El padre Ignacio Pinedo y Santo Domingo

Joaquín Absalón Pastora

El transcurso de otro agosto permite recordar a Ignacio Pinedo S.J. Nadie más que él, desde que ingresó a Nicaragua, estuvo tan identificado con los aires santos y paganos de las fiestas de Santo Domingo.

Fue el equilibrista en esta remota tradición. Le sacó el jugo a la razón al dejar consumada con su intermediación, la elocuencia popular. Me consta. El padre Pinedo fue sufriente y gozoso en la gama tensa de las gestiones por preservar lo que ahora tenemos con saldos mucho menos deplorables de los que antes aparecían. Vi cómo él tuvo altercados con la propia guardia pretoriana de Somoza, la que dominada por la más recalcitrante de las soberbias, justificaba el capricho de leer al revés los periódicos de la República.

Me consta que tuvo comunicación cruzada —respetuosamente polémica— con la alta jerarquía de la Iglesia Católica, como cuando el arzobispo, monseñor Vicente Alejandro González y Robleto, proclamó: “andan hojas volantes excitando a los fieles a la rebelión con motivo de la disposición eclesiástica sobre la procesión de Santo Domingo. Estas hojas —sostenía el prelado— tienen tono de verdadera conspiración y rebeldía y desacato contra la autoridad eclesiástica. Se autoriza al obispo a que los excomulgue”. Este fue un edicto fundamentado en el libro quinto, código canónico, delitos y penas.

Y cómo reaccionó Pinedo: “Seguiremos lo mejor posible la consigna de no tomar ninguna actitud violenta. Los padres de Santo Domingo agradeceríamos muy de veras que se enviara a un sacerdote de la curia que nos acompañara en todos los momentos de peligro y alboroto”.

Se pretendía fusilar de raíz la celebración remitiéndola a una meticulosa ceremonia en el campanario bajo llave y puertas cerradas de la iglesia de Las Sierritas.

El mediador para que las disposiciones no fueran tan radicales —el “apaga fuegos” airoso— fue el padre Pinedo. Esa severidad acaso irracional condujo al secuestro de la imagen en el período 1961-1967, operación en la que el líder era Lisímaco Chávez, quien ahora cubre el rostro con legítimo orgullo —se ufana del acto— por haber tenido una iniciativa que en esos tiempos de reprimenda tenía todas las características de ser —abrumadoramente— temeraria.

El editorialista mártir Pedro Joaquín Chamorro Cardenal llamaba a la fiesta, en la edición de LA PRENSA del 22 de agosto de 1952: “serio e indisoluble problema”.

¿Es posible que el reformador con San Francisco de Asís en el siglo trece haya originado esa ecuación sin desenlace? El padre Pinedo se empecinó en responder a los escritores de la época y lo consiguió. Se introdujo en el fondo partiendo del propio origen como un hecho poblado de tenacidad.

Para el padre Pinedo el hallazgo de la imagen, versión muy difundida, no tiene nada de sobrenatural, no hay que suponer que haya sido hecha por manos de ángeles caídos del cielo con destino a Las Sierritas.

Los favores de Minguito están consignados. Y se admira el gesto libérrimo de los promesantes. Nadie puede desterrar el hábito de la gratitud publica y la constelación de la alegría en torno al diminuto y carismático símbolo.

No se le puede negar autenticidad al acto celebratorio de, por cierto, un santo con base histórica, quizá el menos adecuado para ser el foco de atracción de tantos rituales. Nadie ha podido terminar con esta tradición. Se hicieron intentos pero todos resultaron fallidos. Una vez el edicto arzobispal dijo: “no habrá más traída procesional de Santo Domingo”. ¿Detuvo la disposición a la muchedumbre? ¿Un santo tan pacífico podría ser causante de tanta violencia?

Siga el esfuerzo por la dignificación de la cual es pionero el padre Pinedo, un buen cura, un buen orador.

La costumbre nació del pueblo y el será el manifestante de su destino.

El autor es periodista.

Editorial
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