La ciudadanía nicaragüense conoció con alarma y dolor las noticias sobre el elevado número de muertes violentas, trágicas y prematuras que ocurrieron durante la reciente Semana Santa.
En general, la cifra de 95 muertes de esa clase ocurridas la semana pasada no tiene precedente en la historia de la celebración de Semana Santa. Y lo mismo se puede decir de las 28 muertes que fueron causadas específicamente por accidentes de tránsito, entre ellos el que provocó la muerte de doce personas de una sola vez, la madrugada del sábado 3 de abril corriente, en la carretera de Rivas a San Juan del Sur.
Sin duda que hay culpables directos e indirectos de esa tragedia, así como de las muchas otras muertes y daños por accidentes de tránsito que ocurren durante todo el año. El crecimiento de la población, del parque automovilístico nacional y de la cantidad de gente que viaja por las carreteras y circula en las calles del país, aumenta a su vez el peligro de que ocurran accidentes de tránsito de toda magnitud. Así mismo, la irresponsabilidad de muchos conductores y el descuido de no pocos peatones, hacen que el riesgo potencial de accidentes se convierta en trágica realidad.
A propósito de que ayer 7 de abril se celebró el Día Mundial de la Salud, hay que señalar que los daños humanos causados por los accidentes de tránsito se ha vuelto tan grandes y graves a nivel internacional, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) los ha declarado un problema de salud pública. Precisamente por eso, en el año 2004 la OMS dedicó la celebración del Día Mundial de la Salud a promover la prevención de los accidentes de tránsito, que para entonces causaban anualmente 1.2 millones de muertos y 50 millones de lesionados en todo el mundo; una cifra impresionante, que de acuerdo con los pronósticos de crecimiento a estas alturas habría aumentado en 250 mil muertos y 6.5 millones de lesionados más en todo el planeta.
La OMS determinó en aquella oportunidad que a la seguridad vial no se le presta toda la atención que necesita, y aseguró que los accidentes de tránsito no constituyen un mal irremediable. Las investigaciones y los datos empíricos demuestran que los accidentes de tránsito se pueden evitar, o al menos disminuir considerablemente, considerando que sus principales causas son humanas: exceso de velocidad al conducir, ingesta de bebidas alcohólicas, no uso de cascos protectores por motociclistas y sus acompañantes, falta de uso de cinturones de seguridad, mal diseño y deficiente estado de carreteras y calles, violación de las diversas normas básicas de seguridad vial, vehículos en mal estado y falta de pronta atención médica y adecuados servicios asistenciales de urgencia.
Al respecto cabe recordar que en el caso del terrible accidente ocurrido en la madrugada del Sábado Santo en la carretera de Rivas a San Juan del Sur, las 12 víctimas mortales viajaban en la tina de una camioneta. Esto es prohibido por la ley pero los usuarios la violan y los agentes de tránsito lo toleran, tal como lo denuncia un conocido médico nicaragüense en un artículo de opinión publicado ayer en LA PRENSA.
Pero más que buscar culpables y condenarlos, lo importante es que se atiendan las recomendaciones generales de la OMS para prevenir la grave accidentalidad de tránsito, ante todo que la autoridad policial haga más esfuerzos para que conductores, pasajeros y peatones cumplan las normas de seguridad vial. Además, hay que hacer todos los esfuerzos necesarios para persuadir a la gente de que la educación y la seguridad vial no son responsabilidad sólo de los organismos gubernamentales, específicamente de la Policía, sino que los ciudadanos tienen que involucrarse directamente, no como protagonistas, víctimas o causantes de los accidentes de tránsito, sino como agentes educativos y preventivos.
El Gobierno y la Policía por un lado, y el sistema nacional de educación por otra parte, con el respaldo de la empresa privada y las iglesias, en conjunto con la participación voluntaria de los ciudadanos, ya sea a título individual o mediante organizaciones cívicas, pueden realizar un esfuerzo común para lograr que las vías públicas sean más seguras para todos. De esa manera se podría conseguir que los accidentes de tránsito ocurran realmente como hechos accidentales, no como tragedias provocadas por carencia de prevención gubernamental y de educación y responsabilidad vial, así como por falta de una acción concertada de prevención entre autoridades públicas, empresa privada y ciudadanos.
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