Carente de logros que presentar en la celebración del 30 aniversario de la revolución sandinista, el 19 de julio recién pasado; y con la notoria ausencia de Hugo Chávez y los otros gobernantes del Alba que esta vez no vinieron a acompañarlo, Daniel Ortega trató de salir airoso de su mal momento y quiso parecer original con una propuesta de reforma constitucional para que todos (es decir: el presidente, los diputados y los alcaldes) o ninguno se puedan reelegir. Y además, Ortega propuso establecer en la Constitución el referendo revocatorio para someter a la decisión popular la continuación o el fin anticipado de su mandato presidencial. Pero todo eso, por supuesto, manejado por los magistrados fraudulentos, desacreditados y para nada confiables del actual Consejo Supremo Electoral.
Sin dudas que se trata de un bluf de Daniel Ortega. Lo que él quiere en realidad es imponer de cualquier manera la reforma constitucional para su reelección presidencial. Él sabe que a muchos nicaragüenses no les gusta que los diputados se reelijan y por eso arroja el anzuelo de reelección para todos o para nadie. Pero Ortega no está tratando con tontos. La gente demócrata no quiere que los diputados se reelijan pero sabe muy bien que por ahora lo fundamental es impedir la reelección presidencial.
La ecuación es sencilla: Para que los diputados no se puedan reelegir hay que reformar la Constitución y eso significa darle a Daniel Ortega los votos que le hacen falta para aprobar la reforma constitucional. En cambio, para impedir la nueva reelección de Ortega no hay que reformar nada, simplemente hay que dejar la Constitución tal y como está. Además, lo indispensable actualmente es impedir la reelección de Ortega, no sólo porque es un gobernante autoritario e incapaz, sino porque la reelección presidencial ha sido causa directa e inmediata de grandes desgracias nacionales: revoluciones y contrarrevoluciones, guerras civiles, asesinatos políticos, golpes de Estado y crueles dictaduras personales y familiares.
Es cierto que a lo largo de la historia muchos diputados han sido como zancudos chupadores de la sangre del pueblo, o sea que se han lucrado con el dinero del erario y realizado grandes negocios al amparo de la función legislativa. Pero ningún diputado por su reelección ha causado una guerra civil, una intervención armada extranjera, un golpe de Estado, una dictadura o un asesinato político. Estas desgracias nacionales han sido provocadas sólo por aquellos presidentes que quisieron reelegirse o se reeligieron a toda costa, como Roberto Sacasa, José Santos Zelaya, Anastasio Somoza García, Anastasio Somoza Debayle y Daniel Ortega.
Por otra parte, a pesar de que muchos diputados han sido y son corruptos e incapaces de cumplir correctamente sus funciones; y no obstante que han aprovechado las influencias del Poder Legislativo para hacer negocios personales y familiares, sin embargo ellos no tienen ni una pequeña fracción del enorme poder que acumula un Presidente de la República. Basta señalar que el Presidente es jefe del Ejército y de la Policía, dispone del presupuesto nacional, controla la recaudación de impuestos y aduaneros, manda en los servicios de espionaje, decide directamente o por medio de sus ministros sobre las políticas públicas de salud, educación, asistencia social, propiedad y comercio internacional, etc., etc.
En realidad, cualquiera puede ver cómo el Presidente se presenta en un acto público partidista, como el del 19 de julio recién pasado, respaldado por el Ejército y la Policía para impresionar a la población e intimidar a la oposición. Y esto independientemente de que los jefes militares y policiales estuvieran a gusto allí, en la concentración partidista, o porque les ordenaran ir a exhibirse. En cambio ningún diputado puede hacer semejante alarde de poder político, estatal, gubernamental, militar, policial, represivo e intimidatorio.
Después de que la república democrática de Nicaragua sea recuperada, cuando se haya vuelto a asegurar la libertad de todos los nicaragüenses y garantizado la continuidad de la democracia, entonces se podrá discutir y habrá que resolver lo que más convenga acerca del sistema de elección y la reelección de los diputados, sobre presidencialismo versus parlamentarismo y alrededor de cualquier otro asunto sobre el poder que se quiera debatir. Pero por ahora lo prioritario es impedir la reelección de Daniel Ortega, o que alguien de su entorno autoritario y corrupto lo suceda en el poder en el 2012. Ésta es una tarea de vida o muerte para la democracia y la libertad de los nicaragüenses. Todo lo demás es secundario.