Fotos de LA PRENSA/ René Ortega/ Oscar Navarrete
Los orígenes de las maras se encuentran en la Calle 18 de Los Ángeles, en una banda fundada por inmigrantes mexicanos en los años 60, que muy pronto empezó a aceptar como miembros a cualquier latino. La mara de la calle 18 creció mucho durante los años 70 y 80 por la afluencia de refugiados salvadoreños y guatemaltecos, muchos de los cuales se incorporaron a la mara para sentirse incluidos en un contexto estadounidense que excluía a los latinos.
A mediados de los años 80, jóvenes de una segunda ola de refugiados salvadoreños fundaron un grupo rival, posiblemente un fragmento de la mara original: la Mara Salvatrucha, un nombre que combina la palabra: “marabunta”, un insecto “salvadoreño”, con “trucha”, que significa “agudo” en el argot salvadoreño. Muy pronto, la Mara 18 y la Salvatrucha empezaron a pelearse en las calles de Los Ángeles y se vieron involucrados en la violencia desatada posterior a la golpiza por parte de cuatro policías a Rodney King en 1991. Después de este episodio, el Estado de California elaboró nuevas leyes contra las maras y empezó tratar a sus miembros juveniles como delincuentes adultos, enviando a centenares a la cárcel.
Después, en 1996, una ley del Congreso de Estados Unidos ordenó la deportación de todo delincuente no estadounidense o recién naturalizado estadounidense condenado a más de un año de cárcel, una vez que hubiera cumplido su condena. Consecuentemente, entre 1998 y 2005, Estados Unidos deportó a casi 46 mil centroamericanos que cumplieron condenas y además a 160 mil inmigrantes ilegales.
El Salvador, Honduras y Guatemala recibieron al 90 por ciento de los mareros deportados. Un informe elaborado por el Gobierno de Estados Unidos revela que en la tasa de deportaciones de Estados Unidos a Nicaragua es muy baja, menos del 3% de todos los deportados centroamericanos son nicaragüenses. Además, revela que los nicaragüenses que han emigrado a Estados Unidos van principalmente a Miami y a otras zonas de Florida, en donde no existe la misma cultura de pandillas latinas que hay en Los Ángeles, aunque sí hay pandillas cubanas, que no dejan entrar a los nicaragüenses.
Según datos del censo de Estados Unidos, sólo el 12% de los nicaragüenses que migran a Estados Unidos van a Los Ángeles, en donde constituyen apenas el 4% de los centroamericanos. En Miami representan el 47%. Esto también explica por qué las pandillas nicaragüenses son menos violentas que las maras de los otros tres países, en cuanto no han exportado patrones de comportamiento, que en el caso de la cultura marera estadounidense ha dado lugar a una brutalidad aumentada.
Un informe del Instituto de Estudios de Guerra del Ejército estadounidense, publicado en 2005, sostiene que las pandillas centroamericanas constituyen una “nueva insurrección urbana” que tiene como objetivo “derrocar a los gobiernos de la región”.
Otro estudio de 2001 basado en casi mil entrevistas con pandilleros de El Salvador, realizado por el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la UCA, encontró que, en promedio, tenían 20 años y se integraron a la pandilla a los 15. En Nicaragua las edades oscilan entre los 7 y los 23 años. En Guatemala y Honduras, entre los 12 y los 30 años.
El estudio del IUDOP preguntó a los pandilleros por qué se integraron a una pandilla. El 40% dijo que lo había hecho para “agarrar la onda”, el 21% por amistad con un miembro de la pandilla y el 21% para escapar de los problemas familiares. El estudio encontró una correlación parcial entre pertenecer a una pandilla y estar desempleado: sólo el 17% de los pandilleros entrevistados trabajaban y el 66% se auto caracterizaban como “desocupados”.
El único factor que parece afectar constantemente la no afiliación a una pandilla es el religioso: los jóvenes evangélicos —al menos en Nicaragua— no se integran a una pandilla.
Los tatuajes responden a una serie de simbolismos y en el caso de los ex mareros en Nicaragua, evitan ser fotografiados, pues cada uno de los tatuajes que portan tiene un significado que su clica reconoce, pues aunque todos luzcan parecidos, tienen dibujos que simbolizan la calle, el barrio y hasta el código telefónico.
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Un autobús blanco lo llevó a la terminal aérea. Tras nueve años de encierro, cualquier salida hubiese significado alegría, pero la incertidumbre era mayor que la novedad de sentir nuevos olores y la sensación de abordar un vehículo.
Considerado una persona de alta peligrosidad, habiendo estado involucrado con las maras los últimos 11 años de su vida y habitando un día en un Estado y al mes siguiente en otro, hasta ser apresado, juzgado y condenado, no se imaginaba nada bueno con el retorno a Nicaragua, el país del que sus padres lo sacaron a los 12 años de edad.
