Alamikamba, el rostro del Prinzapolka

Luis Sánchez Corea

Como un niño miskito que ha llorado. Con sus pómulos surcados por la marca que dejan las lágrimas en su carita sucia. Así es Alamikamba. Este pequeño poblado situado a las orillas del Prinzapolka y cabecera del municipio del mismo nombre, es el reflejo de la pobreza extrema. El mapa de pobreza del INEC del año 2000 así lo indica: el municipio de Prinzapolka posee los índices más altos de pauperismo a nivel nacional. Paradójicamente es una de las zonas más ricas del país.

Ubicado en la RAAN, a 630 kilómetros de Managua, Alamikamba es un poblado al que se conectan por vía fluvial 18 comunidades asentadas a lo largo de las riberas del río, con casi 15 mil habitantes, la mayoría miskitos que subsisten básicamente con actividades de pesca y caza. Estas comunidades son azotadas cada año por inundaciones provocadas por tormentas tropicales. El abandono, el aislamiento por la distancia y el difícil acceso, más el centralismo que predomina en Nicaragua son factores que conspiran para agudizar la situación de pobreza.

Pero lo más preocupante es la explotación maderera en la zona, actividad lucrativa que se realiza rutinariamente con la absolución de autoridades locales y nacionales que otorgan permisos y concesiones sin control tanto a madereros nacionales como extranjeros.

Alamikamba está rodeada de extensas áreas de bosques húmedos tropicales, donde predominan los pinares, caobas y cedros entre otras maderas preciosas. Pero estos bosques están siendo literalmente arrasados. Basta con ir una vez para darse cuenta. En el pueblo no hay luz ni agua potable, pero ahí opera una empresa maderera de capital canadiense “con todos los fierros”. La explotación maderera en Alamikamba es el preludio de un futuro oscuro para sus moradores. Muchas hectáreas ya despaladas son la prueba.

Según un estudio publicado en la revista Envío, de la UCA, en esta región la actividad maderera se desarrolla sin ningún control y sin un seguimiento que garantice la protección ambiental y el desarrollo socioeconómico de las comunidades. Se estima que en los últimos años se ha extraído un promedio mensual de dos millones 800 mil pies cúbicos de madera, lo que implica la eliminación física de cinco mil árboles por mes. A pocos kilómetros de Alamikamba, un día cualquiera, se puede comprobar tal afirmación, más de una veintena de rastras, aparcadas en fila a lo largo de un trecho de la carretera listas para ser cargadas con madera mientras en sentido contrario otras salen con el producto rumbo a Puerto Cabezas para ser embarcado hacia el extranjero.

Y tras cuernos, palos. Cada año previo a la entrada de la época lluviosa, las quemas arrasan con grandes extensiones de pino en crecimiento producto de la regeneración natural. De acuerdo a un informe del Centro Humboldt, los incendios ocurridos en el mes de abril afectaron cerca de 10 mil hectáreas de bosque de pino. La evidencia está ahí, en la periferia de Alamikamba se puede observar los árboles sobrevivientes con el fuste quemado hasta más arriba de un metro de altura. La escena causa mayor indignación al complementarse con la indiferencia de las instancias estatales, y lo que es peor, el otorgamiento de concesiones de explotación a empresas nacionales y extranjeras quienes irracionalmente arrasan con lo que aún queda de los bosques.

Mientras la madera es cortada, en Alamikamba y las comunidades aledañas el tiempo parece detenerse. El paisaje es aún bello, pero se respira incertidumbre. La pobreza está adherida sin sorna a la piel morena de sus pobladores y se asoma atrevida por los ojos de los niños miskitos. Niños con futuro incierto; sin bosques, y a la larga sin ríos. Al ritmo de la depredación se anuncia más infortunio. Por lo pronto Alamikamba seguirá siendo el rostro entristecido de Prinzapolka que contempla pasivo e impotente el preludio del caos. La situación es ya más que alarmante.

El autor es Comunicador Social.

Editorial
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