Hoy se conmemora el 44 aniversario de los trágicos acontecimientos del domingo 22 de enero de 1967, cuando la Guardia Nacional somocista, que era entonces el ejército de Nicaragua, ametralló a una multitud de nicaragüenses opositores, asesinando a muchas personas cuyo número exacto nunca se supo ni se podrá saber.
Aquel día se realizaba en la Plaza de la República y a lo largo de toda la avenida central de Managua, una enorme manifestación política en demanda de elecciones libres y limpias. La manifestación derivó en un intento de insurrección popular que fue reprimido de manera sangrienta por la dictadura somocista, en vez de atender la justa demanda de elecciones libres que le hubieran evitado a la nación todas las desgracias que vinieron después y cuyas nefastas consecuencias estamos sufriendo hasta ahora.
Precisamente por eso es que cobra singular importancia la conmemoración del 22 de enero de 1967, sobre todo en este año cuando otra vez se le está negando a los nicaragüenses el derecho fundamental de elegir libremente a sus gobernantes y representantes.
44 años después de los trágicos acontecimientos de lo que fuera el “domingo sangriento” de Nicaragua —equivalente a otros domingos sangrientos mundialmente famosos, como el de Rusia, ocurrido también un 22 de enero pero de 1905, y el de Irlanda, acaecido el 30 de enero de 1972—, quedan pocos sobrevivientes o testigos de aquella matanza. Y son pocas también las personas que la guardan en su recuerdo por las noticias de la época y los relatos posteriores. Sin embargo, es importante recordarlos porque la historia de Nicaragua es un proceso recurrente, en el cual los acontecimientos negativos y nefastos se repiten una y otra vez y no le permiten al país progresar en libertad, justicia, paz y democracia.
El domingo 22 de enero de 1967 faltaban solo dos semanas para la elección presidencial del domingo 5 de febrero siguiente. Pero no habían garantías electorales ni confianza en que los votos serían contados honradamente, y por lo tanto no se podía esperar que el nuevo presidente de Nicaragua sería quien realmente obtuviera en las urnas la mayoría de los votos.
El candidato del gobierno y del Partido Liberal Na- cionalista (PLN) era el general Anastasio Somoza Debayle. Él representaba la continuación de la dictadura dinástica somocista, la cual se había impuesto el año 1936 mediante un golpe militar de Estado propinado por el general Anastasio Somoza García, y se reproducía en el poder mediante reelecciones y fraudes electorales continuos y sistemáticos.
En la segunda mitad de 1966 los partidos de oposición formaron la Unión Nacional Opositora (UNO), para participar en las elecciones del 5 de febrero de 1967, pero no porque creyeran ni tuvieran la esperanza en que serían libres, limpias y confiables. La participación de la UNO en aquella campaña electoral era con el objetivo de aprovecharla para organizar y movilizar al pueblo a la lucha frontal contra la dictadura, tras la demanda de elecciones libres y el rechazo a la elección del tercero y último miembro de la dinastía que detentaría el poder presidencial de Nicaragua.
El 22 de enero de 1967 se realizó en Managua la manifestación de cierre de campaña electoral de la UNO, mientras Somoza Debayle cerraba su campaña departamental en León. Entonces la dirigencia opositora anunció que la multitud de manifestantes no se movería de la plaza y las calles, mientras el Gobierno no accediera a dialogar con la oposición, bajo la mediación de la OEA, y negociara un acuerdo político para posponer las elecciones mientras se convenían las garantías indispensables de una verdadera elección libre y limpia, que incluyera la observación internacional.
Pero la arrogancia del poder tenía ciegos de soberbia a los gobernantes liberales somocistas, de la misma manera que tiene ahora a los gobernantes orteguistas cuyo régimen se parece cada vez más al somocismo. Los gobernantes somocistas no comprendieron que el pueblo ya estaba cansado de la dictadura, y que a fin de evitar un estallido político y social sangriento solo había que dar garantías para celebrar elecciones libres, limpias y confiables. Pero ellos prefirieron ordenar a la Guardia Nacional que disparara contra la multitud.
Ni siquiera la tragedia del 22 de enero hizo reflexionar y rectificar al régimen somocista, hasta que cayó de manera violenta y sangrienta en julio de 1979. Y ahora, a pesar de todas esas experiencias funestas Nicaragua va por el mismo camino del somocismo, porque el caudillo de turno en el poder se empecina en reelegirse a cualquier precio y al pueblo se le vuelve a negar el derecho de elegir libremente a sus gobernantes.