Durmió la mayor parte del viaje de regreso, viajó esposado. Debió esperar que todos los pasajeros bajaran del avión, así que se despabiló, vio el aeropuerto y tras una señal acompañó a los oficiales que lo llevaron a una oficina donde otro oficial, sin duda de mayor rango porque los otros le llamaban “jefe”, le indicó que se sentara y le explicó que conocían su historial, pero que aquí no se permitían las maras, que él estaría pendiente de lo que le ocurriera y sobre todo que no dudara en buscarlos en la Dirección de Asuntos Juveniles si necesitaba ayuda.
Le hizo algunas preguntas más en tono cordial y después, para dar finalizada la conversación, le preguntó si tenía dónde ir y al responder que sí, le pidió la dirección que se había memorizado después de la conversación telefónica con su mamá. Le deseó buena suerte y le dijo que lo esperaba en el Ajax Delgado.

Al salir de la oficina sin las esposas, pasó por un escritorio donde una mujer sonriente exclamó un “Bienvenido a Nicaragua” y le extendió un billete de 200 córdobas, que creyó de juguete, pero que le explicaron era para ayudarle con el pasaje y para que comiera algo.
“Ese hombre me habló como un amigo y esa señora me dio dinero a mí, un criminal, alguien que había hecho muchas cosas malas y me ayudaron y vi mucha sinceridad, no me sentí como allá que buscan hablarte para sacarte información, sentí que les importaba y no dudo que sea así, vine aquí y me ayudaron con mi cédula, tengo un empleo desde hace casi dos años para el que ellos me recomendaron, tengo donde vivir y estoy tranquilo, no me meto en problemas, no quiero de nuevo esa vida”, afirma Martín, un ex miembro de la Mara Salvatrucha (MS) en Estados Unidos.
En Nicaragua la Policía Nacional tiene conexión con los 107 ex miembros de maras que han sido deportados de El Salvador, Guatemala, Honduras y Estados Unidos, señala el Comisionado Pedro José Rodríguez Argueta, segundo jefe de la Dirección de Asuntos Juveniles, encargada de velar por el destino y acciones de estos jóvenes.
“Aquí hay testimonios importantes porque no se trata de lo que hacemos nosotros, sino que los chavalos se dan cuenta que tienen una nueva oportunidad de vida, que pisando Nicaragua todo quedó en el pasado y pueden con el poco apoyo que nosotros brindamos buscarse un trabajo, estar más cerca de la familia, integrarse a la sociedad”, destacó el Comisionado Rodríguez Argueta.
Martín observa al Comisionado conversar y asiente con la cabeza.
“Cuando estuve en la cárcel muchos de mis amigos fueron deportados a El Salvador, porque cuando terminas la pena, te mandan a tu país de origen y sólo recuerdo que sus paisanos nos avisaban que lo habían matado y muchos tenían temor de que les pasara lo mismo y me preocupaba porque al menos ellos sabían su destino y yo no sabía nada de aquí, de lo que me podía pasar”, señaló Martín, quien asegura no siente temor en Nicaragua, pero sí se cuida de no ser fotografiado porque su clica o grupo puede ubicarlo.
“Esto para mí es como haber jugado siempre basquetbol y ahora me dicen que debo jugar futbol, me he adaptado, evito muchas cosas, no voy a fiestas, trabajo mucho y eso tiene contenta a mi mamá, pero no me gustaría que me pasaran de nuevo la pelota de básquet, no quiero ese juego de nuevo en mi vida”, afirma Martín.
Y es que para muchos el hecho de ser identificados por la clica puede ser una sentencia de muerte.
”Por la mara se vive y por la mara se muere”, señala un joven sentado frente a mí que, ayudado con ácido de batería y hierros candentes, ha tratado de borrar las marcas de su pasado.
Pero su pasado lo persigue, pues en el mercado Oriental donde labora, todos le conocen como “Mara”, aunque no es de muchas palabras.
“Yo no me meto con nadie, conozco a la gente, la Policía me conoce y ahí ando trabajando, a veces caigo, pero sólo cuando ando en mi bacán, estoy trabajando, buscando chatarra y ahí voy, no me interesa juntarme con nadie, así ando mejor, solitario”, señala, negándose a revelar su nombre.
Algunos de los jóvenes deportados que llegan a El Salvador no pueden dejar la mara, hay demasiada organización y se sabe cuándo llegarán “gringos”, explican los ex mareros nicas.

De acuerdo con su información, lo que se les dice a los mareros deportados es que no pueden llegar al “reino a sentarse a comer, sino que tienen que matar chanchos para poder sentarse a la mesa”, esto quiere decir que un deportado deberá matar a un miembro de la mara contraria al día para poder ser aceptado como parte de su mara nuevamente, quienes no asumen el reto, son cobardes y quedan a merced de los rivales.
El pasado 19 de septiembre entró en vigencia en El Salvador la ley de proscripción de maras, pandillas y organizaciones delictivas. Desde entonces a la fecha han ingresado al país seis mareros, oficialmente. De éstos fueron deportados dos porque no eran nicaragüenses, a los otros cuatro la Policía les da seguimiento.
