Cuando leo detenidamente el Acta de Independencia, redactada por el hondureño José Cecilio del Valle, nacido en Choluteca, un sentimiento de asombro corroe todos mis huesos. Resulta que el documento que crea la nación centroamericana, por ser escrito por un hombre sabio, pero que no participaba con los acontecimientos que le tocó vivir, y mucho menos con la idea de separarnos de España, es un documento en donde se cumple a pie juntillas la moraleja del “Gato Pardo” de Giuseppe Tomasi de Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
Lo primero que resalta en dicha acta es que a lo largo de ella no existe ningún reclamo o agravio en contra de España, como muy bien lo señalase Mariano Fiallos Gil en su ensayo Los Estados Unidos y la emancipación hispanoamericana . Contrario al Acta de Independencia de los Estados Unidos donde se enumeran uno por uno los agravios ocurridos a las colonias y en donde se expresa de una manera clara y precisa, el deseo de los habitantes de las trece colonias, de romper sus vínculos con Inglaterra.
En cambio, la nuestra es dubitativa, indecisa, no existe ninguna alusión a los diferentes movimientos independentistas ocurridos en el istmo antes del 15 de septiembre, como lo fue entre otros, el grito ocurrido en El Salvador un 5 de noviembre de 1811, cuando Manuel José Arce (quien llegara a ser presidente de la federación), subió a un taburete enfrente de la casa capitular de la ciudad para exponer: “No hay rey, ni intendente, ni capitán general, sólo debemos obedecer a nuestros alcaldes”.
No existe referencia a los mártires de Granada en su rebelión del 21 y 22 de diciembre de 1812 encabezada por su alcalde Juan Argüello y su regidor Manuel Antonio de la Cerda “pidiendo a gritos la deposición de todos los empleados españoles”.
El documento fue escrito, con la intención de alguien que pretende ganar tiempo, ya que no puede impedir los hechos, como refleja el siguiente párrafo:
“Que desde luego se circulen oficios a las Provincias por Correos extraordinarios para que sin demora alguna se sirvan proceder a elegir diputados o representantes suyos, y éstos concurran a esta Capital a formar el Congreso que deba decidir el punto de Independencia y fixar , en caso de acordarla, la forma del Gobierno, y ley fundamental que deba regir”.
Lo que refleja, indubitable, de que nuestra independencia es un hecho —sui géneris—. No existió ningún acto de insurrección, ni se registra ninguna batalla o guerra.
José Coronel Urtecho a eso le llama: “El verdadero mérito de los independentistas centroamericanos o, si se quiere, su principal habilidad, consistió en mantener en paz”.
Todo fue manejado por un grupo de intelectuales, los mismos que se habían atrincherado en el Ayuntamiento de Guatemala y redactado las famosas Instrucciones, dadas a Antonio Larrazábal, para su representación en las Cortes de Cádiz.
Todos humanistas, constitucionalistas, pero carentes de base popular que sostuviese el andamiaje del edificio que se quería construir.
Se olvidaron de que lo que se había vivido en el “Reino de Guatemala”, como bien lo dice el historiador costarricense Cleto González Víquez: “El reino era una agrupación de unidades que no se sumaban, y jamás existió un pueblo que respondiese a la denominación de Centroamérica”.
No existe en nuestra declaración de independencia, una sola declaración de igualdad, una palabra que clame libertad, ni mucho menos existe el mandato de buscar para los seres que componen la nueva nación la búsqueda de la felicidad, como es el caso de la declaración norteamericana, en donde el espíritu de Roseau y su Contrato Social prevalecen:
En cambio, en nuestra declaración de independencia, el principio de igualdad queda escondido, se instituye pero con timidez, como calculando gota a gota el derecho que se reivindica, examinémoslo:
“Que el número de estos diputados sea en proporción de uno de cada quince mil individuos, sin excluir de la ciudadanía a los originarios de África”.
En lo que sí supera nuestra declaración a la norteamericana y con creces: es en el hecho de que los centroamericanos, le otorgaron a los negros la nacionalidad desde el comienzo, en cambio, los norteamericanos tuvieron que ir a una guerra civil, y es todavía el día de hoy y no han resuelto la discriminación.
¿Cómo reaccionaron los diferentes estamentos sociales ante tal declaración?
