Con pantalón “chingo” y chinela de gancho

Federico Dueñ[email protected]

Dicen que “el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe de manera absoluta”. No se pretende hacer leña del árbol caído, ni mucho menos apelar a la venganza de los dioses, ni nada por el estilo. La justicia humana llega ligera, expedita, cuando un pobre miserable roba un pan para llevar a sus hijos hambrientos y es sorprendido por la Policía para enviarlo de inmediato a La Modelo, mientras espera turno meses o años para que se le juzgue.

La justicia lenta y holgada se reserva para políticos corruptos que delinquen y poderosos económicos estafadores y/o roba-bancos de “cuello blanco”, con dinero suficiente para pagar honorarios de abogados famosos y “mover” influencias en los juzgados, de manera que, si no reciben trato especial por cualquier enfermedad real o inventada, pero siempre magnificada, cuando finalmente son encarcelados, se les ubica en celdas privadas con comodidades especiales, reciben selectos alimentos de sus hogares con visitas ilimitadas, ocasionalmente, hasta les dan permiso de salir, de vez en cuando, para algún evento social o familiar, a fin de que no se “depriman” mucho, por estar encarcelados, mientras su dinámico cuerpo de abogados manipula las leyes, para reducir condenas o sacarlos libres, lo antes posible.

Algunos de estos poderosos ladrones cuentan hasta con indulgencias especiales y/o apoyo de órdenes religiosas que abogan, se lamentan y se rasgan sus prendas ante los Derechos Humanos por la libertad de sus “inocentes” mecenas.

Lo antes expuesto, puede suceder en México, Dominicana, Paraguay, Liberia o Nicaragua. Mientras más tercermundista el país, más violada es la ley a precios más bajos. ¿Será este fenómeno producto de la globalización despiadada? En un régimen de derecho, de libre democracia, todos los ciudadanos, por el simple hecho de haber nacido, tienen derechos inalienables que deben ser respetados por las autoridades correspondientes, pero hay que ser “parejos”. Así lo estipula lo firmado por casi doscientos países ante las Naciones Unidas. ¿Qué sucede cuando quien ostenta el poder, otorgado por el voto democrático en las urnas, se adueña de bienes propiedad de la nación para gozo personal, hace uso indebido de los impuestos sangrados al contribuyente, saca dinero del país para engrosar sus millonarias cuentas en dólares depositadas en el extranjero, cuando su gobierno recibe ayuda de países ricos y, esta ayuda desaparece misteriosamente sin llegar a la famélica población en forma de agua potable, de centros médicos, escuelas, caminos y carreteras?

La tentación del poder es poderosa, valga la redundancia, tan poderosa que el mismo Satán, Belcebú o Luzbel, la utiliza como su tentación más atractiva en contra del hombre, desde su caída del Paraíso, con eficacia endiabladamente infernal, al punto que llega a confundir y someter hasta a las personas más preparadas para enfrentarlo, como son los sacerdotes de la Iglesia Católica.

¿Cuántos millones de dólares gasta actualmente el Vaticano en arreglos e indemnizaciones por causa de las inenarrables acciones de curas pederastas y homosexuales en el mundo?

¿A cuántos curas confunde el Maligno para llevarles a su imperio? ¿Cuántos gobernantes corruptos debieran guardar prisión por robar a las naciones servicios vitales que urgen sus ciudadanos más empobrecidos?

¿Una fotografía de quién quisiera ver usted en LA PRENSA, con pantalón chingo y chinela de gancho, ahora?

El autor es empresario.

Editorial
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