Violeta Reyes de Padilla
Un recorrido por los 25 años de pontificado de Su Santidad Juan Pablo II, santo elegido por Dios para ocupar la Silla Pontificia un 16 de octubre de 1978. En el momento de su aceptación se convirtió en Pedro, Juan y Pablo, como antiguamente para los judíos el nombre significaba lo que era la persona.
Pedro: roca firme indestructible en el que le fue otorgado a Juan Pablo II el carisma de Pedro recibiendo las llaves del Reino de Dios y con ello el nombramiento de máximo responsable de la Iglesia de Cristo y el poder de interpretar auténticamente la ley divina con la potestad de infalibilidad. Fue ungido Primado de la Iglesia, Vicario de Cristo, el dulce Cristo en la tierra como llamaba al Papa Santa Catalina de Siena, el Papa hace las veces de Cristo, maestro, pastor y pontífice y actúa en su lugar.
Juan: como todo polaco, Karol Wojtyla, tiene una devoción profunda a la Virgen de Chestochowa, bajo cuya protección puso su nueva misión al frente de la Iglesia con el lema de “totus tuus” (todo tuyo) y al igual que el apóstol San Juan la acogió como madre el día que murió su madre de la tierra cuando apenas iba a cumplir 9 años. La Santísima Virgen siempre ha protegido al Papa, especialmente cuando le salvó la vida el 13 de mayo de 1981.
Pablo: apóstol de las gentes que predicó a los gentiles, viajero incansable, realizó múltiples viajes, no importándole peligros, naufragios, ni persecuciones con el fin de llevar el Evangelio a todas partes. Juan Pablo II, incansable como Pablo, nada le ha detenido: ni enfermedad, ni decaimiento físico, ni amenazas de atentados, para realizar sus viajes alrededor del mundo. Ha predicado la palabra de Cristo a multitudes en todos los continentes y ha estado presente donde lo han necesitado, ha llevado aliento y esperanza a los pueblos oprimidos por el hambre y la miseria y ha hecho ver las desigualdades inmensas entre los países ricos y los del tercer mundo. Ha cumplido a cabalidad el mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todos los hombres”.
Juan Pablo II estará cumpliendo 25 años de Pontificado este próximo 16 de octubre y cuando fue elegido causó sorpresa su elección, los italianos se desconcertaron, ellos esperaban otro Papa italiano, como lo habían sido por casi cuatro siglos. Pronto empezaron las indagaciones y se supo que era eslavo que venía de Polonia, un país comunista bajo el dominio de la Unión Soviética. Se conoció que era Arzobispo de Cracovia, que tenía predilección por los jóvenes a quienes enseñaba en la universidad, era deportista, le gustaba esquiar y escalar. Era intelectual, escritor de obras, poeta, filósofo, actor de teatro y políglota. Era diferente, asequible, moderno pero esa apreciación se quedó corta, era mucho más dotado y con mayores dones y atributos, realmente era un superdotado, con una sabiduría inmensa que solamente puede venir de su intimidad con Dios. Realmente el Espíritu Santo se había excedido de amor con la humanidad.
Karol Wojtyla irrumpió de repente en el escenario del mundo y desde el momento que se dirigió a la gente congregada en la Plaza de San Pedro en Roma les dijo: ¡No tengáis miedo!, pues él mismo sentía miedo cuando fue elegido como el nuevo Pontífice, él sabía que era una carga muy grande la que le venía encima y tampoco quería que nosotros tuviéramos miedo y por eso repitió: “¡No temáis! ¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡Abridlas todos los que habitáis la tierra, abrid vuestro corazones a Cristo, vivid a plenitud sus enseñanzas, imitad su compasión y misericordia, construir la hermandad entre los hombres y naciones!” ¡Qué frase más maravillosa! Llenó de esperanza los corazones afligidos dominados por el temor de un futuro incierto. Los hombres y mujeres de hoy se sienten inseguros sobre el sentido de su vida en este mundo. ¡Qué alivio más grande para la humanidad sentirse sostenida por Cristo que nos abraza desde la Cruz con su amor y misericordia! ¡Sólo Él tiene palabras de vida eterna!
