Por Hortensia Rivas Zeledón
A propósito de la reciente celebración del Día del Maestro Nicaragüense, es necesario señalar que durante los últimos treinta años la calidad profesional de los técnicos del Ministerio de Educación, de los directores y docentes de los centros educativos estatales, tanto de educación primaria como de educación media, ha caído estrepitosamente por la politización que se hizo del sistema educativo en los años ochenta. Y cuando comparo a los educadores de hoy con aquellos maestros egresados de las escuelas normales en los años cuarenta, inevitablemente recuerdo una frase que mi abuela materna solía decir: “El que nunca ha visto una iglesia, ante un horno se persigna”.
Es que aquellos eran verdaderos maestros que poseían un amplio dominio de los contenidos que enseñaban y lo hacían con gran responsabilidad, lo cual contribuía mucho a la solidez y claridad de los conocimientos que los alumnos adquiríamos. Además nos inculcaban valores morales y cívicos y nos enseñaban toda clase de manualidades, y por supuesto que eran muy buenos ejemplos para sus alumnos.
Aquellos maestros, además de tener la preparación profesional, la responsabilidad y la mística necesaria para realizar su labor docente con éxito, eran muy estrictos con sus alumnos y muy respetuosos de la integridad moral de sus educandos.
La calidad de la educación comenzó a decaer cuando por el aumento de la población escolar y la escasez de aulas se impuso la doble jornada; después empeoró por las huelgas magisteriales de 1969 y 1970, el terremoto de 1972, las insurrecciones de 1978 y 1979, la imposición de un régimen revolucionario, la cruzada nacional de alfabetización que provocó la pérdida de un año escolar, y además se les regaló el aprobado en tres y cuatro materias a decenas de miles de estudiantes que participaron en ella, luego vino el año escolar de tres semestres y los aprobados por participación en cortes de café y algodón y otras “tareas de la revolución”.
También comenzó la persecución y despido de maestros capacitados y su sustitución por activistas de los organismos de masas (CST, AMLAE, CDS, ATC, etc.) quienes carecían de la más elemental preparación para realizar la delicada labor magisterial y, sin embargo, en los últimos treinta años han estado formando a las nuevas generaciones. A eso se debe que el recurso humano nicaragüense esté tan deficientemente preparado.
Ahora de nuevo la educación pública va cuesta abajo, porque en vez de transmitir los conocimientos de español y matemáticas que tanto necesitan las personas que están en las aulas ejerciendo la labor de maestros para que puedan mejorar su trabajo docente, les enseñan sobre la revolución y el socialismo del siglo XXI.
Ante el grave deterioro de la calidad de la educación y la falta de dominio de las materias instrumentales (lenguaje y matemáticas) tanto en la educación primaria como media, tengo la obligación de rendir un merecido reconocimiento a todos aquellos maestros que con abnegación, conocimiento, honestidad y mística instruyeron y educaron a sus alumnos. Ellos fueron verdaderas catedrales de la educación. A los pocos que todavía quedan y que los últimos gobiernos no han sabido ni querido aprovechar sus conocimientos y su experiencia, a todos ellos, muchas gracias por todo lo que dieron para el bien de sus alumnos y para el desarrollo de Nicaragua.
A todos aquellos maestros que amaron su profesión y por eso lo hicieron todo bien, les rindo todo el homenaje que se merecen. A esas catedrales de la educación, a los que ya no están y a los que todavía quedan, muchas gracias por haber sido verdaderamente MAESTROS.
La autora es maestra
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