La Policía Nacional, contrario a lo que ocurrió con los cuerpos policiales en el resto de países de la región, señaló Rodríguez Argueta, se siente preparada para hacerle frente a la plena entrada en vigencia de esta ley en El Salvador porque para nadie es un secreto que tenemos cuerpos de inteligencia y que contamos con una fortaleza única, la comunicación fluida y constante con la comunidad.
Se calcula que en El Salvador hay 19 mil miembros de maras aproximadamente, distribuidos en 381 clicas, quienes ocasionan o son víctimas de un promedio de 13 asesinatos al día, de acuerdo con datos proporcionados por el Ministerio de Seguridad Pública y Justicia de ese país.
Fue por la violencia y los nexos con otros componentes del crimen organizado que han generado otra serie de delitos como asesinatos de testigos, extorsiones, tráfico de armas, entre otros, son considerados un problema de seguridad nacional, de tal forma que el Estado y los diferentes gobiernos han propuestos planes como el “Mano Dura” en el año 2003 y el “Súper Mano Dura” en el año 2004, que persiguió y apresó a aquellas personas señaladas de pertenecer a las maras.
Sin embargo, estos planes, pese a toda la violencia desplegada y denunciada por diversos organismos de Derechos Humanos, no terminaron con la gran cantidad de asesinatos y violencia. Por esa razón se aprobó la ley de proscripción de maras, pandillas y organizaciones, misma que a juicio de juristas sigue sin ser la respuesta.
Para el doctor Juan Pablo Sánchez, Juez Segundo Penal de Distrito de Adolescentes, suplente en Managua, que también apoya el trabajo de la organización Terre des Hommes (Tierra de hombres), los once artículos que contiene la ley salvadoreña sólo expresan el deseo de acabar con las maras, pero no proporciona a los muchachos miembros una oportunidad de cambio.
“Para efectos de aplicación de esta ley, el Código Penal incluso sufrió modificaciones para sancionar de dos a cuatro años de cárcel a un miembro de mara y hasta con 10 años de cárcel a los cabecillas de la misma, también manda incautar todo lo que posean estas personas, es una ley represiva que restringe derechos de estas personas y las válvulas de escape son los países vecinos, porque se está respondiendo a la violencia con violencia”, comentó el doctor Sánchez.
La gran ventaja en Nicaragua, reconoce el jurista Sánchez, apunta por el trabajo preventivo y comunitario de la Policía, que no está desvinculada del contexto y la realidad social y que aún con todas las críticas que recibe, es reconocida como autoridad a la que se puede recurrir, que es accesible y no inspira temor.

“Aquí si en una comunidad llega una persona excesivamente tatuada, no pasa desapercibida y en el territorio he sido testigo de cómo llegan a la Policía a informar o preguntar si saben de esta persona. Nuestras pandillas no tienen gracias a Dios la connotación de organización criminal de las maras y eso es una ventaja, pero no debemos dormirnos en nuestros laureles”, aseguró Sánchez.
Aún con todo el revuelo causado con la Ley de Proscripción de maras, pandillas, agrupaciones, asociaciones y organizaciones de naturaleza criminal, todavía no ha entrado en vigencia completamente y a la fecha en El Salvador no hay un sólo detenido por el hecho de ser marero.
El diario La Prensa Gráfica de El Salvador informó que esto se debe a que el Nuevo Código Penal que le dará fortaleza a la misma no entrará en vigencia hasta el primero de enero del año 2011, gracias a una prórroga solicitada por la Fiscalía y la Corte Suprema de ese país, quienes argumentan que los $$19.2 millones que estiman costaría la aplicación del mismo.
Tampoco se cuenta con los 20 millones de dólares necesarios para habilitar el centro de escucha de llamadas que permitirá a las autoridades tener una herramienta para la detección de actividades del crimen organizado.
Una de las críticas a la ley, así como a los planes anteriormente establecidos, es que no se brindan recursos económicos para la integración social de los jóvenes mareros.
De los 107 jóvenes ex mareros que hay controlados en Nicaragua, siete de ellos dedican sus tiempos libres a proporcionar apoyo, brindando charlas a grupos de chavalos en riesgo.
“Ellos vienen, es un asunto voluntario, nos acompañan a brindar las charlas y la verdad es que lo que se encuentran es el reflejo de ellos mismos cuando buscaron a la mara: rebeldía, falta de amor en su hogar y mucha violencia”, señaló el Comisionado Rodríguez Argueta.
Algunos de los ex mareros que habitan en Nicaragua han buscado iglesias cristianas arrepentidos del daño que causaron, otros tienen familias, empleos y han comenzado a llevar una vida diferente.
“A mí me asombra porque, a como te dije, yo un criminal, en el país más rico del mundo no tenía un techo, no tenía la comida garantizada, ahora mi vida es otra, mi mamá está contenta y no tiene ese miedo de antes de levantar el teléfono y que del otro lado le dijeran que yo había muerto”, señaló Martín.
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