cargo presidencial por un segundo período y no tiene prohibición constitucional para aspirar a un tercer mandato—, ya había declarado públicamente que no presentaría su candidatura para una nueva reelección en las elecciones programadas para marzo del próximo año.
En realidad, a pesar de que la democracia española está calificada como una de las menos desarrolladas de Europa, en la cúpula del Gobierno de España y del Partido Socialista hasta ahora gobernante nadie está diciendo que van a hacer todo lo que tengan que hacer para no entregar el poder, ni que están dispuestos a pagar el precio que sea para que la derecha nunca vuelva a gobernar el país. Una monstruosidad como esa solo puede ocurrir en un país tan atrasado políticamente como Nicaragua, donde el poder es detentado por una izquierda caníbal y por lo tanto antidemocrática. Y donde existe, además, una derecha igualmente primitiva y reaccionaria, a pesar de que se dice liberal, la cual, después que el pueblo conquistó la democracia a base de inmensos sacrificios pactó con la izquierda cavernaria para entregarle el poder absoluto a un caudillo mesiánico, como es Daniel Ortega, a cambio de compartir el botín del Estado en condición de socio minoritario.
En realidad, en España, en Nicaragua y en cualquier parte del mundo, solo se puede ser democrático si se entiende y respeta el principio de que la única fuente del poder es el mecanismo de las elecciones libres y limpias, no el interés de un partido y mucho menos la imposición de una persona que quiere mandar para siempre al precio que sea, violando la Constitución, desmantelando las instituciones, inclusive dispuesto a ahogar en sangre las justas protestas populares, como lo están haciendo los amigotes de Daniel Ortega en Libia y Siria, para solo mencionar dos casos.
La participación del pueblo en elecciones limpias, la división de poderes, el imperio de la ley, el respeto a la libertad de expresión y el sometimiento del poder al control ciudadano, es la regla de oro de la democracia, la clave para no permitir que un solo partido y mucho menos un solo individuo, pueda asumir y detentar el poder de manera absoluta y por tiempo indefinido, como ya está sucediendo otra vez en Nicaragua.
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