En el lenguaje popular nicaragüense se le llama chapiollo a “lo que es producido o formado en el lugar”, y también a lo que es “mediocre o de baja calidad”, según el Diccionario de Uso del Español Nicaragüense de la Academia Nicaragüense de la Lengua. De manera que es correcto decir que el populismo de Daniel Ortega es chapiollo, tanto por lo criollo como por lo burdo.
En la noche del 30 de abril recién pasado, durante la celebración oficialista del Primero de Mayo, Ortega prometió a los trabajadores del Estado —incluyendo a maestros, soldados y policías— que les va a regalar un bono de 529 córdobas mensuales, adicionales a sus bajos salarios, los cuales contrastan groseramente con los jugosos sueldos y privilegios de los altos funcionarios estatales. El prometido bono de Daniel Ortega, equivalente a un poco más de 20 dólares cada mes, fue criticado y calificado como una grotesca medida clientelista y populista, por numerosos economistas, expertos en tributación, abogados laboralistas, líderes religiosos, dirigentes sindicales y de organizaciones cívicas independientes, lo mismo que por representantes de los partidos de oposición.
Si Daniel Ortega cumple su promesa de entregar el bono de los 529 córdobas mensuales, sin duda que aliviaría un poquito las penurias económicas de los trabajadores estatales. Sin embargo, los economistas advierten que la circulación adicional de más de quinientos millones de córdobas, sin que al mismo tiempo aumente la producción, causaría escasez y generaría más inflación. Pero también hay que señalar que siendo una dádiva, ese bono es una ofensa a la dignidad de los trabajadores del Estado, pues Ortega pretende comprar conciencias, lealtad política y simpatías personales con unas míseras migajas del gran festín de los ingresos de la cooperación petrolera venezolana, la cual se maneja como un negocio personal, familiar y partidista.
En realidad, se necesita ser un tonto para no advertir la verdadera intención de ese bono de 20 dólares, que Daniel Ortega ha prometido a los asalariados del Estado cuando el país está en un año preelectoral y el autocrático líder del FSLN trata por todos los medios de imponer su reelección el próximo año y perpetuarse en el poder.
Es característico del populismo —ya sea de derecha o de izquierda, pero sobre todo de este último— hacer que la mayor cantidad de gente dependa de los favores del Estado y del “gran líder” en lo personal. De esa manera se asegura una gran masa de votos cautivos. Pero además las dádivas del populismo son para someter ideológicamente a las personas, ya que quienes se benefician con las migajas del poderoso se sienten obligados a defenderlo y hasta consideran como sus propios agravios personales y ataques contra ellos mismos, las denuncias y críticas que hacen los que se oponen al líder populista y su régimen opresivo.
Pero es muy difícil que el pueblo de Nicaragua caiga otra vez en las garras de ese “oso filantrópico” —como llamó al populismo el Premio Nóbel mexicano Octavio Paz—, porque ya pasó por las amargas experiencias de los regímenes populistas de derecha y de izquierda y sufrió las dictaduras que ambas aberraciones políticas impusieron. Los nicaragüenses saben por experiencia propia que el populismo —sobre todo el de izquierda que es el más dañino— suprime la libertad y degrada la justicia, provoca inflación, aumenta la pobreza, causa atraso económico, polariza la sociedad, divide a las familias, incrementa la corrupción y ofende la dignidad de la persona humana sobre la que impone la dominación aplastante del Estado y el poder de un caudillo ignorante y prepotente. De modo que es muy difícil que los nicaragüenses quieran volver a esa situación.
Es cierto que el populismo orteguista tiene una fiel base permanente, reclutada principalmente entre los sectores más empobrecidos y marginales de la sociedad. Precisamente por eso es que las políticas orteguistas apuntan a mantener al país en la pobreza, ya que así tiene más posibilidad de reclutar adeptos. Pero al menos hasta ahora, la mayoría de la población nicaragüense no se ha dejado engañar.
En realidad, se equivoca Daniel Ortega si cree que con sus medidas de populismo chapiollo, va a convertir en mayoría a la minoría que lo respalda. Después de cumplir su período, el 10 de enero de 2012, Ortega sólo podría seguir ejerciendo el poder presidencial mediante la imposición, el fraude y la violencia. Y aunque algunos ya dan eso como un hecho, todavía está por verse. Aún falta mucha caña que moler.
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