La primera gran derrota del Alba

Todo lo que ha ocurrido en Honduras en estos días, pero particularmente el domingo 5 de julio cuando fracasó ruidosamente el intento de restaurar por medio de la fuerza a Manuel Zelaya en el poder presidencial, ha significado la primera gran derrota del Alba; es decir, del proyecto estratégico de Hugo Chávez para revolucionar los fundamentos económicos, sociales e institucionales de los países latinoamericanos, abolir la democracia representativa, imponer el capitalismo de Estado, suprimir las libertades individuales de las personas, perpetuar dictaduras personales mesiánicas y construir el Socialismo del siglo XXI, que no es sino el viejo y fracasado comunismo del siglo XX.

Más allá de las discusiones jurídicas y los ejercicios intelectuales sobre los acontecimientos de Honduras, lo que verdaderamente importa es que se ha removido en Centroamérica una pieza fundamental de ese proyecto estratégico de socialismo radical, que es el Alba, el cual Hugo Chávez maneja hegemónicamente gracias a sus cuantiosos petrodólares. Una alianza, esta del Alba, de la cual forman parte los gobiernos de Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, las islas del Caribe llamadas Dominica, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, y todavía Honduras, pero sólo formalmente porque de hecho este país ya se ha separado de la alianza chavista.

Lo que ocurrió el domingo 5 de julio, cuando Hugo Chávez y el Alba fracasaron en su intento de restaurar por la fuerza a Manuel Zelaya en la Presidencia de Honduras, podría significar el principio del fin del chavismo. Chávez y el Alba se la jugaron toda en este episodio. Su plan, que contaba con la complicidad del secretario de la OEA, el socialista chileno José Miguel Insulza, presuponía que los partidarios de Zelaya que rodeaban las instalaciones del aeropuerto internacional de Tegucigalpa, arrollaran a los militares que lo protegían y se tomaran la pista de aterrizaje, a fin de que el avión venezolano que transportaba al derrocado Zelaya pudiera tomar tierra. Después la multitud iría a tomarse la Casa Presidencial, el Congreso Nacional y la Corte Suprema de Justicia, declararía restaurado a Manuel Zelaya en el poder y éste proclamaría el comienzo de la revolución popular hondureña.

En esas circunstancias, según los cálculos políticos del teniente coronel Hugo Chávez, los militares hondureños no se atreverían a disparar contra la multitud, mucho menos contra Manuel Zelaya. Pero de todas maneras, si los militares disparaban contra los partidarios de Zelaya y se producía un baño de sangre, sería mejor para el plan revolucionario porque entonces el pueblo hondureño se radicalizaría y desbordaría todavía más.

Además, bajo la cobertura de la OEA facilitada por el secretario Insulza, tropas de los ejércitos del Alba podrían justificar su entrada a Honduras y el ejército hondureño se derrumbaría como un castillo de naipes. En las febriles mentes de Hugo Chávez y Daniel Ortega, eso sería ni más ni menos que como el asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo para Vladímir Ilich Lenin, el 25 de octubre de 1917.

Pero fracasaron. Los gobernantes del Alba perdieron el control de la situación que venían manteniendo hasta el episodio del aeropuerto de Tegucigalpa. La iniciativa se les escapó de las manos y pasó a la cancha de la mediación del Presidente de Costa Rica, Oscar Arias, quien evidentemente cuenta con el respaldo del Departamento de Estado del Gobierno de Estados Unidos. Y ahora lo que está a la orden del día es la búsqueda de una solución política a la crisis hondureña, la que ya no podrá ser favorable a los intereses de Chávez y del Alba. Y aún en el caso de que en Costa Rica no se llegara a ningún acuerdo, de todas maneras el tiempo avanza y la celebración de las elecciones nacionales en noviembre próximo, o incluso antes, reafirmará la derrota del Alba y legitimará la victoria de la democracia en Honduras.

A los aventureros del Alba sólo les queda la locura de una acción armada contra Honduras, pero tampoco con esta opción extrema tienen seguridad de alcanzar el éxito. La verdad es que la democracia en Honduras está salvada, al menos por ahora, y el Alba, con esta primera gran derrota estratégica que ha sufrido, podría estar entrando en su fase de retroceso.

Ya en Panamá triunfó electoralmente la derecha democrática. En Honduras tiene asegurada la victoria. En Chile y en Uruguay hay una gran posibilidad de que la izquierda pierda las elecciones y el poder. El Alba se puede estar convirtiendo en el ocaso del populismo, del autoritarismo y de la izquierda radical. De la fuerza y la lucha de los demócratas depende.

Editorial
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