Una celebración sin victorias

Para los que creen en supersticiones, el 30 no es un número de buenos auspicios. Algunos dicen que el origen de esa creencia supersticiosa se remonta al hecho de que fue por 30 monedas que Judas traicionó a Jesús de Nazaret y lo vendió a sus enemigos, que lo crucificaron en El Calvario de Jerusalén.

Mucho antes de aquel trascendental acontecimiento que dividió la historia en dos grandes épocas, la anterior y la posterior a Jesucristo, el poeta e historiador griego del siglo VIII antes de Cristo, Hesíodo, aseguró que el 30 no era un número propicio porque en ese día del mes se valoraba el trabajo de los esclavos y se les repartía las raciones de alimentos que merecían según las labores desempeñadas y el comportamiento demostrado. Más adelante, durante la Edad Media se reafirmó la mala fama del número 30 como negativo y peligroso, porque era el día del mes en que los usureros cobraban los intereses de los préstamos o se apropiaban de los bienes de las infortunadas personas y familias que no podían pagar sus deudas. De allí que los astrólogos no consultaban a los astros en el día 30, pues creían que sólo graves problemas económicos podrían indicar a quienes los consultaran.

Cabe mencionar esas antiguas creencias ahora que el régimen de Daniel Ortega y el FSLN están celebrando el 30 aniversario de la revolución sandinista y cuando las supersticiones se han convertido en un ingrediente de las políticas gubernamentales. Al respecto hay que llamar la atención al hecho de que el orteguismo proclama el vanidoso lema “vamos por más victorias”, pero la conmemoración del 30 aniversario de la revolución sandinista es evidentemente una celebración sin triunfos que demostrar, con muy poco o nada de lo cual sentirse orgullosos. En todo caso y siendo generosos, es una celebración con muchas más derrotas y fracasos que victorias y éxitos.

En realidad, Daniel Ortega y el FSLN celebran en el poder el treinta aniversario de la revolución sandinista pero no tienen ninguna victoria real o importante que ofrecer a sus seguidores. Por el contrario, el 30 aniversario ha sido precedido sólo de derrotas y, por lo tanto, en vez de ser una pomposa demostración de fuerza ha venido a ser una fiesta marcada por la frustración, por mucha retórica triunfalista que Ortega y sus camaradas pongan en sus discursos.

Ortega y el FSLN querían dar a sus seguidores, como trofeo, un proyecto de reforma constitucional reeleccionista ya aceptado políticamente aunque pendiente de aprobación legislativa, pero no pudieron conseguirlo antes del 30 aniversario. Pretendían ofrendar la cabeza de Eduardo Montealegre a la multitud reunida en la plaza, despojado de su inmunidad parlamentaria y procesado en una farsa judicial, pero también en esto han fracasado. Se proponían celebrar este aniversario con un Alba supuestamente invencible, pero lo que han debido mostrar es la grave derrota estratégica que significa el derrocamiento del peripatético Manuel Zelaya en Honduras.

En cuanto a la situación económica y social del país, ésta es peor ahora que cuando Daniel Ortega recuperó el poder gracias al pacto y la reforma constitucional que le regalaron Arnoldo Alemán y el PLC. Ahora hay menos inversiones y negocios y en consecuencia hay más desempleo y pobreza. El gobierno orteguista se ha tenido que tragar su arrogancia antiimperialista y se ha humillado ante el FMI, la comunidad internacional donante y el Congreso de EE.UU., para suplicar por los fondos que necesita para sobrevivir, evitar el naufragio del presupuesto público y seguir lucrándose con el erario. El orteguismo se ufana de que la salud pública es gratuita, pero ya lo era antes y en cambio ahora hay peor atención y menos medicinas para los pobres. El régimen se vanagloria de que la educación pública es absolutamente gratis, pero ahora en las escuelas faltan hasta los elementales productos de aseo, porque ya no hay contribuciones de los padres y madres de familia. Dicen que liquidaron el analfabetismo mediante un extraño programa cubano de alfabetización, pero ¿cómo creerles, si son mentirosos reconocidos y además no hay manera de comprobar en fuentes independientes y confiables que sea verdad lo que aseguran?

Y tal como pintan las cosas, todo será peor en el futuro, mientras dure el desgobierno de Daniel Ortega. La verdad es que lo que deberían proclamar los orteguistas en este treinta aniversario de la revolución sandinista, es que van por nuevas derrotas y reconocer que muy rápidamente están llevando al despeñadero a toda la nación, salvo a la nueva oligarquía gobernante.

Editorial
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