Al concepto de demonocracia que utilizan actualmente algunos politólogos latinoamericanos (como por ejemplo el mexicano Andrés Roemer) se le pueden atribuir tres significados distintos que, sin embargo, como una tríada maléfica caracterizan la misma situación. El primer significado es el de poder demoníaco, como en realidad es el que ejercen los tiranos. Segundo es el poder de los monos y específicamente de los gorilas, en el sentido que se le daba al calificativo de los dictadores militares iberoamericanos y caribeños del siglo XX. Y tercero es el poder de un solo individuo, como sinónimo de autocracia y dictadura personalista.
En la actualidad se está conceptuando como demonocracia, a aquellos regímenes en los cuales el gobernante ha llegado al poder de manera democrática, como resultado de una elección popular, pero cuando ya está en el poder usa los mecanismos de la democracia para establecer un gobierno autoritario, despótico, autocrático y con la pretensión de que sea para siempre. O sea que hablar de demonocracia significa referirse a Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, e incluso al derrocado Manuel Zelaya en Honduras, quien iba en dirección a convertirse en un gobernante demonocrático, hasta que fue frenado y echado del poder.
Cabe mencionar que alrededor del tema de la demonocracia se realizó ayer en la Ciudad de México, un foro internacional auspiciado por la Fundación Nauman, de Alemania, y la organización local Poder Civil que dirige el eminente intelectual mexicano Andrés Roemer. En este foro fueron presentadas y discutidas ponencias de académicos, políticos democráticos y líderes empresariales de México, Argentina, Ecuador, Venezuela, España y Nicaragua, habiendo expuesto como ponente nicaragüense el dirigente liberal democrático Eduardo Montealegre.
Según ha escrito el mencionado Andrés Roemer, “ahora es el momento de introducir un nuevo concepto en el léxico de las políticas públicas: la demonocracia, término que defina a algún individuo o grupo político que se apropie del poder de modo legal, pero ya en el ejercicio de sus funciones elimine de forma gradual la libertad y el verdadero derecho del voto ciudadano… Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Morales en Bolivia —y Ortega en Nicaragua, agregamos nosotros— nos enseñan que una elección democrática no garantiza instituciones democráticas. Aunque un gobierno sea elegido por la mayoría, no será democrático si empieza a realizar enmiendas legales que le permitan contener el poder a costa de los derechos políticos y libertades ciudadanas. La democracia, como dijo Amartya Sen (economista de la India, Premio Nobel de Economía en 1998), es más que un gobierno efecto del voto de la mayoría: ¨Democracia sin libertad, sin respeto por las garantías individuales y sin debate público es una falacia¨. Es, a lo sumo, demonocracia”, asegura el también economista y politólogo mexicano Andrés Roemer.
Pero el fenómeno de la demonocracia no es nuevo ni exclusivo de Iberoamérica y el Caribe. El régimen nazi-fascista de Alemania que se estableció en los años treinta del siglo pasado, fue en Europa un caso característico de demonocracia en su triple sentido, ya que Adolfo Hitler era un ser demoníaco que ejerció el poder de manera totalitaria y absolutista, e incluso era peor que los gorilas políticos y militares que asolaron la región latinoamericana y del Caribe durante varias décadas del siglo anterior.
Hitler y su Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (nazi) ganó las elecciones parlamentarias del 31 de julio de 1932 con el 37,4 por ciento de los votos ciudadanos, es decir, práctica y significativamente con el mismo porcentaje con el que ganó Daniel Ortega la elección presidencial del 5 de noviembre de 2006. De modo que siendo el líder del partido que tenía más diputados en el Parlamento o Reichstag alemán, Hitler fue nombrado jefe del Gobierno el 30 de enero de 1933. O sea que Hitler alcanzó el gobierno democráticamente, pero ya en el poder desmanteló las instituciones democráticas e impuso una dictadura totalitaria, con la pretensión de dominar Alemania y el mundo por los siguientes mil años.
Ahora la denuncia de la demonocracia iberoamericana y caribeña es necesaria no sólo para conocer y combatir sus maléficos procedimientos, sino también para rebatir la estupidez política de aquellos gobernantes que consideran a Hugo Chávez y compañía como demócratas, porque fueron elegidos en votaciones populares, pero no toman en cuenta que estos autócratas y gorilas demonócratas, desvirtúan las instituciones fundamentales de la democracia, repudian los valores esenciales de la libertad y atropellan los derechos humanos de los ciudadanos.