En su edición del 30 de mayo (Día de la Madre) de 2007, LA PRENSA publicó un reportaje titulado: “Una madre que decidió dar vida, pese al cáncer”, en el que se cuenta la emocionante historia de Gloria Rivera, una humilde campesina del septentrional departamento de Jinotega.
La señora Rivera, mujer de muy escasos recursos económicos y madre de una prole numerosa, relató en aquella ocasión a LA PRENSA que a los 41 años de edad resultó enferma de cáncer, y después de tres sesiones de quimioterapia, los médicos descubrieron que estaba embarazada. Entonces “muchos me recomendaron que abortara, que (el embarazo) era peligroso para mí y para el niño, pero no lo hice, confié en Dios y ahora tengo a mi hija sana”, aseguró aquella humilde, pero grandiosa mujer y madre campesina.
Declaró la señora Rivera que después que se le descubrió el embarazo, “los doctores cumplían con seguir realizándole las sesiones de quimioterapia, pero a la vez le daban ánimos para soportar cualquier situación anómala que se presentase en su embarazo”. Al respecto “el ginecólogo Walter Mendieta, uno de los médicos que le practicó la cesárea, informó que cuando una mujer con cáncer sale embarazada, el peligro que existe es que debido a los tratamientos el bebé puede resultar con malformaciones congénitas. Esta posibilidad se acrecienta cuando la mujer sobrepasa los 40 años”.
Sin embargo, Gloria Rivera decidió continuar su embarazo sin que se le suspendiera el tratamiento médico contra el cáncer, y finalmente alumbró normalmente a una preciosa niña a la que significativamente nombró Emma Milagros. “A las mujeres que salen embarazadas y después no quieren a sus hijos, les digo que los traigan al mundo, porque matar a una criatura no tiene perdón de nadie, menos de Dios”, fue el hermoso mensaje que aquella admirable campesina del norte de Nicaragua envió por medio de las páginas de papel y electrónicas de LA PRENSA.
Es oportuno recordar esta emocionante historia, ahora que está en el debate público el caso de una señora a la que nombran “Amalia” —también enferma de cáncer y embarazada— el cual es enarbolado como bandera de lucha por las organizaciones que abogan por la restauración del llamado aborto terapéutico, que fue abolido de la legislación nacional en noviembre de 2006, cuando se promulgó el actual y nuevo Código Penal; bandera que últimamente también están levantando algunos políticos partidistas.
En esta controversia los mismos médicos han expresado criterios opuestos. Unos han dicho que no hay necesidad de practicarle aborto a la mujer enferma de cáncer para que se le pueda aplicar el tratamiento correspondiente; y que no es cierto que el aborto sea indispensable para que ella se pueda curar o prolongar su período de vida. Pero otros dicen lo contrario, o sea que no se debe exponer a una mujer embarazada al tratamiento de quimioterapia, y que si se le practica el aborto hay más posibilidades de que se cure, o que viva durante más tiempo. Y en todo caso, según este último criterio, el tratamiento de quimioterapia que se aplique a la embarazada inevitablemente le causaría al feto daños graves e irreparables, incluso mortales.
Pero éste no es un problema meramente académico. Se trata de una controversia derivada de dos valoraciones opuestas de la vida humana. No sólo desde una perspectiva religiosa sino incluso desde el punto de vista de la ciencia, hay la certeza de que la vida humana comienza desde la fertilización. Así lo sostuvo el gran genetista francés Jéröme Lejeune (1926-1994), para quien “la naturaleza humana de la persona, desde la concepción hasta la vejez, no es una hipótesis metafísica, sino una evidencia experimental”. Por su parte, el también científico biólogo francés Jean Rostand (1894-1977), aseguró que “existe un ser humano desde la fecundación del óvulo. El hombre, todo entero, ya está en el óvulo fecundado; está todo entero, con todas sus potencialidades”.
En realidad, como ha dicho en relación con el caso de “Amalia”, el Obispo de Estelí y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, Monseñor Abelardo Mata, la cuestión no es matar a uno para salvar al otro, sino tratar de salvarlos a los dos pues ambos tienen derecho a la vida. Esta noble aseveración se funda en la justa y correcta concepción de que la vida es don divino y suprema realización humana, no el simple resultado de una mezcla química o el “producto” casual de una relación sexual.
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