- Las dificultades han acompañado en todo momento a la familia de las siamesas Yurelia Angiolette y Fiorella Janine Rocha Arias. Enfermedades, desgracias y extrema pobreza agobian a esta familia que hoy tiene la esperanza de que las pequeñas siamesas sean separadas
Josué BravoCORRESPONSAL / COSTA RICA
El ambiente que rodea el hogar de las hermanas Yurelia Angiolette y Fiorella Janine Rocha Arias es más adecuado y acogedor que el lúgubre rancho que las esperaba antes de nacer, en el precario conocido como Zancudo N° 2, ubicado en la ciudadela León XIII, de esta capital.
Una modesta casa, situada en la misma localidad, alquilada con ayuda del Estado, con paredes de piedra, piso de ladrillos, buen techo, tres amplios cuartos, una sala, área de cocina y múltiples electrodomésticos que les fueron donados, es sin duda una figura que contrasta con la triste imagen del improvisado ranchito construido con pedazos de zinc, madera y plástico, donde el frío y la lluvia filtran con facilidad sus rendijas.
“Gracias a Dios y a personas bondadosas ahora tenemos dos cocinas donde podemos hervir la manzanilla con que las bañamos, dos lavadoras y mejores camas donde podemos dormir mejor”, explica José Luis Rocha, padre de las pequeñas.
Es quizá el mejor entorno que hasta el momento ha disfrutado esta familia inmigrante originaria de Granada, cuya historia de vida se entrelaza con el drama social y el nuevo reto de procrear a estas siamesas que comparten el hígado y una aurícula del corazón.
RUMBO AL SUR
Transcurría el año de 1992 cuando José Luis y María Arias se conocieron en Granada para formar un hogar. “Éramos vecinos y por esas razones del destino nos enamoramos”, cuenta Rocha, quien recuerda con un dejo de tristeza los primeros meses de unión con Arias.
La pareja, agobiada por la crisis económica del país, el desempleo de José Luis y la dificultad de mantener a los cinco primeros hijos de María, decidió emigrar ilegalmente a este país con el interés de buscar mejor vida.
Fue la noche del 10 de diciembre de 1993 cuando decidieron empacar en sacos unas cuantas pertenencias. Emprendieron el itinerario junto con Cynthia, recién nacida; Milton, de tres años y Meylin, de cuatro.
María Elízabeth y Beatriz de los Ángeles, las dos hijas mayores de Arias, decidieron quedarse en Nicaragua con una tía, donde actualmente conviven con sus parejas e hijos.
“Fue un largo camino que duró cinco días. Fue mi segundo intento porque antes ya me había devuelto la Policía tica. Viajamos primero en lancha a San Carlos de Nicaragua donde dormimos una noche, luego a Upala (en Costa Rica), adonde llegamos caminando por montes, potreros y hasta lodazales”, recuerda José Luis.
“Estando en Upala nos quedamos unos días en la Iglesia Católica porque Milton se nos había enfermado. Le dio calentura y lo tuvimos que llevar al puesto de salud para que nos dieran medicamento. Al quinto día, decidimos viajar (en autobús) a San José, adonde llegamos como a las siete y media de la noche”, agrega.
Llegaron a una iglesia evangélica de Paso Ancho, al sur de la capital, donde los esperaba un amigo. “Empecé a trabajar en construcción al siguiente día. Pero todo fue duro porque el amigo se enojó, me esperaba sólo a mí y llegué con ella y los chiquitos. Por eso al mes nos trasladamos a San Cayetano, después al barrio México y luego a León XIII”, explica Rocha.
Cuenta que ellos fueron de los primeros habitantes de Zancudo N° 2, un laberinto de ranchos formado hace unos diez años, donde habitan cientos de nicaragüenses en condiciones de pobreza.
DE TRAGEDIA EN TRAGEDIA
En ese momento, cuando pensaron encontrar mayor estabilidad, la tragedia llegó a este hogar mediante la parálisis cerebral que sufrió Meylin.
“Fue duro. Estuvo hospitalizada y desde hace como diez años está internada en el Hogar Manos Abiertas (en la ciudad de Alajuela) donde las monjas le dan lo necesario. Yo la visito frecuentemente”, dice consternada María Arias.
En 1998, Cynthia casi pierde la vista al sufrir un golpe en sus ojos, razón por la cual fue operada para colocarle unos lentes intraoculares.
En el 2003 se les quemó su rancho y el año pasado José Luis fue atropellado por un carro mientras transitaba en bicicleta. “Me fracturé una mano que todavía me da problemas”, dice Rocha.
Además de cada tragedia, otra acompañante durante estos años ha sido la pobreza, dado que los trabajos de María como doméstica no han sido continuos y en varias ocasiones José Luis ha renunciado a su trabajo de guarda de seguridad por el peligro que representa.
“Una vez me escaparon de matar a punto de balazos”, asegura este hombre de tez morena. Esto ha provocado que en más de una ocasión hayan faltado los zapatos de los niños, el alimento, la ropa o el transporte para visitar en el hospital a María durante su último embarazo, quien ha traído al mundo a once hijos, incluyendo a las siamesas.
NO QUISO EVITARLOS
María dice que nunca evitó “a los niños porque las pastillas de planificar no me caían bien”. Tampoco practicó otro tipo de anticonceptivos. Fue así como se “llenó” de hijos, con los cuales se siente feliz.
