Hechicería y poder: maldición sobre los pueblos

Las Sagradas Escrituras no vacilan: la hechicería es abominación, la idolatría esclaviza y Cristo vino para deshacer las obras del diablo.

“No se ha hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero… Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti”. Deuteronomio 18:10-12.

Ese pasaje no habla de folclor, de inocentes tradiciones populares ni de supersticiones de feria. Habla de juicio. Habla de pueblos que se hunden espiritualmente cuando cambian al Dios vivo por sombras, presagios, muertos invocados y fuerzas que no vienen del cielo. La brujería, según la Biblia, no es un adorno de la cultura: es una puerta abierta hacia la ruina.

Y cuando esa puerta la abre un gobernante, el peligro deja de ser privado. El pecado del poderoso rara vez muere en su alcoba. Baja a los decretos, se sienta en los ministerios, camina por los cuarteles, se filtra en las escuelas, contamina la justicia y termina respirándose como una niebla sobre la nación entera. Un rey idólatra no se pierde solo: arrastra consigo al pueblo que gobierna.

Saúl lo demuestra con una claridad trágica. Cuando Dios dejó de responderle, no cayó de rodillas para arrepentirse. Buscó a la adivina de Endor. El hombre que había sido ungido para guiar a Israel terminó llamando a la puerta que Dios había prohibido tocar. Así se comporta el poder cuando pierde a Dios: no se humilla, no confiesa, no vuelve; busca atajos en la oscuridad.

América Latina conoce demasiado bien esa sombra. Dirigentes que hablan de revolución, ciencia, pueblo y progreso han terminado rodeados de santeros, brujos, amuletos, altares, muertos invocados y ceremonias secretas. Hugo Chávez, Nicolás Maduro y otros caudillos han sido señalados durante años por su cercanía con prácticas ocultas. Pero el fenómeno no pertenece solo a Venezuela ni a una ideología. Es una vieja tentación del poder: gobernar a los vivos buscando auxilio entre los muertos.

El caso de Isabel Perón resulta estremecedor. A su alrededor se movió José López Rega, “El Brujo”, figura siniestra en la que se mezclaron esoterismo, ambición, violencia y Estado. Se ha contado que hubo rituales vinculados a Evita, como si el poder pudiera heredarse mediante invocaciones. Aquello no fue una extravagancia pintoresca: fue el síntoma de una nación entrando en confusión, sangre y desgracia.

La hechicería política no siempre llega con velas negras ni cementerios. A veces llega vestida de colores calculados, de joyas cargadas de intención, de altares públicos, de palabras repetidas como conjuros, de gestos ceremoniales, de símbolos que pretenden consagrar al tirano. El poder oscuro también sabe decorar sus salones. También sabe sonreír ante las cámaras. También sabe hablar de amor mientras administra miedo.

La Biblia llama a eso idolatría. Y la idolatría nunca libera: esclaviza. Cuando un gobernante deja de temer a Dios y empieza a consultar tinieblas, su pueblo acaba pagando la factura espiritual. Se descompone la justicia, se pervierte la verdad, se persigue al justo, se santifica al líder y se obliga a la nación a llamar luz a lo que es oscuridad.

Por eso el cristiano no debe mirar estas cosas como una anécdota política. La hechicería es una rebelión espiritual. Pablo la coloca entre las obras de la carne. Apocalipsis dice que Babilonia engañó a las naciones con sus hechicerías. Es decir: la brujería no solo extravía individuos; también puede hipnotizar pueblos enteros.

Pero el creyente no responde con miedo. No necesita adivinos, porque tiene la palabra. No necesita consultar muertos, porque Cristo vive. No necesita amuletos, porque su refugio es Dios. No necesita pactos oscuros, porque fue comprado por la sangre de Jesucristo.

Los brujos envejecen. Los tiranos mueren. Los altares se pudren. Los collares se rompen. Los símbolos del régimen acaban convertidos en basura. Pero la Palabra de Dios permanece.

Y frente a los gobernantes que buscan auxilio en las tinieblas, la respuesta bíblica no es el miedo. Es la luz.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.

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