El último adiós a Petronio Caldera

Jorge Eduardo Arellano

La familia de Petronio Caldera Pallais (Managua 6 de diciembre de 1919-7 mayo del 2005) me solicitó unas palabras en sus honras fúnebres. Y yo accedí no sólo por haber sido su amigo, sino porque siempre admiré su arte que tuvo dos manifestaciones: la pintura al óleo y la caricatura. En la primera se destacaron sus paisajes americanos, telúricos y urbanos; sus flores e interpretaciones bíblicas, un retrato de Bolívar, los temas poemáticos de Darío y diversas, originales versiones del Señor, como el titulado Mi Cristo del terremoto (1973), donado a la Cruz Roja Nicaragüense.

En la segunda, Petronio fue unánime, uniforme, invariable: logró por medio de significativos detalles —a veces de uno solo— retratar sutilmente a su modelo. Fueron los casos de Salvador Dalí y su extravagante bigote y del ex Presidente de Chile, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, y su encorvada nariz. No fue, pues, un excesivo e incisivo caricaturista, sino un exponente risueño de ese menester que no captaba a la persona en su estricta composición física, sino su personalidad, en simples líneas o toques de humor, sin comentario alguno.

En esta dirección, su aporte a la historia de nuestro arte visual resultó valioso y único. Por eso sus trazos no excretan veneno, ni ridiculizan con escarnio: lo que él ejecutaba era la síntesis de rostros, de figuras mundiales y nacionalidades, marcadas la mayoría de las veces por la simpatía. De ahí que en sus tres libros publicados (Caricaturas de actualidad, 1953; Caricaturas internacionales, 1973 y Quién es quién en el mundo a través de la caricatura 1994) posean una orientación educativa.

Porque Petronio, en ellos, ponía a prueba la agudeza visual e intelectual del espectador si era capaz de identificar la personalidad caricaturizada sin leer sus datos biográficos al pie de la misma. O leyéndolos, o consultando la identificación de la lista colocada al final de sus libros.

Uno se editó en el Distrito Federal de México y otro en Miami, ya que Petronio residió las últimas décadas de su vida fuera de Nicaragua, especialmente en el Estado de Florida. Allí obtuvo numerosos premios y reconocimientos. No es necesario enumerarlos. Basta citar que desde 1970 participó, durante muchos años, en la Exhibición Mundial de Caricaturas en el Canadá y que sus exposiciones tuvieron lugar, por ejemplo, en cuatro centros culturales de México (1973), nueve de Venezuela (entre 1978 y 1984) y cinco de Miami (1985-96). Este diario las consignó en sus páginas culturales.

Basta referir que Petronio —nombre de ecos romanos— nunca olvidó a su Patria. Siempre mantuvo relaciones con la comunidad nicaragüense de la Florida y se aparecía, de vez en cuando, en Managua. En uno de sus viajes donó la mayor producción de su obra al Museo Dioclesiano Chávez, en el Palacio Nacional de la Cultura. Yo estuve presente en su acto inaugural y hablé con la misma satisfacción de hoy.

Ahora lo hago despidiéndolo, admirando su arte, su persona y personalidad y su figura pequeña, de nariz afilada, elegante vestir y sempiterno sombrero de paja. Quiero concluir mi intervención con una anécdota personal. El 18 de enero de 1999, al terminar mi destino diplomático en Chile, remití al entonces presidente de este gran país —el ya citado Frei Ruiz-Tagle— la caricatura que Petronio le había trazado. Y la amable respuesta no se hizo esperar.

También nuestro Gobierno no se hizo esperar al traer sus cenizas y rendirle un merecido homenaje póstumo.

El autor es Académico de la Lengua.

Editorial
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