La gota en el mar

De Macedonia, la antigua y la actual, salieron dos grandes conquistadores del mundo, con la distancia de dos mil años entre uno y la otra. El primero, Alejandro Magno (356-323 a.C.), fue un guerrero invencible que en el siglo tercero antes de Jesucristo conquistó prácticamente todo el mundo que entonces se conocía y expandió por todas partes el dominio y la cultura helénica.

La otra fue una guerrera espiritual, si cabe la expresión: Madre Teresa de Calcuta (1910-1997), quien en el siglo XX también conquistó el mundo —mucho más extenso que el de los tiempos del gran Alejandro—, pero no por la fuerza de las armas sino por medio del prodigio de la fe y la caridad. Con su infinito amor al prójimo y su ilimitada caridad cristiana, Madre Teresa puso el mundo a sus pies, la humanidad se rindió ante la personalidad humilde pero irresistible de aquella pequeña monja de origen macedonio y etnia albanesa, quien se entregó por completo al servicio de las personas más pobres de Calcuta, en la India, y, a través de sus misioneras, de los pobres de muchas otras partes de la Tierra.

Si hubiera podido vivir hasta hoy, Madre Teresa —cuyo verdadero nombre era Agnes Gonxha Bojaxhi— , estaría cumpliendo cien años de edad. Pero igual, su centenario se está celebrando en todo el mundo como si ella viviera físicamente. Es que después de la muerte de Madre Teresa, acaecida el 5 de septiembre de 1997 a los 87 años de edad, ella ha seguido viviendo en el corazón de la humanidad y en el altar de la beatitud en el que fue colocada el 19 de octubre de 2003, por el Papa Juan Pablo II, quien además instituyó el 5 de septiembre como día de Madre Teresa de Calcuta.

Sin recursos económicos pero con mucha fe y una gran vocación de caridad, Madre Teresa abrió en 1952 un centro para personas en extrema pobreza y moribundas, en la súper poblada ciudad india de Calcuta, aprovechando un antiguo templo abandonado de Khali, la diosa hindú de la energía. Después Madre Teresa montó numerosos orfanatos, clínicas de atención y centros de asistencia para los leprosos abandonados, y posteriormente, las religiosas de la orden que ella fundó, las Misioneras de la Caridad —cuya red se extiende ahora por diversas partes del mundo, incluyendo a Nicaragua— fundaron muchos hogares y centros de ayuda a las personas más pobres y sufridas de la sociedad. Es por eso que Madre Teresa se convirtió en el símbolo de la caridad cristiana en los tiempos modernos, como San Francisco de Asís lo fuera en la época medieval.

La caridad, término derivado del latín carus que quiere decir querido, amado, significa precisamente amor en el más profundo sentido de la palabra, pues en sentido cristiano tiene su origen en el amor de Dios. De manera que la caridad es mucho más rica en satisfacciones que la filantropía, con toda la importancia que ésta tiene y la admiración que inspiran las personas filantrópicas.

Hace algunas semanas la televisión alemana internacional Deutsche Welle transmitió un inspirador reportaje sobre una hermosa muchacha de clase media alta, quien después de graduarse en la universidad viajó por sus propios medios hasta Calcuta, para servir como voluntaria en la Kalighat, o sea la Casa del Corazón Puro, como se llama el hogar de los pobres fundado por Madre Teresa en el antiguo templo de la diosa Khali. Esto es caridad.

Casi al mismo tiempo se conoció que cuarenta multimillonarios norteamericanos encabezados por Bill Gates, fundador de la empresa Microsoft, han decidido donar la mitad de sus fortunas —por lo menos 150 mil millones de dólares— para financiar obras sociales en diversas partes del mundo. Otras personas muy ricas están siguiendo ese gran ejemplo de filantropía, o sea de amor al ser humano no por razones religiosas sino por humanismo laico.

Comparado con las donaciones de esos multimillonarios filántropos, lo hecho por Madre Teresa y sus Misioneras de la Caridad podría parecer muy poco. Pero sin menospreciar la hermosura y los beneficios de la filantropía, se debe reconocer que en lo poco que se da motivado por la caridad cristiana, cuando eso es todo lo que se tiene, hay mucha más significación que en las donaciones filantrópicas, por muy cuantiosas que estas sean. Es que, como enseñó Madre Teresa de Calcuta: “En el momento de la muerte no se nos juzgará por la cantidad de trabajo que hayamos hecho, sino por el peso de amor que hayamos puesto en nuestro trabajo”. Y: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero el mar sería menor si le faltara una gota”.

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