Claudia Frixione

Ana María Ch. de Holmann

¡Amiga!, solía decir Claudia al saludar, al iniciar una conversación. Y eso era ella, una verdadera amiga, sincera, leal, servicial y franca. Todos estos atributos la llevaron a guardar el cariño de muchas personas y a conquistar su éxito profesional. De una natural alegría, espontánea y contagiosa, que inundaba con la risa bulliciosa de sus labios rojos, con su sonrisa que brotaba, sus gestos, sus modos expresivos y su hablar medio tartamudeando como los de su padre, el doctor Francisco Frixione S. —Panchito como lo llamábamos cariñosamente los amigos—.

Claudia me pidió escribir un recuerdo de su padre en ocasión del XX aniversario de su muerte. No me costó hacerlo. Pachito era un amigo especial y un personaje inolvidable, con sus anécdotas y cuentos entre dramáticos y divertidos. Ahora lo hago para Claudia, sin que ella me lo pidiera, quien al igual que su padre es especial e inolvidable. Ambos con su hablar entrecortado y su risa contagiosa describían con más emoción los momentos más álgidos y difíciles de sus experiencias. Como copia fiel de su padre, Claudia me hacía recordar a Panchito, a quien siempre recordé a través de ella.

Al entrar a la Iglesia del Carmen, a su misa de cuerpo presente, oí la entrevista que le hacían a su esposo el doctor Francisco Rosales A. La periodista le preguntó: “¿Cuál es el legado más importante que le deja su esposa?” Él, casi sin pensarlo contestó: “Ella nos deja el legado de su fe, una convicción firme y profunda en la fe cristiana y su confianza en Dios”.

Siempre lo dijo Claudia que no estaba sola en la lucha de la vida… y confirmó que la ayuda de Dios nunca le faltaría. Ella estaba muy cerca del Señor, lo buscó y lo encontró por los senderos del “camino” en Las Moradas de Santa Teresa de Ávila, entre esas celdas estrechas en las que Teresa forja más que la inteligencia y el talento, la voluntad para conseguir el éxito en el triunfo de la vida.

Fácilmente olvidamos que la vida termina un día, y no sabemos cuándo. Así que díganle a nuestros amigos —antes que sea demasiado tarde— como ella solía decir: “¡Amiga! Sos tan especial y tan importante para mí. Te quiero mucho”.

Y el eco de su voz se alejaba en el camposanto cuando otro canto de promesa se escuchó llenando el ambiente de Paz:

“No borraré tu nombre del libro de la vida.

Ni mi Padre, ni sus ángeles lo borrarán”.

Este canto de promesa es el regalo de Dios para Claudia, al cumplir hoy sus 54 años y noveno día de su encuentro con el Señor.

La autora es una amiga.

Editorial
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