Ernesto González Valdés LA PRENSA/ARCHIVO

Las buenas acciones

Para las personas que tenemos la posibilidad de tener un espacio donde platicar, conversar con las personas —al cual agradezco infinitamente a LA PRENSA, más de siete años— que en muchos de los casos con sus opiniones nos hacen sugerencias, recomendaciones, críticas y solicitudes, que nos permiten reflexionar sobre si lo que escribimos cumple su cometido o no. Siete años son muchos años, aunque resulta relativo por supuesto, cuando hablamos de personas del propio medio escrito —compañeros y compañeras de trabajo— que han dedicado y dedican de forma sistemática o permanente prácticamente toda su vida a emitir criterios que ayudan a que la noticia misma, las opiniones constituyan un marco de referencia para que el lector saque sus propios criterios y conclusiones.

Para las personas que tenemos la posibilidad de tener un espacio donde platicar, conversar con las personas —al cual agradezco infinitamente a LA PRENSA, más de siete años— que en muchos de los casos con sus opiniones nos hacen sugerencias, recomendaciones, críticas y solicitudes, que nos permiten reflexionar sobre si lo que escribimos cumple su cometido o no.

Siete años son muchos años, aunque resulta relativo por supuesto, cuando hablamos de personas del propio medio escrito —compañeros y compañeras de trabajo— que han dedicado y dedican de forma sistemática o permanente prácticamente toda su vida a emitir criterios que ayudan a que la noticia misma, las opiniones constituyan un marco de referencia para que el lector saque sus propios criterios y conclusiones.

Las observaciones a lo que escribo me suelen llegar vía correo electrónico y suelo responder siempre o inclusive personal, agradeciendo el comentario a la columna en cuestión, que inclusive me permite nuevas ideas, para futuros temas.

Hay una realidad que no puede taparse con un dedo y es que muchas personas requieren ser escuchadas, necesitan consejos, recomendaciones, inclusive soluciones, que no necesariamente en todos los casos podemos resolver, porque corresponden a los especialistas y no a un docente, que le gusta escribir.

Sin embargo como docente más allá de la especialidad misma —a lo largo de más de 40 años— la profesión de trabajar con jóvenes y adultos incluyendo la formación en valores que debemos transmitir a nuestros educandos y que incluye a padres y madres de familias a quienes debemos involucrar, comprometer, porque sus hijos no son nuestros, son de ellos.

Como parte de nuestra responsabilidad es educarlos, junto con ellos, ahí sí estamos de acuerdo e inclusive en algunos casos la asumimos mejor que los propios progenitores, inclusive al extremo de abandonar casi a los nuestros (¿Es cierto profesores, docentes?)

No solo impartimos o transmitimos conocimientos y aplicaciones de estos a nuestros discípulos, de la disciplina o clase, sino también los educamos en la formación en valores: la puntualidad, el respeto hacia sus compañeros, así como a las personas de mayor y porque no de menor edad, la honestidad, la realización de buenas acciones: un sencillo ejemplo, pero impactante, porque dejan huellas tangibles a corto plazo: Un techo para mi país, en la cual hemos apreciado la participación desinteresada de miles de jóvenes universitarios.

Criticar a aquellos que como remanentes buscan la solución de las “buenas notas” con la copia, pensando que engañan a sus profesores y que de no ser detectados ese día, se autocatalogan como personas “brillantes” o “genios” a corto plazo, porque burlaron la mirada del docente.

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