César Paz
Hace unos días escribí un artículo de opinión que alguien lo vio como un escrito lleno de sombra, y sinceramente esto me permitió hacer una reflexión de ello y hoy me permito expresarle a esa honorable persona mis agradecimientos por esa luz.
Es estimulante sentir que existen personalidades que están interesadas en la búsqueda de soluciones a la realidad cultural que se vive en este país. Todos los que escribimos coincidimos en que existe una necesidad de encontrar una salida.
Sin embargo en esos días, buscando cómo encender luces, con un grupo de artistas para proponer acciones que conlleven a la identificación de posibles engranajes entre los artistas y la institución, irónicamente Unión Fenosa le cortó la luz al palacio Nacional de Cultura sede del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) y todo quedó en penumbra, por la mora de 600 mil córdobas. Y la pronta solución del titular es cerrar el Palacio.
Sin transcurrir una semana falleció el reconocido compositor de Siempre pensaré en ti, Gilberto Guzmán Montes, después de un poco más de diez días de agonía sin recibir ninguna atención del Estado. Como si aquel artículo fuese un presagio, recibió un pequeño homenaje entre las tinieblas del Salón Azul del INC de parte del actual director, quien días antes se había negado a brindar apoyo a sus familiares y amigos que más de una vez solicitaron una silla de ruedas para este creador de más de 150 composiciones musicales, digno del reconocimiento nacional. Siguiendo la ironía, en medio de la protesta de los artistas nos encontramos con estos hechos, que no pararon allí. Después de despedir los resto mortales de Guzmán Montes, en una entrevista que le hiciera un canal de televisión, el director del INC dio a entender que los músicos son unos insensibles, incapaces de organizarse porque se tratan de forma mezquina.
Como en los Motivos del lobo, nuevamente me vuelvo a defender, y a buscar además en la Biblia la tranquilidad espiritual. En ésta leo lo siguiente: Josué. Capitulo 6:20. “Entonces el pueblo gritó y los sacerdotes tocaron las bocinas. Y aconteció que cuando el pueblo escuchó el sonido de la bocina gritó con un gran vocerío y el muro se derrumbó”.
Cambiar a la persona quizás no sea la solución. En esta parábola lo indicado es botar los muros que empobrecen culturalmente a la nación, esos muros que no ven más allá de la vanidad personal de quien dirige la cultura, esos muros que vuelven invisibles a los protagonistas del patrimonio artístico de este país, esos muros que constituyen a la violación de los derechos humanos, el más elemental de ellos, el derecho a la cultura.
Hay que cambiar esas concepciones de quienes creen que el sinónimo de arte es aplaudir detrás de una mesa repleta, con vestidos que reflejan la luz de la lentejuela, como en los circos romanos, en los que el mayor disfrute es ver con morbo la pobreza, la indiferencia, la apatía, el crimen y la ignorancia.
Se busca la irradiación en medio de la sombra de una política mágica, que quiere desaparecer lo que tiene luz propia, a los artistas
Una vez que caigan esos muros podremos compartir la Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 27, que dice: “Todas las personas tienen derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten. Todas las personas tienen derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora”.
… Y en señal de agradecimiento podremos decir: Gracias, Padre nuestro que estás en los cielos…
El autor es actor y director de teatro