El regreso del intervencionismo estatal

En uno de sus artículos de opinión que se publican en varios periódicos de América del Sur, el ex presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, ha llamado la atención al hecho de que mientras “el socialismo europeo se asumió sin ambages como socialdemocracia y el nacionalismo se impregnó del pensamiento liberal, en estos barrios (de América Latina) desgraciadamente seguimos soñando dormidos, al pie de lo que ya fue. Esperemos no despertar demasiado tarde”. Y agrega Sanguinetti que “es muy curioso que el pensamiento marxista, o simplemente ligado al viejo intervencionismo, hoy derrumbado en el mundo, sobreviva entre nosotros, a veces de modo expreso, en ocasiones de manera subliminal”.

Lo que está ocurriendo en Nicaragua, desde que Daniel Ortega y el FSLN recuperaron el Poder Ejecutivo, el año pasado, confirma lo dicho por Sanguinetti. Pero, además, a las formas “subliminales” de sobrevivencia o retorno del viejo intervencionismo estatal, de las que habla el ex Presidente uruguayo, hay que agregar las modalidades brutalmente arbitrarias y descaradamente corruptas que se practican en Nicaragua. Así se ha visto en casos como la extorsión por las valiosas tierras de Tola, la apropiación de los tanques de la Esso, el negocio petrolero de Albanisa, el asedio al Banpro por el caso de los Cenis, el terrorismo mediático oficialista, etc.

Pocos países de América Latina y el Caribe pueden, como Nicaragua, dar fe por su propia y dolorosa experiencia de lo desastroso que es el socialismo estatista, el régimen populista y el intervencionismo gubernamental, tanto para la economía nacional en general como para la situación económica de cada familia y cada persona en particular, así como para la libre iniciativa individual, para el derecho a expresarse y movilizarse libremente, para las garantías personales y los derechos humanos, etc.

El sistema económico y político democrático que se estableció en el país a partir de 1990 logró superar gran parte de los daños causados por el intervencionismo sandinista de los años ochenta, e impulsó a Nicaragua por el camino del crecimiento económico y el progreso social, a pesar de las distorsiones causadas por el pactismo y la corrupción. Sin embargo, ahora estamos volviendo al populismo y al intervencionismo gubernamental con el cuento de que así lo exigen “los intereses supremos de la nación”.

El artículo 129 de la Constitución establece que en su ejercicio los poderes del Estado “se subordinan únicamente a los intereses supremos de la nación y a lo establecido en la presente Constitución”. Pero quienes determinan cuáles son esos “intereses supremos de la nación” son las mismas personas autoritarias y corruptas que ejercen el poder. De manera que con “los intereses supremos de la nación” han justificado la ocupación de las instalaciones de la Esso en Corinto, los negocios turbios de Albanisa y otros que se abortaron por la denuncia de la prensa independiente, la intervención policial en el Banpro para no pagar los Cenis, etc. Y sin duda que por “los intereses supremos de la nación” se seguirán cometiendo tropelías y restaurando la dictadura y el intervencionismo estatal, que ya fracasó en el pasado y hundió al país en un gran atraso económico y empobrecimiento de la población, pero permitió que se formara y enriqueciera la nueva oligarquía sandinista que ahora manda en Nicaragua.

La gran desgracia de Latinoamérica y particularmente de Nicaragua es que, como dice el ex presidente uruguayo Sanguinetti, citando al también ex presidente, pero de Brasil, Fernando Henrique Cardozo, están volviendo al poder las “utopías regresivas”, los “fantasmas del pasado, que aún recorren nuestra América Latina y le impiden afrontar los desafíos del mundo global”. Y al respecto vale la pena mencionar que en una reunión internacional de la Fundación Libertad, realizada en marzo pasado en Rosario, Argentina, para celebrar su 20 aniversario, el ex Presidente de España, José María Aznar, expresó que: “Es necesario tener ideas para detener la amenaza creciente del populismo, que estaba en extinción. América Latina está en una encrucijada: el populismo revolucionario en su vertiente más alocada”.

Pero, ¿qué ideas tienen los políticos democráticos y los líderes de la sociedad civil de Nicaragua para contener la “vertiente alocada” del populismo revolucionario? ¿Serán capaces de organizar y encabezar la lucha para que el país no vuelva a los extremos que ya sufrió en la década ochenta? Ojalá que así sea.

Editorial
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