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La voz de los niños por medio de los maestros
Humberto Solórzano
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Es deprimente ver a los educadores protestar en las calles por los sueldos de miseria que devengan. Es deprimente, no porque tengan que usar ese método para llamar la atención de los funcionarios del Estado y de la ciudadanía, sino porque muestra el bajo grado de estima y prioridad que nuestra sociedad asigna a la educación básica y media. Es simplemente increíble cómo un maestro puede sobrevivir con sueldos que están bajo el mínimo legal aprobado para las ocupaciones urbanas. Pero es más increíble cómo confiamos en que este maestro, devengando un sueldo que no cubre siquiera sus necesidades básicas, que ocupa su mente, sus manos durante su tiempo libre en agenciarse un ingreso adicional para comer, vestirse, curarse y vivir él y su familia, va a tener la dedicación, el empeño y la tranquilidad mental que exige educar a nuestros niños y jóvenes.
Muchos de estos maestros, aunque no tengan tranquilidad mental y están abrumados por sus dificultades económicas, son héroes que ejercen con amor el magisterio. Pero no podemos pedir a todos que sean héroes y se sacrifiquen para educar a la juventud nicaragüense. El espíritu de supervivencia humana siempre lleva al hombre a buscar su bienestar y no hay que culpar entonces a la mayoría de los maestros que por buscar asegurar su sustento, tienen que distraer sus mentes y sus manos en actividades extrañas a su profesión, lo que inevitablemente incide en la baja calidad de la educación en nuestras escuelas públicas. Como en toda ocupación, los maestros más inteligentes y emprendedores logran encontrar otras ocupaciones más remunerativas. Y van quedando en el sistema educativo –además de los héroes– aquellos más conformistas, menos inteligentes o con menos oportunidades para mejorar su situación. Como consecuencia, la calidad de la educación sufre y el impacto de este deterioro puede verse claramente cuando comparamos lo que ha aprendido un joven en una escuela pública con lo que ha aprendido otro de su mismo grado en una escuela privada.
Estamos comprometiendo seriamente el futuro del país si no mejoramos fuertemente la calidad de la enseñanza en las escuelas públicas. Y un factor determinante para mejorar esa calidad es dotar a los maestros de un sueldo que les permita cubrir sus necesidades básicas, para que puedan entregarse de lleno a su labor y también para que aquellos maestros capaces y dinámicos no se vayan a buscar otras ocupaciones. Otro factor es también dotar a las escuelas de las condiciones de infraestructura y medios didácticos para la labor educativa. El Estado tiene en sus manos el poder para empezar a hacerlo y no es creando más impuestos para financiar el aumento del gasto en educación. Un primer paso sería reducir los ofensivos megasalarios y megapensiones, además de la grasa suntuaria que todavía queda en el Estado. Pero eso no es suficiente para un aumento sustancial del presupuesto educativo y menos para mejorar la infraestructura educativa. La propuesta de reducción de salarios y pensiones que el Gobierno envió a la Asamblea Nacional apenas suma 32 millones de córdobas. Sin embargo, un uno por ciento más del presupuesto estatal –150 millones de córdobas, equivalentes a más o menos 10 millones de dólares– transferidos al MECD sí ayudaría a incrementar modestamente el sueldo de los maestros y aún quedaría dinero para necesidades básicas de las escuelas públicas.
Y ese uno por ciento se puede obtener reduciendo la asignación del 6 por ciento que se hace a las universidades. No significa que los estudiantes universitarios no necesiten del subsidio al que todos los nicaragüenses contribuimos con nuestros impuestos, probablemente necesitan aún más. Significa que debemos tener prioridades cuando los recursos son escasos. Y la prioridad debería ser la educación pública básica y media. Los que han logrado terminar su educación secundaria están en mejor posición de integrarse productivamente a la sociedad, que un joven que aún estudia en primaria o secundaria. Un joven bachiller tiene la posibilidad de conseguir un trabajo y costearse sus estudios, como miles lo hacen, pero un muchacho en la primaria o la secundaria difícilmente lo lograría.
Es obligación moral del Estado priorizar el gasto de los recursos que recibe de los contribuyentes en atender las necesidades de los más desprotegidos en la sociedad. Sin embargo, en Nicaragua las prioridades todavía están al revés, tal vez porque los estudiantes universitarios tienen la capacidad de protestar violentamente azuzados por políticos inescrupulosos y personas que medran bajo la sombra del 6 por ciento asignado a las universidades, mientras que los cientos de miles de niños y jóvenes en grados de primaria y secundaria no pueden hacer oír su voz. Oigamos la voz de los niños a través de los maestros que hoy protestan por una causa justa que beneficiaría a nuestra Nación.
El autor es economista.