Santo Domingo, fraude y politiquería

Las fiestas patronales tienen origen histórico, contenido cultural y significación espiritual religiosa, pero al mismo tiempo muestran las tradiciones nacionales y los aspectos relevantes de la cultura popular. Por eso es que se dice que las fiestas patronales propician la convivencia pacífica, contribuyen a satisfacer las necesidades espirituales y psicológicas de las personas y constituyen una buena oportunidad para hacer manifestaciones públicas de fe, por un lado, y por otra parte para socializar festivamente.

Sin embargo, a las fiestas patronales concurre toda clase de personas, muchas sin fervor religioso y algunas con la intención de halar el agua hacia los molinos de sus particulares intereses. Y en ese propósito no les importa profanar los sentimientos y expresiones religiosas de la gente, que son sagrados.

Tal es el caso, precisamente, de la fiesta patronal religiosa de Managua que se celebra todos los años entre el primero y el diez de agosto, en honor a Santo Domingo de Guzmán, la cual, desde hace muchos años ha venido siendo manipulada con fines políticos en beneficio de los que detentan el poder, tanto en el nivel central con en el ámbito local de la capital de Nicaragua. De allí que cada vez que se celebra esta fiesta popular, se puede ver la escena ridícula pero al mismo tiempo indignante, de aquellos politiqueros y particularmente del alcalde capitalino de turno —que por eso mismo es nombrado mayordomo de la fiesta agostina—, que simulan compartir una creencia religiosa que en realidad están lejos de sentir en sus conciencias y en sus corazones.

Pero en este año, el aprovechamiento político de la fiesta patronal de Managua ha llegado al extremo de que la mayordomía se le ha encomendado a una persona que ni siquiera es católica, a alguien que públicamente ha declarado no creer en la santidad del patrono de Managua y que más bien ha confesado profesar creencias que menosprecian y desprecian a los santos. Sin embargo esa persona no ha tenido la entereza de rechazar la mayordomía de las fiestas patronales de Santo Domingo de Guzmán.

Y el caso es peor, todavía, porque la Alcaldía de Managua —igual que las de León, Chinandega, Masaya, Rivas Juigalpa y muchos otros municipios de Nicaragua— no está siendo ejercida por alguien que obtuvo limpiamente en las elecciones la mayoría indispensable de los votos populares, sino que fue impuesta por un escandaloso fraude perpetrado por el Consejo Supremo Electoral que se ha colocado al servicio incondicional de Daniel Ortega, de su partido y de su proyecto de establecer en Nicaragua una dictadura sectaria, personalista y familiar.

Al darle la mayordomía de las fiestas patronales de Santo Domingo a una persona que no ejerce el cargo de Alcalde de Managua como consecuencia de un transparente, legítimo e incuestionable mandato popular, de hecho se le está legitimando políticamente, y lo que es peor, también se le está consagrando de manera religiosa. Y esto resulta mucho más bochornoso e inaceptable, si se considera que, como ya lo hemos dicho antes pero es necesario repetirlo, se trata de una persona que ni siquiera es católica, que no cree en la santidad de Domingo de Guzmán, que desprecia la fe de los devotos que participan sinceramente en la celebración religiosa de estos días en Managua.

En ocasiones anteriores la Iglesia católica de Nicaragua ha rechazado la manipulación y desvirtuación de la fiesta patronal de Managua por parte del poder político corrupto. Al respecto cabe recordar que el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal publicó en LA PRENSA del 17 de agosto de 1973, un editorial titulado “Dos actitudes auténticas”, en el cual resaltó y elogió la decisión de la Iglesia de “rechazar las limosnas que le ofrecieron en bandeja de plata quienes secuestraron la imagen de Santo Domingo”.

El doctor Chamorro Cardenal hizo ver en aquella ocasión las dos caras que nuestra sociedad muestra en casos como este: “Una, representativa de los valores morales auténticos (…) y la otra dibujada en el perfil de las autoridades gubernamentales “pepenando” centavos en la corrupción, la jugadera, la prostitución y el desorden, facetas todas de su particular autenticismo”. “El cuadro sigue siendo claro”, concluyó el Director Mártir de LA PRENSA en aquella severa crítica a la desvirtuación de las fiestas patronales de Santo Domingo en 1973.

Y ahora, 36 años después, con tristeza y vergüenza constatamos que “el cuadro sigue siendo claro”, que la manipulación de Santo Domingo continúa igual.

Editorial
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