Representantes de organismos extranjeros que trabajan en la defensa de la democracia y la vigilancia de los derechos humanos, han tenido la oportunidad de verificar en el mismo sitio de los acontecimientos —inclusive han podido mirar con sus propios ojos— el retroceso global de Nicaragua en todos los órdenes de su vida nacional: institucional, económica, política y social.
Ciertamente, en presencia de representantes del Centro Carter, de la Organización Mundial contra la Tortura y de la Federación Internacional de Derechos Humanos, han ocurrido las brutales agresiones de estudiantes partidarios del gobierno de Daniel Ortega, armados con pistolas, morteros y garrotes, contra otros estudiantes pacíficos e inermes que demandan el cese de la ocupación forzada del recinto de la Universidad Nacional Autónoma (UNAN-Managua) y que se respete su derecho a estudiar.
Los observadores saben que este ha sido sólo uno de los tantos hechos de violencia callejera, de agresiones físicas, de intimidaciones armadas y amenazas de muerte, que los partidarios de Daniel Ortega perpetran continuamente, como una estrategia gubernamental, contra opositores, disidentes o simplemente personas inconformes con la situación del país que ejercen su derecho a protestar. A tal grado ha llegado la inseguridad pública y personal en Nicaragua, que la esposa del principal líder de la oposición ha debido recurrir a los organismos de defensa de los Derechos Humanos, para denunciar las graves amenazas contra su vida y la integridad física de su familia, de parte de agresivos y desenfrenados partidarios de Daniel Ortega.
Con justificado asombro, los representantes de organismos internacionales y miembros del cuerpo diplomático extranjero, escuchan a los voceros orteguistas justificar la violencia de las turbas con el insólito argumento de que es una manifestación de “la justa ira del pueblo”; e igualmente sorprendidos oyen a orteguistas vergonzantes justificar también la violencia oficialista, con el sarcasmo de que así es la “democracia tropical” y que hasta en la culta Europa se escucha esa misma “música de mariachis”. Por supuesto que violencia callejera hay en todas partes, inclusive en los países desarrollados de Europa. Pero allí la violencia es marginal, no es incitada por los gobiernos, y además sólo en Nicaragua se puede ver el degradante espectáculo de magistrados del Poder Judicial encabezando a las turbas de encapuchados armados que practican la violencia callejera.
Para la gente honrada, trabajadora, democrática y pacífica de Nicaragua, que es la mayoría de la población, sin duda que es una vergüenza que el país haya vuelto a ser noticia internacional por su impresionante retroceso global y la degradación de sus instituciones y gobernantes, no por hechos positivos y logros que cause orgullo mostrarlos al mundo. Nicaragua no está en la información internacional porque las universidades hayan hecho un descubrimiento científico o una invención tecnológica de beneficio humano y trascendencia universal; porque se hubiera multiplicado la inversión nacional en la educación; porque el país estuviera creciendo económicamente al ritmo que se requiere para reducir la pobreza y avanzar hacia el desarrollo; porque los procesos electorales sean ejemplares por su transparencia, libertad de participación, seguridad en la identificación de los electores, confianza en el conteo de los votos y rapidez en la información pública sobre sus resultados; ni por sentencias admirables de jueces sabios y ecuánimes que establecen jurisprudencia internacional. Y mucho menos que sea noticia porque sus gobernantes deslumbren al mundo con sus luces intelectuales, sabiduría, pedagogía y elocuencia.
Al contrario, Nicaragua es de nuevo noticia internacional por motivos vergonzosos: Por una violencia política callejera que asombrosamente no es practicada por grupos antisistema, sino que es instigada por el mismo gobierno y perpetrada por sus partidarios. Por el deterioro de la economía demostrado con el incontenible cierre de negocios, el retiro de inversiones y el desaliento de las que estaban por venir. Nicaragua es noticia mundial porque camina hacia atrás, al pasado de las extintas dictaduras somocista y sandinista. Porque en vez de emular a los países que se esfuerzan por progresar y que lo están logrando, como Costa Rica —para señalar un ejemplo muy cercano—, lo que hace es subirse al vagón de cola del desvencijado tren de la dictadura comunista de Cuba y de su esperpéntico remedo venezolano.
Y hay que decir que también Nicaragua es noticia internacional por la permisividad de su población, que en el pasado dio muchas lecciones de rebeldía contra la opresión pero ahora permanece en una deplorable postración. Aunque seguramente esto no será para siempre, ni siquiera por mucho tiempo.
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