Mario Ruiz Castillo
Conversando con distintos jóvenes trabajadores, estudiantes de secundaria y universidad, y de ambos sexos, he comprobado algunas aspiraciones de éstos en cuanto a su futuro. La mayoría de ellos –y fue una sorpresa para mí– desean contraer matrimonio y formar una familia, con un máximo de tres hijos.
En lo que se refiere a profesión, la Medicina y el Derecho tienen menos seguidores, desean ahora carreras no tan saturadas y si es posible que les permitan trabajar independientemente. Manifiestan que si no dan la talla en otras carreras estudiarán Derecho, pero no desean el litigio, sino un puesto burocrático, casi manifiestan una fobia para concurrir a los Juzgados y hacen manifiesta su crítica por las prácticas que en ellos se dan. No se explican por qué si alguien delinque no es condenado.
Hay una especie de magia e hinoptismo y una admiración hacia lo poético y artístico. Muchos de los jóvenes tienen como máxima aspiración convertirse en escritores o músicos; aunque no se ve ningún esfuerzo por conseguir esta meta, existe un mal endémico entre ellos, todos tienen pésima ortografía y malísima redacción, incluso tienen problemas para expresar sus ideas en forma coordinada y coherente.
Casi a todos les gustaría llegar a ser Presidente del país; muy pocos aspiran a los cargos de jueces o magistrados, y cuando lo hacen, la motivación es el dinero.
Convertirse en políticos no está dentro de sus objetivos; hay una antipatía hacia este sector, se les ve como obstaculizadores del desarrollo social y económico nacional y gestionadores de prebendas personales.
A pesar de los salarios que se obtienen con la enseñanza, la docencia ocupa un lugar privilegiado, hay casi una vocación natural por la enseñanza, a todo nivel, desde el preescolar al universitario; en todo caso expresan que desean enseñar en su tiempo libre, aunque no vivan de ello.
Las carreras militares definitivamente no están de moda. Muy pocos aspiran a ellas; incluso se ve poco interés en la participación deportiva, necesaria para la salud corporal y mental.
La juventud tiene aspiraciones y objetivos, que deben ser encausados por la sociedad en general y especial por las autoridades educativas en cada nivel; crear falsas expectativas y sobre todo egresar estudiantes, técnicos y profesionales deficientes, alejados de la realidad circundante o manipularlos para fines ajenos a la propia formación profesional y humana, es un crimen sin nombre. Instruir sin un fin predeterminado, puede crear inadaptados y frustraciones.
La rentabilidad de la educación debe medirse cuidadosamente y la utilización de los fondos destinados a ellos, no deben defenderse con bombas y morteros, sino con planteamientos claros, precisos y con la transparencia indispensable del que no teme defender sus derechos, al estar seguro que es justa la causa, se está en lo correcto y es en provecho de una juventud en general sana, sin vicios, deseosa de estudio y superación; a pesar del mal ejemplo que damos la generación presente y las que han precedido.
El autor es jurista.