La voluntad de Dios

Edmundo Dávila Castellónedca10@latinma

Días después del triste fallecimiento del niño de 12 años, Erling Cubas, admirador del campeón mundial de boxeo, Rosendo Álvarez, se dijo de ambos que “habían cultivado tanta fe que hacían creer que los milagros existen”.

No obstante, aún se oye hablar de acontecimientos milagrosos, relacionados principalmente con la salud, que se han presentado en algunos lugares conocidos de peregrinación católica en los que ha hecho sus apariciones la Virgen María, por ejemplo: Lourdes en Francia, Tepeyac en México, Fátima en Portugal, etc. Asimismo existen personas con el don de sanación que realizan también y en la actualidad verdaderos milagros con enfermos crónicos o incurables.

Cuando ocurren sucesos extraordinarios o incomprensibles para la mente humana se le atribuyen a Dios y se les llama milagros. Cuando no ocurren se dice entonces resignadamente que es “la voluntad de Dios”.

Hace algunos años, unas cuantas personas platicábamos con un sacerdote católico en la Iglesia El Redentor de Managua. Con cierta sorpresa para nosotros, el padre de repente ripostó a los que atribuían a “la voluntad de Dios” la ocurrencia de algunos sucesos desdichados. Como ejemplo dijo: “Si un carro mata a un niño, ¿será ésa la voluntad de Dios?”, porque si Dios es infinitamente bueno no podría querer semejante crueldad.

Dicen que Albert Camus, escritor francés-argelino y Premio Nobel de Literatura 1957, no creía en Dios simplemente por los niños que morían en la guerra. En general, la inocencia de los niños victimizados de cualquier manera y luego los males personales o colectivos de la humanidad son el punto vulnerable en la fe de algunos “creyentes” que les inclina a dudar de la justicia, de la bondad y de la misericordia de Dios y por ende hasta de la existencia de Dios mismo, del Dios de nuestras mentes y de nuestros corazones.

A veces se confunde la “voluntad” de Dios con el “permiso” o la venia de Dios. El hecho de permitir, no implica necesariamente la voluntad de querer. Dios permite pero no obliga a que algo acontezca en forma ineluctable, porque el mismo Dios ha concedido al hombre el libre albedrío y con esta facultad de elección, éste bien puede cambiar o trastornar el mundo entero, tal como lo evidencia la historia de la humanidad.

Los pavorosos desastres naturales (terremotos, inundaciones, etc.) que han ocasionado incontables víctimas inocentes, las miles de guerras con su incalculable devastación material y los millones de muertos y heridos que han provocado estos cruentos conflictos: ¿habrán sido siempre la voluntad de Dios? ¿No serán acaso reacciones de la naturaleza y culpa directa de los hombres?

Pienso al respecto que deben distinguirse tres tipos de leyes que gobiernan la vida y el universo:

l. Las leyes humanas, imperfectas, arbitrarias, que regulan las relaciones entre los hombres y entre los pueblos.

2. Las leyes naturales, sabias, perfectas, creadas por Dios, que rigen la vida, el orden y la armonía del universo. Una de las más importantes es la “ley de causa y efecto”, la cual implica que toda causa tiene su efecto, que no hay efecto sin causa, que suprimida la causa, cesa el efecto, etc. San Pablo en su carta a los Gálatas expresa esta ley con palabras sencillas pero contundentes: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.

3. Las leyes divinas: eternas, inmutables, metafísicas, que conciernen a Dios y al plano espiritual del hombre y trascienden la existencia humana.

Cuando las inexorables leyes de la naturaleza son intervenidas, es decir, modificados sus efectos por la mano de Dios, es lo que comúnmente se conoce como “milagro”.

Los pensadores que no creen en los milagros dicen que Dios no puede cambiar sus propias leyes, pero otros refutan tal razonamiento, arguyendo que puede hacerlo, porque Él mismo las creó.

Regresando al tema dramático y pesaroso del niño Erling, pudo haber tardanza, limitaciones, burocracia o ignorancia en su tratamiento médico, etc, pero resulta difícil inculpar a alguien de su fatal desenlace.

Pero bien pudo realizarse en Erling un milagro espiritual, de amor y de comunión con Dios, del que quizá no pudimos percatarnos tan claramente como si hubiese salvado su vida.

Después de todo, la voluntad permisiva de Dios así lo quiso, pero en Erling, por su inusual y admirable fe de niño, sin duda se hicieron patentes las conmovedoras palabras de consuelo y esperanza de Jesús:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá…”

El autor es ingeniero civil.

Editorial
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