Sobre el fundamentalismo, los derechos humanos y la ética

Miguel Ernesto Vijil [email protected]

Desde 1990 una forma de fundamentalismo pretende someter Nicaragua a sus dictados haciendo uso de influencias religiosas y de accesos privilegiados al Gobierno y a importantes medios de difusión. No se trata de un fenómeno aislado, ocurre en mayor o menor grado en otros países de América Latina y en los propios Estados Unidos. Vale la pena echar una mirada serena sobre este asunto desde el punto de vista ético.

La Real Academia Española define fundamentalismo de la siguiente manera:

Movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social.

Creencia religiosa basada en una interpretación literal de la Biblia, surgida en Norteamérica en coincidencia con la Primera Guerra Mundial.

Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida.

En las tres acepciones se percibe una valoración negativa del fundamentalismo, entre otras razones, porque todas parecen vulnerar la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas y las declaraciones posteriores que han venido conformando los que se denominan Derechos Humanos de la Segunda y Tercera Generación. Muchos filósofos contemporáneos, entre ellos nuestro Alejandro Serrano Caldera, sostienen que los Derechos Humanos son fundamento de la ética y por tanto atacarlos es una violación de esta última.

En consecuencia, opino que la práctica del fundamentalismo se puede tachar ahora como antiética, sin importar las razones, manto o ropaje, con los que se la quiera tapar.

Se pueden incluir dentro de la segunda acepción de la Academia Española algunos movimientos religiosos de origen norteamericano que han logrado penetrar sectores populares. Su interpretación literal de la Biblia los convierte en instrumentos de opresión de la mujer en formas a veces extremas. Ellas deben estar sometidas a sus maridos cuya voluntad deben acatar sumisamente, no les está permitido participar en muchas diversiones, vestirse u opinar libremente, ni siquiera cortarse el pelo. Aunque en un país con una sociedad históricamente machista y con una familia desintegrada, tienen el lado positivo de inculcar responsabilidad y sobriedad en los hombres. Adversan a la Iglesia Católica pero últimamente aparecen en campañas fundamentalistas aliados a grupos católicos.

Dentro de la tercera acepción caen los grupos que combaten todo lo que les parece una desviación de la doctrina sexual más rancia del catolicismo, sin concesiones a las nuevas corrientes que han surgido en el seno de la Iglesia. Se apoyan en la posición oficial, hasta ahora intransigente en esta materia. Han tenido un éxito relativo porque a veces han logrado imponer sus puntos de vista a las autoridades, que les han sido sumisas por razones que van desde sus propias creencias hasta el temor al impacto político de una reprobación canónica.

Estos fundamentalistas no tienen ningún respeto por las opiniones de otros ciudadanos dentro y fuera del catolicismo, tildan con apelativos satanizantes a la ONU y a sus agencias, subordinan a una visión idealista tanto la historia de Nicaragua como la realidad social y cuestionan las explicaciones de la ciencia moderna.

A ellos debemos decirles que como es común en la mayoría de los países occidentales, incluyendo los Estados Unidos, España e Italia, la Constitución que aquí rige incluye el principio de la separación entre el Estado y las confesiones religiosas. Debemos decirles que no es correcto pretender, como hacen ellos, que se conviertan en leyes de cumplimiento obligatorio para todos los nicaragüenses, preceptos de una creencia religiosa determinada, que para otros son asuntos opinables y debatibles.

La más reciente batalla de esta guerra es la lucha de los fundamentalistas para evitar la publicación de un manual destinado a los maestros, en la materia de educación sexual. Este documento está siendo elaborado por el Ministerio de Educación con la ayuda de otras instituciones concernidas. Finalmente se ha percatado el MECD que la educación sexual es urgente para hacer frente a numerosos problemas que aquejan a la juventud.

Pero le parece a los fundamentalistas que explicar a adolescentes la fisiología y la psicología del sexo y hacer referencia a situaciones con las más tarde se van a encontrar, con miras a inculcar una conducta sexual sana, va a rasgar el velo de la inocencia que según ellos debe cubrir todo lo relativo, a pesar de las funestas consecuencias que acarrea la ignorancia, como se hace aparente para cualquier lector de los estudios sobre el desarrollo de nuestro país. Los jóvenes nicaragüenses, salvo la exigua porción de las clases dominantes, siempre han iniciado su vida sexual a edad muy precoz, tenemos una de las más altas tasas de embarazos entre jóvenes y adolescentes: más de la mitad de las jóvenes menores de 18 años están embarazadas o lo han estado, y la tasa de natalidad es una de las más altas de América Latina. Las enfermedades de transmisión sexual, especialmente el sida, esperan a la vuelta de la esquina. La tragedia y miseria que encierra todo esto en una verdadera calamidad nacional que no se va a evaporar tapándose los ojos.

La solución obvia es la educación, y ésta debe ser ofrecida por la escuela. Comparto la opinión de que los padres tienen la principal obligación en la formación de sus hijos, pero cuando ellos mismos son víctimas de una cruel ignorancia la escuela debe suplirlos. No es lo ideal pero es lo posible.

Es necesario un manual que oriente a los maestros para impartir educación sexual en las escuelas. Un manual que tome en cuenta los conocimientos modernos sobre la sexualidad y las experiencias de otros países. Las autoridades deben procurarlo, lo contrario sería perjudicar los intereses nacionales por los que deben velar. Tratar de evitar la publicación de un manual serio y objetivo por las razones que sean, me parece contrario a la ética.

El autor es profesor universitario.

Editorial
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