El diputado de la oposición liberal, Eduardo Montealegre, declaró que no tiene por qué pedirle permiso a nadie para reunirse con el Presidente de Nicaragua. Montealegre se refería de ese modo a la reunión secreta que sostuvo hace dos semanas con Daniel Ortega, en la que se hizo acompañar solo por su primo y candidato a magistrado del Consejo Supremo Electoral (CSE), Mauricio Montealegre.
El líder de Vamos con Eduardo dijo también que es normal que un dirigente opositor se reúna con el Presidente de la República. Aseguró enfáticamente que no ha hecho ningún pacto con Ortega y explicó que se había limitado a escuchar la petición del gobernante, de reelegir a los magistrados del Consejo Supremo Electoral que realizaron el gran fraude de las elecciones municipales de 2008. Según Montealegre, él rechazó tajantemente esa petición de Ortega, ante quien reafirmó su compromiso con los acuerdos de Metrocentro II, suscritos por los partidos de oposición parlamentaria y organizaciones independientes de la sociedad civil, según los cuales no se debe reelegir a ningún magistrado del Poder Electoral.
Sin duda que Montealegre tiene razón, en cuanto a que no debe pedir permiso a nadie para reunirse con Daniel Ortega. O con cualquier otra persona, agregamos nosotros. La verdad es que los políticos escogen a sus contertulios y conegociadores con la misma libertad que tienen las personas comunes y corrientes para escoger a sus amigos. Pero si los asuntos que un político discute, pacta o acuerda con otro, no son sus negocios particulares sino los problemas del país, la situación de todo el pueblo, la suerte de la libertad, el destino de la democracia y el rumbo de la economía nacional, las cuales son cuestiones que atañen a todos los nicaragüenses, entonces sí que ese político tiene la obligación de rendir cuentas al público. Nadie, aparte de los miembros de su partido y sus seguidores incondicionales, le da a ningún político un cheque en blanco para que negocie los intereses del pueblo y el futuro del país.
Seguramente el diputado Eduardo Montealegre dice la verdad, al asegurar que no ha pactado nada con el Presidente. En todo caso, eso será confirmado o desmentido por los hechos, dentro de muy poco tiempo, cuando inevitablemente se tenga que elegir o reelegir los cargos en el Consejo Supremo Electoral y las otras instituciones del Estado.
En realidad, es obvio que la invitación de Daniel Ortega a Montealegre, para reunirse secretamente, era una trampa para desacreditarlo y meter cizaña en la oposición que hace esfuerzos por unificarse y reforzar la luchar contra el régimen orteguista. Eso debió advertirlo Montealegre, y si tenía interés en reunirse con Ortega, el líder opositor debió hacerse acompañar por alguien de entre sus aliados que pudiera servir como testigo, e informar al público inmediatamente después de la escabrosa plática.
Las reuniones políticas de interés general, cuando no son conspirativas se tienen que realizar públicamente. Tal vez sin la presencia de periodistas, para que no se perturben las conversaciones y las negociaciones, pero siempre con el conocimiento de la población y dando a conocer las informaciones pertinentes antes e inmediatamente después de las encerronas. De otra manera hay razón o se da motivo para sospechar.
El eminente historiador griego de la antigüedad, Plutarco (120-47 antes de Cristo), escribió en su siempre aleccionadora obra Vidas Paralelas , en relación con un incidente en la vida de Julio César y su esposa Pompeya, que “no basta que la mujer del César sea honesta, también debe parecerlo”. Lo cual, aplicado a la política significa que además de actuar correctamente también hay que aparentarlo. Y, por lo tanto, que no se debe actuar en situaciones oscuras porque se prestan a sospechas y malas interpretaciones.
De manera que tienen razón quienes dicen que, aunque Eduardo Montealegre no haya negociado ni pactado nada indebido con Daniel Ortega, el hecho de haberse reunido secretamente con éste y decirlo sólo cuando ya no lo podía mantener oculto, ha lastimado la confianza de sus aliados y otros participantes en los acuerdos de Metrocentro. Y seguramente que también ha decepcionado a muchos de sus partidarios, pues situaciones como ésta son las que motivan a los ciudadanos a desconfíar de todos los políticos, tanto de los pactistas como de los que no han pactado y tal vez ni van a pactar nunca a espaldas y en contra del pueblo.
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