El principal documento que registra cómo fue recibida la declaración de independencia lo constituye nuestra famosa Acta de los Nublados. Llegada a León el 22 de septiembre, e interceptada por el Intendente González Saravia.
El Acta de los Nublados es la respuesta de la Diputación Provincial y del Obispo García Jerez al conocer un acto tan importante.
La diputación de León en esos días estaba formada por personas con ideas realistas extremas; personaje importante de esa época era el Coronel Arrechavala, pero su líder indiscutible era Fray Nicolás García Jerez (1814-1825) Obispo de Nicaragua y Costa Rica, de la Orden de los Predicadores o Dominicos, nacido en Murcia, y quien había desempeñado el cargo de Gobernador e Intendente de la Provincia.
Fue a este radical realista, quien en su corazón anidaba lealtad únicamente a su soberano y señor Fernando VII, a quien le corresponderá dejarnos un doble legado.
En primer lugar: durante su gobierno eclesiástico en el año de 1815 se erigió en el Colegio de San Ramón, la Universidad de León, mi Alma Mater, que está a punto de cumplir sus doscientos años.
En segundo lugar, fue a García Jerez quien por esos juegos del destino le tocará desempeñar el papel de “partera de la nueva nación”, y declara en su famosa acta de los nublados: “La absoluta y total independencia de Guatemala que parece se ha erigido en Soberana”.
El otro estamento social que reacciona son: los criollos. En el caso nicaragüense, dicha clase económicamente no era tan poderosa como popularmente se cree, debido a que en Nicaragua no existió un proceso de acumulación de riquezas como lo fue en México o Perú.
Para la clase criolla, especialmente la granadina, su enriquecimiento fue un proceso posterior, que obedeció al tráfico comercial por el Río San Juan con el Atlántico, y el desarrollo de los latifundios en Chontales.
La figura principal de esa clase hegemónica, fue Crisanto Sacasa Parodi, hijo del primer Alcalde de Granada, Roberto Sacasa.
Jerónimo Pérez en su biografía lo describe “de estatura regular, bien proporcionada y robusta; la tez blanca, la cara ovalada; la nariz recta; los ojos negros y uno de ellos con el párpado superior caído, por lo que le decían ‘el tuerto’”.
Criollo con toda la designación que esta palabra conlleva, y como lo explica a profundidad Severo Martínez Peláez en su libro La Patria del Criollo ; fue contra quien empezó la guerra civil en Nicaragua, como lo dice Coronel Urtecho.
El desengaño del constitucionalismo monárquico que imperaba en los criollos latinoamericanos, era parte de su historia. En su corazón deseaba a profundidad la independencia, y obraba de acuerdo con los Cerda y Argüello, pero haría todo lo posible por conservar sus derechos de casta colonial. Como valiente peleó por los ideales que amó. Como valiente murió frente a la Catedral de León, en el fragor del combate.
Cleto Ordóñez es el otro actor que reacciona ante el Acta de Independencia. “Pequeño de estatura, delgado, de descendencia mulata, miope por desgracia, por lo que le decían ‘el tuerto’, hijo del pueblo y con grande simpatías en las masas, de fácil palabra y de maneras agradables”.
Así trazan sus facciones, los historiadores Emilio Álvarez Montalván y Eddy Kühl Arauz en su ensayo Policarpo y Cleto hermanos históricos .
Ordóñez constituye sin lugar a dudas el líder popular, el desclasado, o como muchos años después lo describiese sin mencionar su nombre, Salomón de la Selva en su novela La Dionisiada —el Nicho—. Un encantador de voluntades. Sergio Ramírez agrega: “Seducía por igual a la gleba que a los aristócratas”.
Es él quien proclama la Independencia absoluta, tanto de España como de la Capitanía General de Guatemala, así como de México.
Es él quien manda quitar los títulos y escudos nobiliarios de las fachadas de las casas de Granada.
Es él quien auxilia a Morazán en su lucha contra el general Milla abriéndole así más tarde las puertas a la Presidencia de Centroamérica.
Indiscutiblemente, desde todos los puntos que se vea, Ordóñez es el padre del liberalismo radical en Nicaragua, y su figura junto con la de Sacasa y de García Jerez, merece ser recordada con honor en estas Fiestas Patrias.
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