Joaquín Absalón Pastora
El doctor Virgilio Godoy Reyes no tiene el atractivo maligno de los caudillos. Aún así, en un país donde lo que vende es el “chagüite” (arenga política) tramposo, su discurso académico y realista ganó la Vicepresidencia de la República. Desde la inauguración del período (1990-1997) lo que conquistó fue la más dramática marginalidad.
Fui su secretario de prensa y relaciones públicas. Por lo tanto viví y sufrí ese aislamiento.
Poco tiempo después de ser juramentado, Godoy, acompañado por su gente de confianza, fue a la Casa de Gobierno situada —en ese entonces— en el amputado Banco Central. Asistía a tomar posesión de la oficina vicepresidencial donde despachaba el doctor Sergio Ramírez Mercado. Qué decepción: una secretaria de Antonio Lacayo llamada Luz Marina Benard corrió a la tropa no exento de humillación su propio cabecilla. Salimos con la cabeza en declinación sin más comentario que el interior de deplorar la escena. Metida la pena en la hondura invisible de los sentimientos no cabía otra opción: esperar. Después de andar en varias direcciones el resultado fue: en ninguna parte.
El doctor Godoy fue invitado por congresistas de Estados Unidos. Lo acompañé en la gira a Washington. En ese vistazo al Capitolio tomó forma un asterisco inusitado. Luego de una sesión con el Senador Robert Dole, ex candidato presidencial de Estados Unidos, tuvimos otra menos protocolaria con el representante Cass Ballenger. El banquero Roberto Argüello, indómito vendedor de ensueños, expresó que el Vicepresidente estaba tan abandonado que no tenía siquiera un escritorio concordante con su dignidad. Ballenger soltó que era dueño de una fábrica de muebles en su distrito natal. “Señor Vicepresidente —le dijo—, si usted no lo tiene yo se lo regalo con sus sillas”.
Después “del muchas gracias” nos fuimos al hotel y sometimos a votación la repentina oferta. Tratándolo con una expresión poética del padre Azarías H. Pallais le manifesté: “Hermano mío doble, nos vamos al Mercado Oriental y trabajemos desde ahí”. El escritorio fue aceptado.
Varias deprimentes estaciones faltaban por recorrer, como la de iniciar el trabajo de conseguir un presupuesto del gobierno. Éste fue tan limitado que no cubría los gastos de la secretaria elemental. Y faltaba más: Alfredo César, haciendo uso de la soberanía parlamentaria —y de la cortesanía propia— inventó una ley con tarjeta especial dirigida al doctor Godoy para que éste nunca tuviese la oportunidad de “tapar los huecos” dejados por las ausencias de doña Violeta. La postal invalidó también a los diputados suplentes, quienes debían esperar la autorización del propietario.
La negación inhibidora tuvo su desenlace cuando el doctor Godoy fue a parar a la sede central de la UNO en Bolonia, donde “Cara de Piña” nos secuestró cuando dibujábamos “un gabinete en las sombras”, debido a que se filtró “un golpe de Estado técnico” contra el gobierno de doña Violeta, proveniente de otra de las tantas y sostenidas travesuras de Daniel Ortega. Había que estar listos ante cualquier emergencia, y, ¡zaz!, el secuestro le propinó un martillazo a la sospecha.
¿Serán las vicepresidencias nidos donde se oye el chasquido de las conspiraciones? Y alguien murmuraba: ¿serán decorativas? Pongo que sí en los dos casos. Lo mismo ocurre en los rangos del cielo con los obispos y sus auxiliares. Y eso porque nuestro dirigente político no se conforma donde está. Es un desesperado por alcanzar las cumbres.
Creo que no deben compararse las situaciones del doctor Godoy y del doctor Rizo, los más recientes “tapones” presidenciales. La diferencia cabe en que el primero fue totalmente marginado y el segundo no. Rizo tiene su propio despacho en una vasta área donde dispone de autonomía presupuestaria, se desplaza como representante del gobierno en los actos oficiales del extranjero, tiene responsabilidades designadas, no tiene por qué estar en la oposición, excepción hecha de ser más partidario que el estadista obligado a estar disponible en el momento de romperse su jerarquía supletoria.
“La llanta de repuesto” debe estar lista para seguir por los caminos en caso de que se ponche —irremediablemente— la del titular. Para eso está. Para suplir. Esa es la función que no ha podido cumplir en gran parte por el mosqueo que pone intranquilidad en la piel ejecutiva.
Los antecedentes históricos indican que nunca hemos estado preparados para tener vicepresidencias. Deberían desaparecer y buscarse una modalidad menos conflictiva, salvo que entiendan este concepto reflejado en un editorial de LA PRENSA: “El vice no es nada pero puede ser todo”.
El autor es periodista.