Vírgenes (2)

Luis Sánchez S. [email protected]

Además de la leyenda de las once mil vírgenes que relaté la semana pasada, hay otras cosas muy interesantes sobre las vírgenes.

Pero en este caso quiero referirme a virgen en el sentido de: “Persona que, conservando su castidad y pureza, ha consagrado a Dios su virginidad”, según una de las definiciones del diccionario de la RAE.

(Antes una disgresión. Dice Cervantes, en Gitanilla, que la virginidad es como la rosa del rosal que, cortada: “¡con qué brevedad y facilidad se marchita! Éste la toca, aquél la huele, el otro la deshoja y, finalmente, entre las manos rústicas se deshace”).

Las antecesoras de las actuales monjas, que hacen voto de castidad, fueron las llamadas “vírgenes eclesiales”, doncellas que en los primeros tiempos del cristianismo ayudaban en los oficios religiosos, igual que las “viudas diaconisas”, que eran las mujeres cristianas que al morir sus esposos se entregaban al servicio de Dios y la comunidad.

Las vírgenes eclesiales se subordinaban a las viudas diaconisas, con la diferencia de que aquéllas seguían viviendo en sus hogares y éstas tenían que vivir en las comunidades. Las viudas diaconisas y las vírgenes eclesiales existieron hasta el siglo V, cuando se fundaron las primeras órdenes religiosas femeninas, o sea las monjas actuales, que pueden ser de clausura (establecida por el Papa Bonifacio II en el año 1300) o de vida en el exterior.

Las vírgenes eclesiales eran jóvenes doncellas que hacían votos solemnes y perpetuos de virginidad. Al ser consagradas por el obispo recibían un velo rojo que debían usar enrollado en la cabeza, y del que caían unas cintas del mismo color.

Los primeros concilios de la Iglesia establecieron graves castigos a las vírgenes eclesiales que fueran infieles a la castidad. Y el Código Teodosiano (una compilación de constituciones imperiales ordenada por el emperador Teodosio II para regir el Imperio de Oriente, promulgada el 15 de febrero del 438, redactada por Antíoco e inspirada en el Código Gregoriano que fue redactado durante el reinado de Constantino, en el 330, y compilado bajo el imperio de Dioclesiano) estableció penas de suplicio y destierro a quienes ejercieran cualquier clase de violencia contra las vírgenes eclesiales.

La institución de las vírgenes eclesiales fue copiada seguramente de las “vestales” romanas, que eran las doncellas dedicadas al culto de Vesta (Hestia, en griego), la diosa del fuego doméstico o del hogar. Vesta era hija primogénita de Saturno y Cibeles, y al nacer fue devorada por su padre, igual que sus hermanos, pero Metis (Astucia, hija de Océano y Tetis) le dio un vomitivo a Saturno para que la vomitara, y en agradecimiento a la vida Vesta juró guardar virginidad eternamente. Por eso era la diosa del hogar, la familia y la fidelidad de la esposa.

Las vestales debían mantener encendido el fuego sagrado del altar de Vesta. Originalmente eran cuatro, y luego aumentaron a seis. Se les escogía entre niñas de seis a diez años. Les cortaban los cabellos, las vestían de blanco y las consagraban para treinta años. Quien ultrajaba a una vestal era sentenciado a muerte. En la calle era obligatorio cederles el paso. Si el fuego de Vesta se apagaba las vestales eran flageladas. Si violaban el voto de castidad, las mataban. Siempre vestían de blanco con una venda de lana ceñida en la frente, de la que colgaban dos cintas. En las procesiones y oficios religiosos se cubrían el rostro y el cuerpo con un gran velo blanco.

Editorial
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