“1984 sitúa su acción en un Estado totalitario. Como explica O’brien, el astuto y misterioso miembro de la dirección del partido dominante, el poder es el valor absoluto y único: para conquistarlo no hay nada en el mundo que no deba ser sacrificado y, una vez alcanzado, nada queda de importante en la vida a no ser la voluntad de conservarlo a cualquier precio”. Así reza la presentación de la novela futurista 1984 , publicada por Booket. Y decimos que cualquier similitud de esta frase de ficción con otra de la vida real nuestra, pronunciada altisonante por un comandante sandinista, cuya voz grabada la saca al aire en su frecuencia la heroica radio Corporación es, como se dice en los guiones, mera coincidencia. O el comandante leyó la novela o el autor fue un profeta en su tiempo (predijo los gulags de la URSS y los campos de reeducación de Mao).
George Orwell (Eric Arthur Blair, India 1903-Londres 1950), estudió en Eton, afamada escuela británica, se dedicó a la aventura y al periodismo viviendo un tiempo casi en indigencia por lo que escribió la novela Sin blanca en París y Londres ; por su participación en la guerra civil española surgió la novela Homenaje a Cataluña , y de su experiencia como corresponsal en la Segunda Guerra Mundial publicó Rebelión en la granja y su novela más famosa 1984, que leímos hace tiempo.
En realidad, cualquier semejanza con países de gobiernos izquierdosos y autoritarios puede ser pura coincidencia. Pero la novela comienza cuando en este Estado totalitario el principal personaje, Winston Smith, (miembro exterior del partido único el ENGSOC, la clase media, la más vigilada; la del interior era la privilegiada y la proletaria no tenía derechos), se dirige a su lugar de trabajo, el Ministerio de la Verdad, un gran edificio que se destacaba entre las ruinas de una ciudad destruida, Londres (correspondía al estado de Oceanía), y en cuyo frente se leía las tres consignas del Partido: “La guerra es la paz, La libertad es la esclavitud, La ignorancia es la fuerza”. En ese Londres, sólo había tres edificios del mismo aspecto y tamaño. En ellos estaban los cuatro
Ministerios en los que se dividía el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes (ahí Winston tenía la función de falsificar información y documentos). El Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden (vigilado por hombres uniformados de negro y armados con porras). El Ministerio de la Abundancia, al que correspondía los asuntos económicos (en el país había hambre pero ésta era mejor que la que tenía el capitalismo derrocado).
En la ciudad se levantada un enorme rótulo que dibujaba el rostro de un hombre de bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté: “El Gran Hermano te vigila, decían las palabras al pie”. La novela parece acuñar el título de Gran Hermano , imputado desde entonces a cualquier líder político o religioso mesiánico que se atribuye potestad sobre las vidas de los demás. “Por su magnífico análisis del poder y de las relaciones de dependencia que crea en los individuos, 1984 es una de las novelas más inquietantes y atractivas del siglo XX”, concluye la referida presentación. Como toda novela clásica, política policíaca, la intriga lo mantiene pegado al libro, el cual descubre que aún bajo la más hermética dictadura, donde todo es controlado, siempre se encuentran personas y grupos que no se conforman y se dan cuenta de que la libertad es el mejor don que existe, y se arriesgan por ella.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A