La riqueza de las naciones

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La riqueza de las naciones





Hace 227 años el gran economista escocés, Adam Smith, justamente calificado como fundador de la ciencia económica, publicó su obra magna Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, en la que demostró que ésta se basa en el trabajo.

El aserto de Adam Smith sigue siendo válido y lo será mientras exista la sociedad humana. Únicamente hay que agregarle que el fruto del trabajo en sí mismo sólo tiene valor de uso, y que para convertirse en valor de cambio, desarrollo y progreso, debe realizarse por medio del comercio.

En realidad, el genial economista escocés también explicó ese papel fundamental del comercio que, además, es intrínseco al ser humano: “La inclinación al cambio, trueque y permuta de unas cosas por otras es común a todos los hombres, y no se encuentra en ninguna otra raza de animales”. Con tal concepto probablemente Smith tenía en cuenta lo que se expresa en el Libro de los Proverbios de la Biblia, Capítulo 11, Versículo 26: “Al que acapara trigo la gente lo maldice; al que lo vende lo bendice”.

Ciertamente, desde los tiempos del pueblo fenicio, hace más de cuatro mil años, el comercio ha sido el instrumento por excelencia para impulsar la creación y distribución de riqueza y progreso. Mediante el comercio los fenicios enseñaron a muchos pueblos las industrias del bronce, la púrpura, el cristal y la joyería, así como el uso del alfabeto y el desarrollo de la escritura, que fue la base para la portentosa evolución cultural universal que no termina hasta ahora.

Y en la época de los grandes descubrimientos, exploraciones y conquistas geográficas, las naves cargadas con objetos de comercio abrieron el camino de la moderna civilización, con sus grandes conquistas económicas y materiales, pero también culturales, espirituales y morales que son actualmente factores indispensables para la convivencia de las personas y las naciones.

Por eso es que tienen mucha importancia las negociaciones para determinar las condiciones del comercio internacional, por ejemplo en la quinta reunión ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que comienza hoy y terminará el próximo 14 de septiembre, en el balneario mexicano de Cancún; y la séptima y última ronda de negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos (CAFTA), que tendrá lugar en Managua a partir del domingo 14 de septiembre.

En un artículo de opinión que publicamos precisamente hoy, el presidente del Banco Mundial, señor James D. Wolfensohn, dice que de la conferencia de Cancún podrían emanar acuerdos decisivos para eliminar o al menos disminuir significativamente la pobreza en el mundo. Ojalá que así fuese porque, en realidad, no puede hablarse de un verdadero comercio libre entre países como Nicaragua que son esencialmente agropecuarios y trabajan con elevados costos de producción, con las naciones desarrolladas cuyos gobiernos subsidian a sus productores con más o menos mil millones de dólares cada día. De esa manera, ¿cuándo y cómo podrán competir nuestros productos, ya no digamos en los mercados estadounidenses y europeos sino inclusive aquí mismo, donde los bienes extranjeros resultan más baratos que los propios?

Estamos claros de que los países que subsidian sus productos, o más bien a sus productores, lo hacen porque tienen recursos para hacerlo. Pero si se habla de comercio libre y de una globalización en la que todos los países tienen que participar —quieran o no—, y que además se plantea como instrumento para impulsar el desarrollo y erradicar la pobreza, entonces es inaceptable esa política de subsidios de los países desarrollados y ricos que introduce un grave desequilibrio de inequidad en las relaciones comerciales internacionales.

El comercio entre las naciones sirve ahora igual que hace 40 siglos para estimular la actividad económica, la creación de riqueza, el desarrollo productivo, el progreso científico-técnico y la reducción de la pobreza. En realidad, donde se va a ganar o a perder la lucha contra la pobreza es en el ámbito del comercio. Y dependerá de que se abran de verdad los mercados de los países desarrollados que hasta ahora han distorsionado gravemente los mercados mundiales y obstaculizado con el proteccionismo y los subsidios internos el acceso de los productos de los países pobres.

Editorial
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