Hoy comienza el ciclo escolar 2010 y con éste las preocupaciones y carreras de los padres y madres de familia para enviar y mantener a sus hijos en la escuela, o la angustia de muchos por no poder enviarlos. Pero es también una oportunidad para reflexionar y debatir sobre el estado de la educación, sus posibilidades y sus perspectivas.
Eminentes pedagogos —como el sociólogo francés Christian Baudelot— hablan del “círculo virtuoso de la educación”, el cual consiste en que cuantos más estudiantes hay en una sociedad ésta es más rica; y entre más rica es la sociedad más estudiantes tiene. Lo cual deriva de que la educación es un factor determinante de riqueza individual y colectiva.
En realidad, se conoce que los países que tienen mejor educación, población muy escolarizada y universidades de mayor nivel, son más desarrollados y ricos que los demás. Por eso, en la prueba Pisa que aplica la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) para medir los niveles de educación en el mundo, los países que aparecen en los lugares superiores del ranking son aquéllos como Finlandia, Canadá, Japón, Nueva Zelanda, Taiwán, Australia, Suiza, Estados Unidos y otros de esa misma o parecida envergadura.
Tampoco es casual que, en América Latina, el país que figura más arriba en el índice de la OCDE sobre cobertura y calidad de la educación, es Chile, que está a punto de ingresar al primer mundo y lo cual es una de las metas de la próxima Administración gubernamental de centro derecha del presidente Sebastián Piñera. Mientras tanto, países como Nicaragua ni siquiera son incluidos en esas pruebas, lastimosamente porque no vale la pena incluirlos.
Aquí siempre se habla de manera grandilocuente de grandes planes nacionales de educación que nunca se cumplen, pero seguimos en lo mismo, o vamos peor. Pero no porque los nicaragüenses seamos inferiores a los chilenos, europeos, japoneses o taiwaneses, sino por la mala calidad de los gobiernos —o más bien de los gobernantes— que hablan mucho a favor de la educación pero la discriminan al asignar los presupuestos y aplican políticas excluyentes y de paralizante dogmatismo ideológico, como es el caso del actual gobierno de Daniel Ortega.
En materia de estrategias educativas no hay nada que inventar. La experiencia internacional ha demostrado y sigue comprobando, que las ventajas competitivas de cada país se obtienen a base de un alto nivel educativo de la población, de la buena calidad de la enseñanza, mediante la importancia que los gobiernos y sociedades le dan al factor educativo. Así ha sido siempre a lo largo de la historia, pero este principio tiene mayor validez ahora que el mundo está mucho más conectado, interdependiente y globalizado; cuando hasta países con economías muy pequeñas, como Nicaragua, están obligados a dinamizar su participación en el mercado y la competencia global.
Por supuesto que para lograr una excelente educación y construir un mejor país, no sólo hay que tener gobiernos y gobernantes meritorios sino también mejores maestros. Con malos o mediocres educadores no puede haber buenos estudiantes ni magníficos graduados. Y la buena enseñanza depende de la calidad en la formación inicial del maestro y de su superación permanente, pero también de una digna remuneración y de su justo reconocimiento social.
Se conoce que en los países con altos niveles de educación —que por eso mismo son desarrollados y ricos—, como por ejemplo Finlandia, Japón y Taiwán, los maestros son remunerados conforme la importancia de su profesión y la calidad de su desempeño laboral. En Finlandia ser maestro es estar en la cúspide de la jerarquía social. En Japón los maestros obtienen un total de 18 salarios anuales, contra los 13 que reciben en Nicaragua, igual que todos los asalariados. Y en Taiwán el salario magisterial es superior al promedio de los funcionarios públicos, mientras que los maestros que más se esfuerzan y su trabajo educativo es de mejor calidad, reciben gratificantes asignaciones suplementarias.
Mucho se habla en Nicaragua de educación gratuita, matrículas récord, etc. Pero igual el país permanece en la postración educativa y por lo tanto hundido en la pobreza y el atraso, mientras que grupos de maestros realizan penosas huelgas para demandar infructuosamente mejores salarios. Y así seguirá la situación, mientras no haya en el país gobernantes que realmente hagan de la educación el eje estratégico del desarrollo nacional, y en tanto la sociedad no se sume más al esfuerzo de integrar al país en el envidiable círculo virtuoso de la educación.
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