Aduce que ningún parto le dio tanto temor como el de las siamesas , quienes nacieron el 30 de agosto mediante cesárea en el Hospital Nacional de Niños (HNN), en esta capital.
“Yo temía que ellas murieran al nacer”, dice. Cuenta que su temor fue después de los tres meses, cuando, tras practicarle un ultrasonido en el puesto de salud de León XIII, un médico colombiano le pronosticó el nacimiento de las dos niñas.
LLORABA Y LLORABA
“Primero me dijo que eran gemelas y me asusté. Después me dijeron que nacerían con problemas, después se creyó que estaban pegadas por el corazón, luego que tenían los dos corazones. Esto me hizo sufrir mucho por el temor que se me murieran en el parto. Yo lloraba y lloraba. No le conté a nadie más que a mi esposo, fue algo que lo vivimos solos. Fueron momentos difíciles”, explica María.
Un mes antes del parto ella fue internada en el Hospital México y José Luis decidió renunciar a su empleo para cuidar de los niños y realizar las labores domésticas, hasta que llegó el día cuando Yurelia Angiolette y Fiorella Janine vinieron al mundo.
El parto se manejó con mucho hermetismo a solicitud de María, quien a cada momento intentaba tranquilizarse, según lo comentó a LA PRENSA.
Días después del parto, María, de 41 años, entró en una crisis nerviosa cuando un diario local publicó una nota con una fotografía con dos siamesas, nacidas en otro país, con el pecho agrandado. María aún no había tenido la oportunidad de tenerlas en sus brazos, porque en ese momento estaban en extremo cuidado en el HNN.
“Me tranquilicé hasta que pude verlas y me di cuenta que estaban bien”, recuerda.
Salieron del HNN el 15 de septiembre a su nuevo hogar, el cual dejarán una vez que una asociación termine de construir la vivienda que les regaló.
SON FUERTES
Ahora Yurelia Angiolette y Fiorella Janine permanecen saludables, luego de sanarse de una fuerte gripe la semana anterior.
“Son fuertes. Cuando nacieron no necesitaron de mucho oxígeno porque mi Dios me las mandó con mucha fuerza”, dice María, quien amparada en el reto médico de poder separarlas, enfrenta la dificultad de esta nueva etapa de madre, al cuidar de dos niñas unidas entre sí.
Yurelia es la que más come y Fiorella la más dormilona. El rojizo color de la piel refleja la buena salud que ambas gozan, pero según doña María, tras esos robustos rostros hay arduos momentos de trabajo que literalmente la mantienen con los ojos abiertos las 24 horas del día.
“Ellas se despiertan como a las cinco de la mañana para tomar su primera dosis de leche. Se duermen y como a las siete de la mañana se despiertan nuevamente para tomar leche. Las chineo (cargo) como una hora y antes de las nueve las estamos bañando. Después vuelven a dormirse”, explica.
Bañarlas y vestirlas es una tarea que María sólo puede hacer con apoyo de su esposo, quien sigue sin trabajar para ayudar en los quehaceres del hogar.
“Por ahora él me ayuda —explica María— pero pienso en traerme de Nicaragua a una de mis hijas o a mi mamá para que me sigan ayudando, sobre todo para que me cuiden a los chavalos si nosotros viajamos a Estados Unidos, en caso que decidan separarlas allá”.
Las pequeñas duermen casi todo el día, pero para que lo hagan con tranquilidad se les tiene que estar cambiando de posición continuamente. Cuando se despiertan, lo hacen para “exigir” que les cambien el pañal, las bañen o que les den sus dos onzas de leche recomendada por los médicos.
“Son bastante vivas. Reconocen la voz mía, la del papa y la de los chavalos, quienes las quieren mucho. Por ahora estoy empezándoles a dar un alimento que se llama láminas de gelatina”, aduce.
Lo que no es fácil encontrar es el vestido que las cubre, que nos es más que una ancha gabacha con dos cuellos y cuatro mangas. “No crea, quizá no es cualquier sastre el que las puede hacer. Una costurera de Puntarenas se comprometió a hacernos unos vestidos”, explica José Luis.
Fueron bautizadas con mucha discreción en una iglesia de la Uruca, en esta capital.
La salud de las pequeñas no la comparte su madre, quien requiere de vitaminas para superar la pérdida de peso y la palidez de su rostro, causadas en gran parte por la cesárea de la cual todavía no se recupera.
SEPARACIÓN ES VIABLE
El médico guatemalteco Werner Cajas Dubón, miembro de la organización estadounidense Healing the Children (Sanando a los Niños), dijo ayer a LA PRENSA que no será posible viajar esta semana a Costa Rica para conocer el caso de LAS SIAMESAS
“No creo que sea esta semana, ya que me encuentro en Guatemala y el próximo lunes por la noche estaré viajando de regreso a California. Cuando esté allá quiero verificar juntamente con la junta directiva de Healing the Children la viabilidad del cirujano cardiovascular y su equipo para llevar a cabo esta operación”, dijo Cajas Dubón, vía correo electrónico.
“En mi entender hay mucha viabilidad (…). He hablado con la madre de las niñas y le he solicitado información de ellas”, agregó el médico, quien además manifestó el deseo de canalizar más ayuda a esta familia necesitada.