Es tan inmensa la obra del Papa en estos 25 años que le ha tocado vivir como Sumo Pontífice que han sido años duros, con tantos sucesos esperados e inesperados. Consciente de las grandes dificultades que tendría que afrontar aceptó diciendo: “En la obediencia a la fe ante Cristo, mi Señor, abandonándome en la Madre de Cristo y en la Iglesia, acepto”. Al aceptar sabía que le esperaba un vía crucis muy difícil y empinado, sabía lo que le esperaba con un mundo que se había vuelto descreído y materializado, una parte de Europa dividida con países dominados por el comunismo ateo entre ellos su propia Patria, Polonia. Una Iglesia confundida con una interpretación ligera del Concilio Vaticano II, muchos interpretaban los cambios como una liberación de la Iglesia, otros muchos habían desertado, otros se quitaron los hábitos y la denominada “Iglesia Popular” estaba teniendo muchos adeptos especialmente en América Latina, también en Nicaragua. Una tarea ardua le esperaba a este Papa recién elegido. A todo este panorama social, se añadía una tecnología avanzada en el campo de la biología en la que se estaba experimentando con embriones humanos. Asimismo la violencia y el terrorismo estaban invadiendo el mundo. Todo esto y mucho más lo fue resolviendo con gran sabiduría.
Recién electo Papa emprendió su primer viaje a América, para trabajar en México con los obispos latinoamericanos, en ese momento padeciendo de la división de la Iglesia Popular que apoyaba movimientos revolucionarios, con ideas marxistas. El Papa puso en claro que el recurso de la violencia era incompatible con la fe cristiana. Juan Pablo II dejó bien claro que el único camino de la Iglesia Católica era el de la fidelidad a Cristo y a su Evangelio. La teología de la liberación había sido derrotada.
A través de sus escritos ha sabido tratar con la luz del Espíritu Santo los principales problemas que aquejan a la humanidad, a la vez que nos fortalece en la fe en los granes temas: familia, mujer, trabajo, vivienda, ecología, y nos centra en los grandes tesoros de la Iglesia, María y la Eucaristía. Con gran firmeza ha sabido gobernar la Barca de Pedro (la Iglesia Católica), la ha llevado por los canales de la verdadera doctrina hacia los mares que conducen a la eternidad.
Un tema muy importante, donde el Santo padre ha ido por delante: el dolor. Desde muy niño conoció el sufrimiento por la pérdida de sus seres queridos, también le destrozó el corazón al ver su Patria desgarrada por la guerra y dos regímenes totalitarios, los nazis con sus campos de exterminio y los rusos con sus purgas que llevaron a la muerte a miles de sus compatriotas. Él mismo trabajó en una mina de piedra y supo de necesidades muy grandes por eso sus desvelo y sufrimiento al ver tanta miseria humana que carece de lo primordial. El mundo se encuentra sumergido bajo el terror de guerras étnicas, guerras entre religiones, drogas y terrorismo, venta de jóvenes y niños para ser usados en orgías sexuales, son espantosas las cosas que están sucediendo desde la última mitad del Siglo XX y que han ido recrudeciendo.
El Papa sufre, el Papa ora, el Papa enseña para que volvamos a ser cristianos y formemos familias donde se enseñe el amor a Cristo y a las personas. En una de sus obras maestras, la Carta Apostólica “Salvifici Doloris”, sobre el sufrimiento humano, dijo que al igual que Cristo hizo con su propio dolor, cada sufrimiento puede ser útil, puede ser redentor, si se asocia, si se une a los padecimientos de Cristo en la Cruz. Del Río en su obra póstuma Karol el Grande presenta al Papa “como grande en la fuerza al principio del Pontificado y como grande en su debilidad en los últimos tiempos”.
El segundo viaje del Papa a Nicaragua en febrero de 1996 causó gran regocijo entre todos los nicaragüenses pues os daba la oportunidad de desagraviarte por lo que había pasado en 1983, la noche oscura se había convertido en un sol brillante. Al despedirse en el Aeropuerto, el Santo Padre deseó que esta visita no quedara solamente en un buen recuerdo. “He querido llegar al corazón de cada uno de vosotros al hablaros en nombre de Jesucristo y recordaros el camino que por llevar hacia Él, conduce a la felicidad individual y colectiva”.
Unas palabras recientemente pronunciadas por Monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, nos pueden servir de guía: “La primera comunidad cristiana de Jerusalén ponía a los enfermos junto al camino de Pedro, para que al menos su sombra les tocase y quedasen curados. Pido a Dios que la sombra del paso de Juan Pablo II nos cure de nuestras condolencias y que sepamos aprender de este testigo creíble del Amor de Dios”.
Juan Pablo II ha sido un faro de luz que ha iluminado el mundo en estos años de tinieblas. Ha sido un gran santo varón que con su fuerza moral con Gorbachov y Reagan, hizo desaparecer los regímenes comunistas de la Europa Oriental. Es un coloso de la historia y un gran regalo de Dios para la humanidad. Juan Pablo II no quiere la guerra, quiere la paz entre los pueblos y los hombres y mujeres del Universo. Demos muchas gracias a Dios por este 25 aniversario de su elección y acompañémosle con nuestra oración, con nuestros sacrificios, con nuestro trabajo por su persona, su salud y sus intenciones.
¡ Juan Pablo II te quiere todo el mundo!
La autora es miembro de la asociación Animu.