La juez estadounidense de origen puertorriqueño, Sonia Sotomayor, hizo historia el jueves de esta semana al haber obtenido la aceptación del Senado para convertirse en miembro del Supremo Tribunal de Estados Unidos y, por lo tanto, ser la primera persona de raíces hispanas que logra tan alta distinción. De esta manera Sotomayor se ha inscrito en los anales de la justicia estadounidense, junto al juez Thurgood Marshall, quien en 1967 fue el primer negro o afroamericano que ocupó un asiento en la Suprema Corte. Y se ubica también al lado de la juez Sandra Day O´Connor, quien fue la primer mujer miembro de la Suprema Corte, en 1981.
Pero igual que cuando se nombró al primer negro y a la primera mujer como jueces de la Suprema Corte de Estados Unidos, ahora tampoco fue fácil la aceptación de Sotomayor. Sobre todo, para conseguir la ratificación del Senado ella debió retractarse de algunos criterios que expresó anteriormente, en el curso de su carrera judicial, y que fueron considerados como prejuicios étnicos o raciales. En efecto, durante las audiencias del Comité Judicial del Senado ante el cual Sotomayor se presentó para ser examinada y demostrar que estaba apta para escalar a la Suprema Corte de Estados Unidos, ella tuvo que rectificar una declaración que hizo en 2001 y que fue calificada como de “orgullo hispánico”, lo cual se considera como prejuicio étnico o racial, al asegurar que “una mujer latina sabia es capaz de llegar a mejores conclusiones que cualquier hombre blanco”. En realidad, eso lo puede decir un ciudadano de Estados Unidos cualquiera que sea su origen étnico y su condición social, pero no aquéllos que imparten o deben impartir justicia para todos. Éstos, o sea los jueces de cualquier nivel y rango, como ha dicho Carlos Alberto Montaner tienen la obligación de “luchar conscientemente contra esas fuerzas ciegas e irracionales presentes en ellos, incluso contra sus propias convicciones morales y sus emociones, para tratar de analizar y sentenciar con arreglo a lo que obviamente determina la ley”. Sotomayor sabe muy bien de esto y por eso no vaciló en reconocer ante el Senado y públicamente, que aquella declaración fue “un fallido alarde teórico”, con el agravante de “haber dado la impresión de que yo creía que las experiencias vitales imponen el resultado de un caso, cuando claramente no es lo que yo hago como juez”.
La vehemencia étnica o el prejuicio racial de la juez Sotomayor parecía tan evidente, que más de un tercio de los senadores se opuso tenazmente a su confirmación que al fin el Senado votó con 63 votos a favor y 38 en contra. Y fuera del ámbito parlamentario no sólo blancos sino también afroamericanos prominentes expresaron su temor de que la juez Sotomayor pudiera tomar decisiones judiciales sesgadas por su orgullo de raza. Por ejemplo, el eminente intelectual negro de Estados Unidos, doctor en Economía Thomas Sowell, del Instituto Hoover, acusó directamente a la juez Sandra Sotomayor de sustentar prejuicios raciales. “En los tiempos en los que yo mismo era objeto de discriminación racial —escribió Sowell en un artículo titulado “¿Igualdad racial o venganza?”—, para mí no se trataba de una mera desgracia personal, ni siquiera una desgracia de mi raza, sino de un ultraje moral. Pero no todo el mundo que atraviesa una experiencia así lo ve de esa manera. Por eso no tienen ningún problema cuando llega el momento de someter a los demás a un trato similar años después. Lo entienden como una suerte de retribución”.
Pero si la juez Sotomayor declaró de manera solemne, ante el Senado y públicamente, que se ha arrepentido de haber expresado conceptos que se interpretaron como prejuicios étnicos o raciales, hay que creerle. De todos modos, ella ya fue incorporada como juez de la Suprema Corte y lo será hasta que se muera, o hasta que renuncie, o hasta que pudiera ser destituida mediante un juicio político en el Congreso, en el caso de que llegara a cometer faltas gravísimas en el ejercicio de su alto cargo. Pero esto no ha ocurrido jamás y es muy improbable que vaya a ocurrir ahora. Además, por mucho que haya cambiado Estados Unidos y que tanto se haya latinoamericanizado el país, al menos por ahora no hay posibilidad de que ningún juez de la Suprema Corte resulte ni siquiera parecido a los detestables magistrados de países tan atrasados como Nicaragua.