La voz del pueblo es la voz de Dios (“Vox populi, vox Dei”), reza el aforismo latino que algunos atribuyen a Hesíodo, el gran poeta griego del siglo VIII antes de nuestra época, y otros al monje anglosajón del siglo VIII después de Cristo, Alcuino de York, quien fuera el consejero del emperador Carlomagno para la gran reforma educativa medieval.
Alcuino de York estableció el principio de que las siete artes liberales (o sea la gramática, la dialéctica, la retórica, la aritmética, la geometría, la astronomía y la música), agrupadas en el triviun y el cuatriviun, eran “las siete columnas de la sabiduría humana” a las que debían integrarse los siete dones del Espíritu Santo. Para ello “enseñó profusamente el latín, dándole nuevo brillo a un idioma que por ese entonces estaba casi olvidado en el continente europeo”, según se dice en la enciclopedia electrónica Wikipedia.
En realidad, en la obra Epístolas, de Alcuino de York, se dice textualmente: “Y esas gentes que siguen diciendo que la voz del pueblo es la voz de Dios no deberían ser escuchadas, porque la rectitud de las masas está siempre bastante cercana a la locura”. O sea que Alcuino le daba un sentido negativo a aquella expresión, en consonancia con el pensamiento de Séneca, el filósofo romano del siglo I de nuestra era quien nació en la antigua España, el cual advirtió que “el valor de las opiniones se ha de computar por el peso, no por el número”.
De allí que el aforismo de que la voz del pueblo es la voz de Dios, se ha interpretado siempre conforme a las conveniencias de cada quien. O sea que según el caso se le da un valor absoluto y dogmático, o sólo se le reconoce una razón relativa, de acuerdo con la advertencia de Séneca retomada por Alcuino de York.
Tal es el caso de las encuestas como la más reciente de la firma nicaragüense M&R Consultores, cuyas partes principales fueron publicadas por LA PRENSA en el curso de la semana pasada, en la cual se dan a conocer las opiniones ciudadanas acerca de distintos temas fundamentales de la vida nacional. Y como de costumbre, en esta nueva encuesta el régimen de Daniel Ortega ha salido otra vez muy mal parado.
Las encuestas son desde hace ya bastante tiempo, un medio regular de conocer la opinión de la gente en un momento determinado, sobre cualquier asunto específico o diversos temas a la vez. Y de conformidad con el rigor técnico y ético con el que se realicen las encuestas, éstas son más o menos confiables y útiles para los fines que se quiere alcanzar. Pero esto no aplica sólo para el caso de las encuestas políticas y electorales, que se comenzaron a hacer desde 1825, en Estados Unidos, sino también para las que persiguen propósitos empresariales, culturales y sociales de diverso orden. Los periódicos, por ejemplo, no sólo se someten a la encuesta de hecho cotidiana que significa la mayor o menor aceptación del público. También suelen realizar regularmente sondeos sobre el contenido y forma de sus secciones, índices de lectura, preferencias de temas y extensión de artículos en las secciones de opinión, etc. Y aunque los resultados de los sondeos y encuestas no se toman al pie de la letra, sino únicamente como “la fotografía” de la opinión pública en el momento en que se hacen las preguntas y se obtienen las respuestas, por lo general sus resultados permiten establecer las estrategias comerciales, culturales, políticas y electorales que son más apropiadas para obtener un mejor resultado de las inversiones y de los esfuerzos empresariales, sociales o políticos.
De hecho sólo los políticos, salvo las excepciones de rigor, son los que reconocen la validez de las encuestas únicamente cuando los favorecen. Inclusive hacen sus propios sondeos sesgados, a fin de autocomplacerse como la bruja del cuento de Blanca Nieves, y desprecian y detractan aquéllos sondeos que no satisfacen sus intereses y sus egos.
Pero lo cierto es que reconozcan o no el resultado de las encuestas, sus datos fríos e implacables están allí: La mayoría reprueba al gobierno de Daniel Ortega, quiere cambios sustanciales en las instituciones del Estado y particularmente en el Consejo Supremo Electoral, demanda que la oposición se unifique y presente candidaturas únicas en las próximas elecciones, repudia la corrupción y el socialismo del siglo XXI, quiere democracia, libertad, seguridad jurídica, empleos y tranquilidad social.
Ésa es la voz del pueblo, aunque los políticos que están sordos de arrogancia, sobre todo los gobernantes, no la quieran escuchar.
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