Recuerdos del Obispo

Joaquín Absalón [email protected]

Recién egresado de los andares pastorales por los llanos y empinados recodos de Matagalpa, al poco tiempo de ser nombrado Obispo de Managua, Orión Elpidio Pastora y yo, le solicitamos al prelado Miguel Obando y Bravo dignificara espiritualmente al radioperiódico La Verdad, haciéndose cargo de una sección llamada El camino de la verdad. Aceptó la invitación. Con un muelle vino servido sobre la mesa de la casa dejado en la mitad de la copa por su manifiesta sobriedad, se procedió a la entrega de los cinco minutos del capítulo con un saludo rebosante de muy ventilada frescura. Su nombre era una novedad en las cumbres de la jerarquía eclesial. La grey estaba cansada de la senectud en tiempo y fondo, de sus dirigentes, joven según la tabla pitagórica de la edad, con aspecto de cuarentón, no ocultaba el dinamismo y las renovadas perspectivas que le impondría el nuevo ministerio. Con el deslizamiento impetuoso del tiempo y por los severos cortes impuestos por el terremoto de 1972, en cada uno de los hervios de nuestras vidas, sufrió parálisis aquella cita por los caminos de la verdad a los que Monseñor asistía con ejemplar puntualidad.

Pronto comenzaron a nublarse los lóbulos del porvenir nacional. Antes de que ello ocurriera el dictador Somoza en una réplica del estilo de sus pares para comprar conciencias le llevó un carro Mercedes Benz que rechazó.

Comenzaron las famosas tomas. Dos de las más sonadas las constituyeron la inicial en la casa de José María Castillo y la más espectacular en el Palacio Nacional. A las dos fue llamado. Nadie mejor que él para que sirviese de mediador entre las partes implícitas. Ahí comenzó para el Obispo una experiencia que seguramente no había atisbado la mirilla de sus presunciones. El tormento se incrementó tanto que incidencias posteriores de diferentes raigambres habitaron la agenda del pastor en la cual alcanzaron más las cosas de la tierra que las cosas del cielo.

El prelado lejos de sospechar que la combustión iba a propiciar el impacto de un Cardenal, fue poco a poco insertándose como eslabón ineludible de la salvación nacional, hasta el punto de convertirse en el cura que más se ha visto participar en los tablados de la política criolla. Una vez creí que sería nuestro Makarios, el Arzobispo que llegó a ser jefe de gobierno. Obando estuvo a punto de serlo cuando en la desesperada transición entre Somoza y la junta de Gobierno, estuvo cerca de ser el raro Obispo que luce una banda presidencial. Pero no ocurrió para dicha de la solemnidad representativa de ser representante de quien dijo “mi reino no es de este mundo”.

Conocimos los espinosos incidentes de confrontación surgidos en el período de mando del “sandinismo”, prevaleciente el afán de acabar con el opio por parte de una dirigencia agnóstica y atea, luego de que la opinión mayoritaria los descalificara por la vía sosegada de las urnas, lo fueron a buscar esta vez no como mediador sino que como abanderado de la reconciliación nacional.

A partir de ese viraje reincidió el abuso por parte de nuestros políticos, de la buena fe del Cardenal. Los corredores de la casa episcopal estaban más llenos de oportunistas que de la invalidez de la grey necesitada de su pastor.

Por la más trivial ocurrencia se iban a la residencia cardenalicia o a su universidad para aparecer fotografiados besándole el anillo al purpurado sin darse cuenta que lo que besaban en el fondo era el suyo propio. Los fariseos ondulantes no cesaron de hacer de la casa del religioso la casa del peregrinaje de la politiquería criolla.

Eso deslució —desdichadamente— los últimos días del Cardenal en su cargo de Arzobispo de Managua, excedido en atenciones que pudo delegar en otras personalidades de la Iglesia.

Al irse a retiro, por razones de su edad y su prestigio, sería altamente satisfactorio para sus ovejas que reflexionara sobre el uso y abuso que han hecho de su nombre personajes de fácil identificación. Que el excelentísimo don Leopoldo se encargue de pulir las imperfecciones y vaya por la línea recta del sendero encomendado.

El autor es periodista.

Editorial
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