Fue en España que se comenzó a generalizar el vocablo “derecha civilizada” y, por lo consiguiente, el de “izquierda civilizada”. Eso ocurrió durante la transición del franquismo a la democracia, la cual tuvo su fundamento y expresión más significativa en los “Pactos de la Moncloa” del 25 de octubre de 1977.
Aquellos históricos pactos facilitaron la transición a la democracia y permitieron enfrentar con un esfuerzo de unidad nacional, la grave crisis económica y social que agobiaba entonces a España. Fueron suscritos por representantes del gobierno franquista tardío y por los partidos Unión del Centro Democrático (UCD), Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Partido Comunista de España, Partido Socialista Popular (PSP), Partido Socialista de Cataluña (PSC), Convergencia Socialista de Cataluña (CSC), Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Convergencia y Unión (CyU) de Cataluña. El partido Alianza Popular (AP) fue el único que no suscribió la parte política —aunque sí la económica y social—de los Pactos de la Moncloa, los cuales fueron ratificados e institucionalizados por el Congreso de los diputados y el Senado.
Hasta entonces, por lo general se solía echar en un mismo saco a toda la derecha, sin considerar su diversidad de corrientes y matices, y lo mismo se hacía con la izquierda. Pero lo cierto es que siempre hubo tendencias diversas, tanto en la izquierda como en la derecha, desde las más extremistas y autoritarias hasta las ejemplarmente moderadas y democráticas. Y ahora hay un claro y permanente punto de equilibrio de las expresiones civilizadas y democráticas de la derecha y la izquierda, las cuales se alternan en el gobierno sin causar traumas a la sociedad y sin perseguir ni excluir al adversario temporalmente separado del poder.
Eso es lo que ha ocurrido en España y está ocurriendo en los países iberoamericanos, con las excepciones deplorables de algunos países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, en los que gobierna una izquierda virulenta que excluye y persigue no sólo a la derecha, sino también a la izquierda democrática. Sin embargo, en general la izquierda y la derecha civilizadas están avanzando poco a poco. Así lo demuestran los casos de Brasil, Colombia, Panamá, El Salvador, Chile y más recientemente Uruguay. En algunos de estos países, gobiernos de derecha han sido sustituidos por gobernantes de izquierda y en otros ha ocurrido al revés. Pero en ninguno de ellos los nuevos gobernantes han perseguido a sus adversarios, ni han atentado contra las instituciones democráticas con el propósito de quedarse para siempre y a cualquier precio en el poder.
El más reciente de estos casos que parecen representar una tendencia general aunque irregular, es el de Uruguay, donde un líder del movimiento ex guerrillero de los Tupamaros, José Mujica, antiguamente de extrema izquierda, ha asumido el cargo de Presidente de todos los uruguayos, sin causarle temores a nadie.
Fue muy significativo que en su discurso de toma de posesión, el lunes primero de marzo, el presidente Mujica mencionara como casos ejemplares a países que son admirablemente libres y democráticos, y por lo tanto prósperos, como Nueva Zelanda y Dinamarca. Todo lo contrario de los gobernantes de la izquierda no civilizada, como el de Nicaragua, que admiran y tratan de imitar al régimen totalitario de Cuba comunista y al autoritario gobierno chavista de Venezuela.
“Es inútil querer nivelar hacia abajo, porque la gente clama por lo contrario”, dijo Mujica en su discurso de toma de posesión. Y mientras parecía mirar al sitio donde estaba un peculiar representante de la izquierda rudimentaria de Centroamérica, Mujica agregó: “Aprendimos que las batallas por el todo o nada son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque”. Poco después, al juramentar al nuevo Ministro de Defensa de Uruguay, Mujica dijo: “No somos aficionados a vivir de la nostalgia ni de páginas amarillas… todos los días amanece, la vida comienza, siempre estamos comenzando, la vida se vive con coraje y hacia adelante ( ) Cada cual tendrá que cargar con su mochila, pero las mochilas no son ejercicio de saldar cuentas cuando hay que construir”.
Sin duda que Mujica gobernará como dice. Después, cuando termine su mandato entregará tranquilamente el poder y no llamará a sus seguidores a “gobernar desde abajo”, o sea a sabotear al siguiente gobierno y destruir el país. Y tampoco cabe ninguna duda de que Mujica no promoverá ninguna piñata con los bienes del Estado y de los particulares, ni se apropiará, al amparo del poder, de mansiones ajenas ni de todo un vecindario. Estamos seguros de eso.